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Capítulo 2: El padre enterrado con un anillo falso

Los guardias se volvieron rápidamente.

Pero la figura ya había desaparecido detrás de una puerta de servicio.

Victoria entregó a Noah a uno de los policías que acababa de llegar y corrió hacia el corredor privado.

Ryan quiso acompañarla.

El gerente lo detuvo.

—Ya no trabajas aquí.

Ryan señaló los fragmentos de cristal.

—Y aun así fui el único que ayudó al niño.

Victoria se volvió.

—Viene con nosotros.

El gerente no pudo impedirlo.

Detrás de la sección de antigüedades había una red de pasillos estrechos y habitaciones que no aparecían en los planos públicos del supermercado.

Uno de los guardias encontró una puerta abierta.

Dentro había cajas viejas, fotografías familiares y documentos relacionados con Edward Carter.

El padre de Victoria había muerto doce años atrás.

Según la versión oficial, sufrió un accidente mientras viajaba por carretera. Su automóvil cayó por un barranco y se incendió.

El cuerpo quedó irreconocible.

La familia recibió un ataúd cerrado.

Victoria insistió en colocar el anillo familiar en el dedo de su padre antes del entierro, pero el director de la funeraria afirmó que los daños eran demasiado graves.

Por eso la joya fue colocada dentro del féretro, junto al cuerpo.

—¿Quién tenía acceso a la tumba? —preguntó Ryan.

Victoria pensó en silencio.

Solo la funeraria, el abogado de la familia y su tío Arthur Carter conocían todos los detalles del entierro.

Arthur asumió el control temporal de las empresas después de la muerte de Edward.

También fue quien contrató al actual gerente del supermercado.

Victoria giró hacia él.

—¿Desde cuándo trabaja para mi tío?

El hombre respondió demasiado rápido.

—Desde hace años, pero eso no tiene nada que ver con esto.

Ryan observó su mano.

Seguía sosteniendo la identificación que había arrancado de su uniforme.

Le temblaban los dedos.

La policía revisó las cámaras.

Las grabaciones mostraban a Noah caminando junto a un hombre mayor por la sección de antigüedades. El desconocido llevaba un sombrero y mantenía el rostro oculto.

Cuando llegaron frente a la vitrina, el video se interrumpía.

Ocho minutos después, Noah aparecía encerrado.

El sistema había sido apagado desde la oficina del gerente.

—Alguien utilizó mi contraseña —se defendió él.

Dentro de una caja encontraron fotografías tomadas después de la supuesta muerte de Edward.

En una aparecía un hombre sentado en una habitación sin ventanas.

En otra mostraba la mano izquierda.

Le faltaba el dedo anular.

Victoria sintió náuseas.

—Ese es mi padre.

Ryan comparó las cicatrices del hombre con viejas imágenes familiares.

Coincidían.

Edward no había muerto en el accidente.

Había sido secuestrado.

Pero algo más resultaba extraño.

El hombre que apareció en el reflejo llevaba un anillo.

Y otro anillo idéntico estaba ahora en manos de Victoria.

Uno de ellos era falso.

Noah explicó que el desconocido lo encontró cerca de los baños.

Le dijo que Victoria lo esperaba dentro de una habitación secreta. Cuando el niño entró en la vitrina, el hombre cerró el panel desde fuera.

—¿Te hizo daño? —preguntó Victoria.

—No. Parecía triste.

—¿Por qué te encerró?

Noah sacó un pequeño papel oculto en el bolsillo.

El hombre se lo había entregado antes de cerrar la vitrina.

En él había una frase escrita con letra temblorosa:

“Solo rompiendo el cristal podrás ver quién robó nuestro nombre.”

Victoria reconoció la caligrafía de su padre.

—Él quería que encontráramos esta habitación —dijo.

Ryan negó lentamente.

—También puso a Noah en peligro.

—Mi padre jamás haría eso.

El gerente soltó una risa nerviosa.

—Quizá el hombre que recuerda ya no existe.

La policía abrió una caja fuerte escondida bajo el suelo.

Dentro encontraron pasaportes falsos, informes médicos y registros de varias cirugías faciales.

También había fotografías de hombres con rasgos similares a Edward.

La más reciente mostraba al gerente antes de someterse a varias operaciones.

Su rostro original era completamente diferente.

Victoria levantó la mirada.

—¿Quién es usted?

El hombre comenzó a retroceder.

—Alguien que hizo lo necesario para sobrevivir.

Las alarmas se activaron.

Las puertas principales del supermercado se cerraron.

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Desde los altavoces llegó una voz envejecida:

—Victoria, no confíes en ninguno de los dos.

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