Capítulo 1: El frasco que ardía en silencio

La boutique Maison Aurelia ocupaba uno de los espacios más exclusivos del centro comercial Crown Plaza.
Sus mostradores de espejo brillaban bajo lámparas doradas, las estanterías de cristal parecían flotar sobre las paredes y cada frasco estaba colocado como si fuera una joya irrepetible. Los clientes más ricos de la ciudad acudían allí para comprar perfumes fabricados en ediciones tan limitadas que algunas botellas costaban más que un automóvil.
Ryan Brooks trabajaba como asistente de ventas.
Tenía veintiséis años, vestía una camisa negra y un chaleco con bordes dorados. Aunque la mayoría de sus compañeros solo prestaba atención a quienes parecían capaces de gastar grandes cantidades de dinero, Ryan trataba a todos con la misma paciencia.
Aquella tarde, una niña de siete años entró acompañada por su madre.
Sophie Carter llevaba un cárdigan blanco y una falda rosa. Miraba fascinada los frascos de colores mientras Victoria, su madre, conversaba con una asesora cerca de la caja.
En el centro de la boutique había una nueva colección que todavía no estaba oficialmente a la venta.
El frasco principal descansaba bajo una campana de cristal.
Era negro, de líneas elegantes, con una tapa plateada y un líquido casi transparente en su interior.
Sophie se acercó.
—No lo toques, pequeña —dijo Ryan con amabilidad desde el otro lado del mostrador.
Pero en ese momento sonó un teléfono.
Uno de los empleados levantó la campana para atender a un comprador y dejó el frasco sin protección.
Sophie extendió la mano.
Ryan observó algo extraño.
El líquido estaba formando pequeñas burbujas.
Después vio que el cristal comenzaba a empañarse desde dentro.
—¡Sophie, aléjate!
Corrió hacia ella.
El frasco emitió un crujido seco.
Una grieta atravesó su superficie.
Ryan se quitó la chaqueta y cubrió a la niña justo cuando la botella explotó.
El sonido fue breve, pero violento.
Fragmentos de vidrio salieron disparados contra los espejos. El líquido ardiente cayó sobre el mostrador y comenzó a liberar una nube blanca.
Sophie gritó.
—¡Me quema!
Ryan la levantó y la arrastró detrás del mostrador.
Cubrió su rostro con la manga para evitar que respirara el humo.
—Tranquila, estoy contigo.
La alarma comenzó a sonar.
Los clientes corrieron hacia la salida.
Ryan revisó las manos y el rostro de la niña. Tenía la piel enrojecida, pero no había fragmentos incrustados. La mayor parte del líquido había caído sobre su chaqueta.
La tela estaba quemada.
Antes de que pudiera levantarse, el gerente apareció entre el humo.
Adrian Cole vestía un costoso traje azul marino. Miró el suelo cubierto de cristales, las estanterías dañadas y el líquido derramado.
No preguntó por Sophie.
—¡Destruiste una colección de cien mil dólares!
Ryan lo miró con rabia.
—¡Ese frasco iba a explotar!
Adrian se acercó y arrancó la identificación de su chaleco.
—¡Estás despedido!
Ryan abrazó a Sophie con más fuerza.
—Lo volvería a hacer.
Victoria atravesó la multitud acompañada por dos guardias.
Al ver a su hija en el suelo, corrió hacia ella.
—¡Sophie!
Se arrodilló y la abrazó.
—¿Estás herida?
La niña señaló a Ryan.
—Él me salvó, mamá.
Victoria observó la manga quemada del empleado.
—¿Tú la protegiste?
Ryan asintió.
—El frasco comenzó a calentarse. No fue un accidente normal.
Adrian intentó interrumpir.
—Señora Carter, la situación está controlada. Este empleado actuó sin autorización.
Victoria lo ignoró.
Se acercó a los restos de la botella y recogió con cuidado un fragmento grueso de cristal.
Debajo de la etiqueta había un símbolo grabado en plata.
Un círculo atravesado por tres líneas curvas.
Victoria dejó de respirar.
—Este símbolo pertenecía al proyecto que investigaba mi esposo.
El gerente palideció.
—Su esposo murió en un accidente.
Victoria levantó la mirada.
—Nunca encontraron su cuerpo.
Sophie abrió la mano.
Sostenía una pequeña tapa metálica.
—La encontré antes de que explotara.
Ryan la examinó.
En el interior había sangre fresca.
También tenía grabado el mismo símbolo.
—El hombre que dejó el frasco llevaba una igual —susurró Sophie.
Las luces de la boutique se apagaron.
El humo cubrió los espejos.
En uno de los reflejos apareció la silueta de un hombre detrás de Victoria.
Sostenía otro frasco idéntico.
—Todavía haces demasiadas preguntas.
Victoria reconoció la voz.
Su rostro perdió todo color.
—¿Daniel?
Un relámpago atravesó el tragaluz.
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Durante un segundo iluminó la mitad quemada del rostro del desconocido.
Después todo quedó a oscuras.