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Capítulo 1: El hombre idéntico detrás del cristal

El centro comercial Grand Avenue era uno de los más exclusivos de la ciudad.

Sus pisos pulidos reflejaban los grandes tragaluces, las vitrinas de diseñador brillaban bajo luces elegantes y familias adineradas recorrían sus tiendas durante los fines de semana.

En el segundo nivel se encontraba Wonder World, una enorme juguetería conocida por sus exhibiciones interactivas.

La atracción más popular era un pequeño tren eléctrico que recorría una pista circular entre montañas de plástico, estaciones en miniatura y figuras mecánicas.

Ethan Brooks trabajaba allí desde hacía tres años.

Tenía veintiséis años, vestía un polo blanco y un delantal azul marino. Los niños lo apreciaban porque nunca parecía demasiado ocupado para explicar cómo funcionaba un juguete o ayudar a encontrar una pieza perdida.

Aquella tarde colocaba varias cajas cerca de la exhibición cuando escuchó la risa de un niño.

Noah Carter, de ocho años, estaba de pie junto a la pista mientras su madre atendía una llamada a pocos metros.

Un empleado se había acercado al niño y le dijo que podía subir a la plataforma para tomarse una fotografía.

Noah obedeció.

Se colocó sobre los rieles y sonrió hacia el teléfono de un desconocido.

Entonces el tren comenzó a moverse.

Al principio avanzó lentamente.

Después aceleró.

El motor emitió un zumbido agudo y las ruedas golpearon la pista con una velocidad que nunca debía alcanzar.

Los compradores gritaron.

Noah permaneció paralizado.

—¡Mamá!

Ethan dejó caer la caja que llevaba y corrió hacia él.

El tren estaba demasiado cerca.

Ethan se lanzó sobre la pista, sujetó a Noah por la cintura y rodó con él hacia un lado.

—¡Cuidado!

El tren pasó rozando sus piernas y se estrelló contra la barrera de la exhibición.

Plástico, metal y piezas decorativas salieron despedidos.

Ethan cubrió al niño con su cuerpo hasta que el ruido terminó.

Noah temblaba.

Se aferró al uniforme del empleado y comenzó a llorar.

—Ya estás a salvo —le dijo Ethan—. No te voy a soltar.

El gerente de la tienda llegó corriendo.

Robert Hale llevaba un costoso traje negro y una expresión de furia.

No preguntó si Noah estaba herido.

Observó el tren destruido, la barrera rota y las piezas esparcidas.

—¡Acabas de destruir todo el sistema de exhibición!

Ethan lo miró con incredulidad.

—¡El tren iba a atropellarlo!

Robert arrancó la identificación de su delantal.

—Debiste detenerlo desde el panel.

—No había tiempo.

—¡Estás despedido! ¡Fuera de mi tienda!

Ethan se levantó sin soltar a Noah.

—Lo volvería a hacer.

En ese instante, Victoria Carter atravesó la multitud.

Vestía un elegante traje beige y mantenía siempre una actitud tranquila, pero al ver a su hijo en el suelo perdió todo control.

—¡Noah!

Se arrodilló y lo abrazó.

—¿Estás herido?

El niño negó con la cabeza.

—Ethan me salvó.

Victoria miró las manos raspadas del empleado y después el tren destruido.

—Gracias.

El gerente intentó intervenir.

—Señora Carter, comprendo su preocupación, pero este hombre violó nuestros protocolos.

Victoria se puso de pie.

—Su protocolo habría dejado morir a mi hijo.

Caminó hacia el panel de control.

Abrió la cubierta y observó el selector de velocidad.

Estaba atascado en el nivel máximo con una pequeña pieza de metal.

—Esto no fue un accidente.

Junto al mecanismo encontró un folleto doblado.

En la parte trasera había un dibujo infantil.

Mostraba a un hombre de polo blanco colocando a Noah sobre la pista.

El rostro dibujado era idéntico al de Ethan.

Victoria se volvió lentamente.

—Noah… ¿fue él?

Ethan palideció.

El niño miró el dibujo y negó entre lágrimas.

—No… el otro.

Nadie entendió la respuesta.

—¿Qué otro? —preguntó Victoria.

Noah señaló la pared de espejos situada detrás de la exhibición rota.

En el reflejo había un segundo hombre.

Vestía el mismo polo blanco.

El mismo delantal azul.

Tenía el mismo cabello, la misma altura y el mismo rostro que Ethan.

Permanecía inmóvil, observándolos.

Entonces los altavoces de la tienda emitieron un sonido distorsionado.

—Siempre llegas un poco tarde, hermano.

Ethan levantó la mirada con horror.

El hombre idéntico sonrió y retrocedió hacia la puerta del almacén.

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Las luces parpadearon.

Cuando los guardias llegaron, ya había desaparecido.

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