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Capítulo 1: La mesa que, según el gerente, no era para él

La lluvia golpeaba con fuerza los grandes ventanales del Café Valencia.

Era viernes por la noche y prácticamente no quedaba una sola silla libre.

El vapor de la cafetera se mezclaba con el murmullo de los clientes, mientras las luces de Madrid se reflejaban sobre el pavimento mojado.

Mateo Ruiz tenía diecinueve años y llevaba casi ocho horas trabajando.

Desde detrás del mostrador vio entrar a un anciano.

Don Emilio Vargas.

Su chaqueta de pana marrón estaba empapada.

Tenía el rostro pálido y las piernas parecían no sostenerlo.

El hombre observó las mesas.

—Perdone… ¿queda algún sitio?

Nadie respondió.

Un cliente incluso apartó ligeramente su bolso cuando Emilio pasó cerca.

Mateo vio que las rodillas del anciano cedían.

Corrió.

Lo sujetó por el brazo antes de que cayera.

—Despacio.

—Estoy bien.

—No parece.

La única mesa vacía estaba junto a la ventana.

Un rincón con sillones de terciopelo y una pequeña placa de latón.

RESERVADO.

Era la mesa VIP.

Mateo llevó a Emilio hasta allí.

El anciano vio la placa.

—Ese lugar no es para mí.

Mateo apartó la silla.

—Ahora sí.

Emilio se sentó.

Mateo regresó con café caliente y tostadas.

Las manos del anciano temblaban sobre la taza.

—No puedo pagar esto.

—Invita la casa.

Emilio sonrió débilmente.

—¿Lo sabe tu jefe?

—Todavía no.

No tardó en descubrirlo.

Sergio Molina apareció entre las mesas.

Cuando vio al anciano sentado en el rincón reservado, su rostro se endureció.

—Mateo.

El joven se volvió.

—¿Qué?

—¿Qué hace este hombre ahí?

—Casi se cae.

Sergio señaló la placa.

—¡Esa mesa está reservada!

—No hay nadie usándola.

—No decides quién se sienta ahí.

Mateo mantuvo la calma.

—Necesitaba sentarse.

Sergio agarró el frente de su delantal.

—¿Quieres dar órdenes ahora?

—No.

—Entonces estás despedido.

Tiró de las cintas y arrancó el delantal.

Varios clientes levantaron sus teléfonos.

Mateo miró al gerente.

—Lo volvería a hacer.

Sergio señaló la puerta.

—Fuera.

Mateo iba a marcharse cuando Emilio tocó la pequeña placa de latón.

Sus dedos se deslizaron por debajo.

Allí había un grabado casi invisible.

Un círculo atravesado por tres líneas.

El anciano dejó de respirar.

—Sigue aquí…

Mateo se acercó.

—¿Qué?

Emilio sonrió con emoción.

—Pensé que lo habrían borrado.

Sacó un teléfono viejo.

Marcó.

—He encontrado al muchacho.

Mateo frunció el ceño.

—¿Qué muchacho?

Emilio continuó:

—Traed la carpeta. La original.

Sergio dejó de gritar.

Algo en el tono del anciano lo inquietó.

Un automóvil oscuro se detuvo frente al café.

Emilio terminó la llamada.

Después miró a Mateo.

—Quería comprobar si todavía existía alguien capaz de ofrecer un asiento sin preguntar quién era la persona.

Mateo señaló el símbolo.

—¿Qué significa eso?

Emilio levantó una mano.

En uno de sus dedos llevaba un viejo anillo.

El mismo símbolo estaba grabado allí.

Sergio lo reconoció.

Su rostro perdió el color.

—Señor Vargas…

Emilio lo miró.

—Así que tú sí sabes quién soy.

La puerta trasera del automóvil comenzó a abrirse.

Una silueta descendió sosteniendo una carpeta de cuero.

Emilio miró hacia la calle.

Y todo su control desapareció.

—No…

Se puso de pie.

—Él no debía encontrarme aquí.

Mateo miró hacia la entrada.

—¿Quién es?

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Emilio apretó el bastón.

—El hombre que hizo que perdiera este café hace treinta años.

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