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Capítulo 1: El llanto detrás de la puerta de cristal

El supermercado Bellmont Crown no parecía un lugar donde pudiera ocurrir algo terrible.

Sus suelos de mármol pulido reflejaban las luces doradas, los estantes de madera exhibían productos importados y los compradores recorrían los pasillos vestidos como si asistieran a una recepción privada. En el extremo más elegante del establecimiento se encontraba la bodega de vinos, una sección reservada para clientes adinerados y protegida por una puerta de cristal enmarcada en madera oscura.

Emma Reed trabajaba allí desde hacía casi tres años.

Tenía veinticuatro años, vestía un uniforme negro y llevaba el cabello recogido en una coleta ordenada. No era supervisora ni ocupaba un cargo importante, pero conocía cada rincón del supermercado y nunca ignoraba algo que pareciera fuera de lugar.

Aquella tarde estaba acomodando cajas cerca de la bodega cuando percibió un olor extraño.

No era el aroma habitual del vino ni de la madera encerada.

Era humo.

Emma se acercó a la puerta.

Una fina línea gris se filtraba por debajo.

Después escuchó un golpe débil.

Y una voz infantil.

—¡Ayúdame! ¡Tengo miedo!

Emma miró a través del cristal. La parte interior estaba cubierta por humo, pero alcanzó a distinguir la figura de una niña golpeando la puerta con poca fuerza.

Era Lily Carter, de siete años.

Vestía un delicado vestido rosa pálido y tenía el cabello largo pegado al rostro por el sudor. Tosía mientras intentaba mantenerse en pie.

Emma buscó el picaporte.

La puerta estaba cerrada con un candado metálico que no pertenecía al sistema original.

—¡Aléjate del cristal! —gritó.

Tomó la pesada base de un extintor y golpeó el cierre una vez.

El candado resistió.

Volvió a golpear.

El metal se dobló.

Al tercer impacto, la cerradura cayó al suelo.

Emma abrió la puerta y entró en la bodega cubriéndose la boca con una manga. Varias cajas estaban chamuscadas y una cortina ardía lentamente cerca del fondo.

Encontró a Lily arrodillada junto a un estante.

La levantó y la llevó fuera.

—¡Ven conmigo! ¡Ya estás a salvo!

La niña se aferró a su cuello mientras tosía.

Los compradores comenzaron a reunirse alrededor.

Entonces apareció el gerente.

Richard Cole tenía cuarenta y ocho años, llevaba un costoso traje azul marino y caminaba siempre con la seguridad de alguien acostumbrado a no ser cuestionado.

Al ver la puerta rota, su rostro se endureció.

—¡Destruiste una sección privada!

Emma lo miró, incrédula.

—¡Había una niña encerrada!

Richard observó brevemente a Lily, pero volvió a fijarse en las botellas caídas.

—No tenías autorización para entrar.

—La puerta estaba llena de humo.

El gerente se acercó, tomó la identificación de Emma y la arrancó de su uniforme.

—¡Estás despedida! ¡Fuera ahora mismo!

Emma estrechó a Lily contra su pecho.

—Lo volvería a hacer.

Antes de que seguridad pudiera intervenir, una mujer atravesó a toda prisa el grupo de compradores.

Victoria Carter, madre de Lily, llevaba un elegante traje color crema. Era conocida en la ciudad por dirigir una importante compañía de inversiones, pero en aquel momento no parecía una mujer poderosa.

Solo parecía una madre aterrorizada.

—¡Lily!

Se arrodilló y abrazó a su hija.

—Estoy aquí. Ya estás conmigo.

Mientras revisaba sus manos y su rostro, Victoria vio un objeto brillante junto a una caja quemada.

Era un encendedor de plata.

Lo recogió.

En uno de sus lados había dos iniciales grabadas.

A. C.

—Esto no pertenece a mi hija —dijo.

Lily miró el objeto y comenzó a temblar con más fuerza.

—El hombre lo tenía en la mano…

Victoria giró el encendedor.

Su respiración se detuvo.

Richard vio el grabado y retrocedió.

—Eso es imposible…

Victoria levantó la mirada hacia él.

—Este encendedor pertenecía a mi hermano.

El silencio se extendió por el pasillo.

—Adrian desapareció hace siete años —continuó—. Nunca encontraron su cuerpo.

Richard intentó recuperar la calma.

—Debe ser una imitación.

Victoria sacó su teléfono y abrió una antigua fotografía familiar. En ella aparecía un joven sonriendo junto a ella, sosteniendo exactamente el mismo encendedor.

La pequeña abolladura de una esquina coincidía.

Lily tiró de la manga de su madre.

—Mamá… él no fue.

Victoria siguió la dirección de su mirada.

—Entonces, ¿quién te encerró?

Lily señaló hacia la bodega.

Entre el humo apareció la silueta de un hombre.

Sostenía un segundo encendedor idéntico.

La figura dio un paso hacia la luz.

—Victoria…

Richard tropezó al retroceder.

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Las luces de la bodega parpadearon.

Y todo quedó a oscuras.

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