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Capítulo 1: La mujer que tenía el rostro de su madre

El centro comercial Westbridge Mall parecía tranquilo aquella tarde.

La luz blanca atravesaba los grandes tragaluces y se reflejaba sobre los pisos de mármol. Los clientes caminaban entre boutiques de lujo mientras, detrás de las zonas públicas, una red de corredores estrechos conectaba oficinas, almacenes y salas de servicio.

Ethan Brooks trabajaba en atención al cliente.

Tenía veintiséis años y llevaba una camisa verde oscura, un chaleco beige y una identificación colgada del cuello.

Su trabajo consistía principalmente en ayudar a clientes perdidos, recoger objetos olvidados y resolver pequeñas emergencias.

Por eso, cuando escuchó un llanto detrás de la puerta del área de objetos perdidos, se detuvo inmediatamente.

Al principio creyó que era un sonido lejano.

Después oyó golpes.

—¡Por favor, sáqueme de aquí!

Ethan corrió hacia la puerta.

—¿Hay alguien dentro?

—¡Soy Liam! ¡No puedo salir!

Ethan probó la cerradura.

Estaba bloqueada.

Golpeó con fuerza.

—¿Cómo entraste?

—Un hombre dijo que mi mamá me esperaba aquí.

Ethan sintió un escalofrío.

Buscó la llave de emergencia, pero no estaba en su lugar.

Llamó por radio.

Nadie respondió.

Dentro, Liam comenzó a llorar más fuerte.

—Tengo miedo.

Ethan miró un carrito metálico junto a la pared.

Sacó una barra de soporte y la introdujo entre la puerta y el marco.

—Aléjate.

Hizo fuerza.

La cerradura resistió.

Volvió a intentarlo.

La madera se astilló.

Con un último empujón, la puerta se abrió.

Dentro encontró a Liam Carter, un niño de ocho años con sudadera amarilla, pantalones cortos oscuros y zapatillas blancas.

Estaba sentado entre paraguas, bolsos y cajas.

Temblaba.

Ethan se arrodilló.

—Tranquilo, ya estás a salvo.

Liam se lanzó hacia él y lo abrazó.

—No me dejes.

—No lo haré.

En ese momento apareció el gerente.

Richard Sloan tenía cincuenta años, traje gris oscuro y una expresión de furia.

No miró al niño.

Miró la puerta rota.

—¡No tenías permiso para abrir esa sala!

Ethan no podía creerlo.

—¡Había un niño encerrado!

Richard se acercó y arrancó la identificación de su cuello.

—¡Estás despedido! ¡Fuera ahora mismo!

Ethan miró a Liam.

—Lo volvería a hacer.

Antes de que Richard respondiera, unos tacones comenzaron a resonar en el corredor.

Una mujer elegante apareció.

Llevaba un abrigo color burdeos, blusa clara y cabello negro largo.

Al ver a Liam, abrió los brazos.

—¡Hijo, gracias a Dios!

Richard suspiró aliviado.

—Su madre ya está aquí.

Pero Liam no corrió hacia ella.

Se escondió detrás de Ethan.

Sus dedos apretaron con fuerza el chaleco del joven.

—No…

La mujer se detuvo.

—Liam, ven conmigo.

El niño comenzó a temblar todavía más.

—Ella tiene la cara de mi mamá…

Todos quedaron en silencio.

Liam señaló su mejilla.

—Pero no tiene su cicatriz.

La sonrisa de la mujer se volvió rígida.

—Está confundido.

Ethan avanzó y se colocó delante del niño.

—Entonces nadie se lo llevará hasta comprobarlo.

Richard protestó.

—Ya has causado suficientes problemas.

Pero Ethan no se movió.

En ese momento se escucharon pasos rápidos al otro lado del corredor.

Otra mujer apareció.

Llevaba un abrigo gris, una blusa azul y pantalones negros.

Una de sus mangas estaba manchada de sangre.

Tenía exactamente el mismo rostro.

El mismo cabello.

La misma edad.

—¡Liam!

El niño rompió a llorar.

—¡Mamá!

Corrió hacia ella.

Pero Ethan lo sujetó suavemente por los hombros.

No sabía qué estaba ocurriendo.

La mujer de gris miró a la mujer de burdeos.

Su expresión cambió de alivio a terror.

—No puede ser.

La falsa madre sonrió ligeramente.

La mujer de gris miró la sangre de su propia manga.

Después susurró algo que dejó a todos paralizados.

—Si ella está aquí…

Miró hacia la puerta del estacionamiento.

—Entonces ¿a quién dejé en el coche?

Un fuerte golpe metálico resonó detrás de aquella puerta.

Liam se aferró nuevamente a Ethan.

La mujer del abrigo burdeos no parecía asustada.

Sonrió.

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Y dijo:

—Creo que ya despertó.

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