Capítulo 2: El café que había sido construido por dos amigos

La puerta se abrió.
Entró un hombre de unos cincuenta años.
Traje azul oscuro.
Cabello gris perfectamente peinado.
Una carpeta de cuero bajo el brazo.
Emilio lo reconoció inmediatamente.
—Gabriel.
El hombre se detuvo.
—Hola, padre.
Mateo miró a ambos.
—¿Es su hijo?
Emilio no respondió.
Gabriel Vargas era presidente de Grupo Vargas, una compañía propietaria de restaurantes, hoteles y edificios comerciales.
El Café Valencia funcionaba precisamente dentro de uno de sus inmuebles.
Sergio comenzó a ponerse nervioso.
—Señor Vargas, si hubiera sabido…
Gabriel lo interrumpió.
—No estás hablando conmigo.
Miró a su padre.
—Llevamos dos días buscándote.
Emilio apretó la mandíbula.
—No quería que me encontraras.
—Eso ya lo veo.
Gabriel colocó la carpeta sobre la mesa VIP.
—Pediste la original.
Emilio no la tocó.
Mateo observó el antiguo símbolo.
—¿Qué tiene que ver este lugar con usted?
Emilio tomó aire.
Cuarenta años atrás, el Café Valencia pertenecía a dos hombres.
Emilio Vargas y Manuel Ruiz.
Mateo levantó la cabeza.
—Ruiz.
—Sí.
Manuel Ruiz.
Su abuelo.
Mateo quedó inmóvil.
Su abuelo había muerto antes de que él naciera.
Según su madre, había trabajado durante años como camarero.
Nunca le dijeron que había sido propietario de un café.
Emilio continuó.
Él y Manuel eran amigos desde jóvenes.
No tenían dinero.
Alquilaron un pequeño local.
Trabajaron día y noche.
Manuel atendía las mesas.
Emilio llevaba las cuentas.
El símbolo bajo la placa era su marca privada.
Tres líneas.
Tres promesas.
“Nadie pasa hambre.”
“Nadie es humillado por no tener dinero.”
“Siempre habrá una mesa para quien la necesite.”
Mateo miró a Sergio.
La ironía era imposible de ignorar.
—Entonces la mesa VIP…
—Era la primera mesa del café —respondió Emilio.
Manuel la construyó con sus propias manos.
Años después apareció otro socio.
Ramón Salcedo.
Tenía capital.
Prometió expandir el negocio.
Emilio y Manuel aceptaron.
Fue el comienzo del desastre.
Salcedo manipuló documentos.
Adquirió deudas a nombre del café.
Después obligó a ambos fundadores a vender.
Manuel intentó luchar.
Perdió sus ahorros.
Emilio abandonó Madrid.
—¿Y usted se hizo rico después? —preguntó Mateo.
Emilio asintió.
Empezó de nuevo.
Creó nuevos negocios.
Pero nunca recuperó el Café Valencia.
Manuel no quiso volver a verlo.
Lo culpaba.
Creía que Emilio había vendido su participación a escondidas.
—¿Lo hiciste? —preguntó Gabriel.
Emilio bajó los ojos.
—Firmé un documento.
Mateo sintió decepción.
—Entonces mi abuelo tenía razón.
—No.
Emilio levantó la mirada.
—Firmé porque amenazaron con quitarle la casa a Manuel.
Ramón Salcedo utilizó una deuda falsa.
Emilio aceptó marcharse a cambio de que dejaran en paz a su amigo.
Pero nunca se lo contó.
Manuel murió pensando que Emilio lo había traicionado.
—¿Por qué no le dijo la verdad? —preguntó Mateo.
Emilio respondió con amargura:
—Orgullo. Miedo. Cobardía. Elige la palabra que quieras.
Gabriel abrió la carpeta.
Dentro estaba el contrato original del café.
No la versión presentada décadas atrás.
La verdadera.
El documento establecía que Manuel Ruiz conservaba el treinta por ciento del negocio.
Esa participación nunca podía venderse sin su firma.
Su firma había sido falsificada.
Mateo miró el papel.
—Entonces…
Gabriel respondió:
—Tu familia nunca dejó de ser propietaria de una parte del Café Valencia.
Sergio retrocedió.
Mateo dejó escapar una pequeña risa incrédula.
—Me despidieron de un café que parcialmente pertenece a mi familia.
Pero Emilio no sonrió.
Había algo más.
—Ese documento no era la razón por la que vine.
Mateo lo miró.
—Entonces ¿por qué?
Emilio señaló al gerente.
—Porque alguien lleva meses intentando comprar todas las participaciones restantes.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Quién?
Emilio miró hacia la calle.
—El hijo de Ramón Salcedo.
Gabriel quedó rígido.
—Eso es imposible.
Ramón había muerto.
Su hijo también, aparentemente, hacía doce años.
Emilio negó.
—No está muerto.
Sacó una fotografía reciente.
El hombre aparecía entrando en el café.
Mateo lo reconoció.
Lo había visto muchas veces.
—Ese es el dueño.
Sergio bajó los ojos.
El supuesto propietario del Café Valencia era Javier Molina.
El hermano mayor de Sergio.
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Y su verdadero apellido no era Molina.
Era Salcedo.