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Capítulo 2: La fórmula que nunca debía venderse

La boutique fue evacuada y sellada.

Sophie fue trasladada a una clínica privada dentro del centro comercial. Los médicos confirmaron que había sufrido irritación leve en la piel y una pequeña quemadura en la muñeca.

La chaqueta de Ryan había recibido la mayor parte del impacto.

Victoria permaneció junto a su hija hasta que estuvo estable.

Después regresó a la tienda.

Ryan seguía allí, respondiendo preguntas de la policía.

El gerente intentaba convencer a los agentes de que se había tratado de un defecto de fabricación.

Victoria colocó el fragmento de cristal sobre el mostrador.

—Quiero saber de dónde salió esa botella.

Adrian respiró profundamente.

—Formaba parte de una colección privada.

—Eso no responde a mi pregunta.

Ryan observó el símbolo.

Le resultaba familiar.

Lo había visto en una vieja caja que llevaba meses guardada en el almacén. La caja estaba marcada como material promocional, pero nadie tenía permiso para abrirla.

Llevó a los agentes hasta la zona trasera.

La encontraron vacía.

Alguien había retirado todas las botellas.

Solo quedaban guantes, recipientes metálicos y varias fotografías.

En una de ellas aparecía Daniel Carter junto a un grupo de químicos.

Victoria tomó la imagen con manos temblorosas.

Daniel había sido investigador y director de desarrollo en Carter Laboratories, una compañía farmacéutica de la familia. Cinco años atrás, desapareció durante la explosión de un laboratorio.

El edificio quedó destruido.

Las autoridades encontraron restos humanos, pero ninguno pudo ser identificado completamente.

Victoria aceptó su muerte porque todas las pruebas apuntaban a que estaba dentro.

Sin embargo, Daniel investigaba algo antes del accidente.

Un proyecto llamado Orpheus.

Oficialmente, se trataba de una nueva técnica para crear perfumes capaces de adaptarse al olor natural de cada persona.

En realidad, la fórmula reaccionaba con ciertos compuestos presentes en la piel.

Podía provocar desorientación, pérdida de memoria e incluso paro respiratorio.

—No era un perfume —dijo Victoria—. Era un arma.

Ryan revisó una de las hojas.

La fórmula estaba diseñada para activarse mediante calor y contacto con determinados metales.

La tapa que Sophie encontró no pertenecía a la botella.

Era un activador.

La sangre en su interior probablemente procedía de quien la manipuló.

—Alguien quería que explotara cuando Sophie se acercara —dijo Ryan.

Adrian negó.

—Eso es absurdo.

Victoria lo miró con frialdad.

—Mi hija no eligió ese frasco por casualidad.

Las cámaras de seguridad confirmaron sus sospechas.

Veinte minutos antes de la explosión, un hombre con uniforme técnico entró en la boutique. Colocó la botella en el centro de la exhibición y habló brevemente con Adrian.

Después se retiró por una salida de servicio.

La calidad de la imagen era baja.

Pero el lado izquierdo de su rostro parecía cubierto de cicatrices.

—¿Quién era? —preguntó Victoria.

El gerente bajó la mirada.

—No lo sé.

Ryan se acercó.

—Usted habló con él.

Adrian finalmente confesó.

El hombre se presentó como Marcus Vale, representante de una compañía de perfumes europea. Le ofreció una gran suma por colocar la botella en exhibición durante una hora.

También le pidió que retirara discretamente la campana de cristal cuando Sophie entrara.

—¿Cómo sabía que ella vendría? —preguntó Victoria.

Adrian no respondió.

Los agentes registraron su teléfono.

Encontraron mensajes enviados desde un número desconocido.

Uno decía:

“La niña siempre se acerca a los frascos plateados.”

Otro:

“Cuando Victoria llegue, muéstrale el símbolo.”

Sophie no era el verdadero objetivo.

La explosión estaba diseñada para atraer a Victoria.

La botella, la sangre y el símbolo formaban parte de un mensaje.

Daniel quería que su esposa investigara Orpheus.

O alguien estaba utilizando su identidad para obligarla a hacerlo.

En el interior de la tapa metálica encontraron una pequeña memoria cifrada.

Contenía un video.

Daniel apareció sentado en una habitación oscura.

La mitad de su rostro estaba quemada.

—Victoria, si estás viendo esto, significa que Orpheus volvió a activarse.

Ella se cubrió la boca.

Era él.

Más delgado y envejecido.

Pero vivo.

—No vengas a buscarme sola. No confíes en Adrian. Y, sobre todo, no creas que fui yo quien dejó la botella.

El video terminó.

Todos miraron al gerente.

Adrian retrocedió.

—No sabía nada de esto.

Antes de que pudieran detenerlo, las luces volvieron a fallar.

Las puertas de seguridad se cerraron.

Una voz habló por los altavoces.

Era idéntica a la de Daniel.

—Victoria, trae la fórmula al laboratorio antiguo.

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Después se escuchó una risa.

Pero no era la risa de su esposo.

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