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Capítulo 1: El pastel que Mateo pagó con su último dinero

La lluvia golpeaba los cristales de la pequeña pastelería de Madrid con una insistencia casi hipnótica.

Era una de esas tardes grises en las que las calles parecían vacías y las luces amarillas de los comercios se reflejaban sobre el asfalto mojado.

Dentro de la pastelería, el aroma a chocolate recién horneado llenaba el aire.

Diego Morales, de ocho años, permanecía frente al mostrador abrazando una pequeña caja blanca.

Dentro estaba el pastel de chocolate que había elegido para su hermana menor.

No era grande.

No era lujoso.

Pero para Diego significaba muchísimo.

Había pasado varios días guardando monedas y pequeños billetes en su mochila.

Sacó todo lo que tenía y comenzó a contarlo.

Una moneda.

Otra.

Un billete arrugado.

Otra moneda.

Volvió a contar.

Después miró el precio.

Le faltaba dinero.

Diego sintió que la cara comenzaba a arderle.

Miró a Elena, la encargada.

—Señora… ¿puedo pagarle mañana?

Elena ni siquiera sonrió.

—No, cariño. Aquí se paga hoy.

Diego bajó la cabeza.

—Pero es el cumpleaños de mi hermana.

—Lo entiendo. Pero el pastel no es gratis.

El niño apretó los labios.

—Puedo traer el dinero mañana.

Elena extendió la mano.

—Devuelve el pastel.

Diego abrazó la caja contra su pecho.

—Por favor.

Elena suspiró con impaciencia.

—Diego, no hagas esto más difícil.

El niño finalmente bajó la caja hacia el mostrador.

Entonces alguien habló detrás de ellos.

—Espere.

Mateo Ruiz se acercó cargando una bandeja de pasteles.

Había observado toda la escena desde unos metros atrás.

Tenía dieciocho años, ropa sencilla y el rostro cansado de alguien acostumbrado a trabajar más horas de las que debía.

Miró a Diego.

—¿Cuánto te falta?

Diego levantó la mirada.

—No importa.

—Te he preguntado cuánto te falta.

Diego abrió lentamente la mano.

Mateo vio las monedas.

Contó mentalmente.

Después sacó su cartera.

Elena frunció el ceño.

—Mateo.

Él no respondió.

Sacó varios billetes y los colocó sobre el mostrador.

—Ya está.

Diego abrió mucho los ojos.

—Pero…

Mateo empujó la caja hacia él.

—Llévatelo.

—Es para mi hermana.

Mateo sonrió ligeramente.

—Entonces tiene que llegar a casa con su pastel.

Diego miró el dinero.

Luego a Mateo.

—No puedo aceptarlo.

—Sí puedes.

—Pero es tu dinero.

—Y ahora es un pastel.

Diego no supo qué responder.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

Mateo fingió no darse cuenta.

—Vamos. Antes de que se derrita.

El niño tomó la caja con ambas manos.

—Gracias.

Mateo asintió.

—Feliz cumpleaños para tu hermana.

Diego dio un pequeño paso hacia la salida.

Pero Elena no había terminado.

Agarró a Mateo del brazo.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo?

Mateo se volvió.

—Solo he pagado lo que faltaba.

—No vuelvas a regalar productos de mi tienda.

—No lo he regalado. Lo he pagado.

Elena le arrancó la identificación de empleado.

—Estás despedido.

El ruido de la lluvia parecía haberse hecho más fuerte.

Mateo miró la tarjeta que Elena sostenía.

Después miró a Diego.

El niño permanecía inmóvil junto a la puerta, abrazando la caja.

Mateo respiró profundamente.

—Lo haría otra vez.

Elena se quedó mirándolo.

—¿Qué?

Mateo recogió su chaqueta.

—Exactamente lo mismo.

Diego salió corriendo bajo el pequeño toldo de la entrada.

Mateo lo observó desaparecer entre la lluvia.

Y entonces ocurrió algo extraño.

El niño se detuvo.

Dejó de llorar.

Miró hacia la calle.

A través del cristal mojado apareció un hombre.

Abrigo camel oscuro.

Pantalones azul marino.

Botas marrones.

Se acercaba lentamente a la entrada.

Diego lo reconoció.

—Papá.

Rafael Morales entró en la pastelería.

Sacudió unas gotas de lluvia de su abrigo.

Pero no miró primero a Elena.

Miró a Diego.

Después miró la caja del pastel.

Finalmente, sus ojos se posaron sobre la identificación de Mateo abandonada en el mostrador.

Su expresión cambió.

—¿Quién pagó el pastel?

Diego señaló a Mateo.

—Él.

Rafael levantó lentamente la mirada.

Mateo y él se observaron durante varios segundos.

Mateo no entendía qué estaba pasando.

Rafael tampoco parecía enfadado.

Eso resultaba todavía más inquietante.

Rafael se acercó al mostrador.

—¿Cómo te llamas?

—Mateo.

—¿Mateo qué?

—Ruiz.

Rafael repitió el apellido en voz baja.

—Ruiz…

Elena intervino.

—Su empleado acaba de ser despedido.

Rafael giró la cabeza.

—¿Por qué?

Elena cruzó los brazos.

—Porque utilizó dinero propio para regalar productos de mi establecimiento.

Mateo negó.

—Yo pagué la diferencia.

Rafael lo miró.

—¿Cuánto?

Mateo respondió.

Rafael no dijo nada.

Solo observó a su hijo.

Diego parecía nervioso.

Demasiado nervioso.

Rafael volvió a mirar a Mateo.

Entonces metió la mano en el bolsillo interior de su abrigo.

Sacó su teléfono.

—Sí. Estoy en la pastelería.

Elena frunció el ceño.

—¿Perdone?

Rafael no respondió.

Siguió mirando a Mateo.

Diego se acercó lentamente a su padre.

Le tomó la mano.

Y susurró:

—Papá… no le digas todavía.

Rafael dejó de hablar.

Miró a Diego.

El niño apretó sus dedos.

Por primera vez, el rostro de Rafael perdió aquella calma autoritaria.

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Después levantó los ojos hacia Elena.

—Demasiado tarde.

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