Capítulo 2: El hombre que había vivido con el nombre de su hermano

El desconocido se presentó como Javier Montes.
Era abogado.
Había trabajado durante años para una familia llamada Serrano.
Don Álvaro le pidió hablar en privado.
Mateo quiso marcharse.
Pero el anciano lo detuvo.
—Tú también debes escuchar.
El gerente soltó una risa nerviosa.
—El muchacho ya no trabaja aquí.
Javier lo miró.
—Entonces no tendrá ningún problema en escuchar como ciudadano particular.
El gerente guardó silencio.
Javier colocó el sobre sobre la mesa.
Dentro había una fotografía antigua.
Dos hombres jóvenes aparecían juntos.
Eran casi idénticos.
Mateo miró a Don Álvaro.
—¿Tiene un hermano gemelo?
El anciano asintió.
Su nombre real era Gabriel Serrano.
Álvaro Serrano había sido su hermano gemelo.
Veinte años atrás ambos dirigían una pequeña empresa familiar dedicada a propiedades y restaurantes.
Álvaro era el rostro público.
Gabriel llevaba las finanzas.
Una noche, Álvaro murió en un accidente de automóvil.
Pero la familia nunca informó oficialmente de su muerte.
—¿Por qué? —preguntó Mateo.
Gabriel bajó la mirada.
Porque descubrieron un problema enorme.
Álvaro había firmado garantías personales sobre varias deudas.
Si se declaraba su muerte inmediatamente, los bancos podían liquidar la empresa.
Cientos de empleados perderían su trabajo.
La madre de ambos convenció a Gabriel de asumir temporalmente la identidad de su hermano.
Solo unas semanas.
Hasta reorganizar las cuentas.
—Pero no fueron unas semanas —dijo Javier.
Gabriel asintió.
Fueron años.
La empresa se recuperó.
Después creció.
Y cada vez resultaba más difícil decir la verdad.
Gabriel empezó a vivir como Álvaro.
Firmó documentos.
Apareció en reuniones.
Incluso permitió que personas cercanas creyeran que él era su hermano.
—¿Y su propia familia? —preguntó Mateo.
Ahí apareció el verdadero problema.
Gabriel tenía una hija.
Elena Serrano.
Cuando él desapareció para convertirse en Álvaro, la niña tenía diez años.
Le dijeron que su padre había abandonado España.
Después que había muerto.
—¿Abandonó a su hija para salvar una empresa? —preguntó Mateo.
Gabriel no buscó excusas.
—Sí.
Mateo sintió una decepción inesperada.
—Entonces ella tenía razón para no buscarlo.
—Ella sí me buscó.
Durante años.
Pero cada intento terminaba bloqueado por abogados de la familia.
Alguien no quería que Elena descubriera que Álvaro estaba muerto y Gabriel seguía vivo.
Javier abrió otro documento.
—Su hermano no murió accidentalmente.
Gabriel levantó lentamente los ojos.
La investigación reciente demostraba que el automóvil había sido manipulado.
Álvaro descubrió antes de morir que alguien estaba desviando dinero mediante propiedades compradas con nombres falsos.
Planeaba denunciarlo.
No tuvo tiempo.
—¿Quién lo hizo? —preguntó Mateo.
Javier respondió:
—Su socio, Ernesto Vidal.
Gabriel cerró los ojos.
Ernesto era también padrino de Elena.
Después de la muerte de Álvaro, convenció a la familia de mantener la identidad falsa.
No para salvar la empresa.
Para seguir controlando el dinero.
—¿Y usted nunca lo sospechó?
—Demasiado tarde.
Cuando Gabriel descubrió la verdad, intentó salir.
Ernesto amenazó a Elena.
Gabriel desapareció completamente.
Durante veinte años vivió cambiando de ciudad.
Sin cuentas propias.
Sin teléfono permanente.
Sin contacto con su hija.
—¿Por qué está en Madrid ahora? —preguntó Mateo.
Gabriel respondió:
—Porque recibí una carta.
La carta decía:
“Si todavía estás vivo, ven al café donde comenzó todo.”
Mateo miró alrededor.
—¿Este café?
Gabriel asintió.
Veinticinco años atrás, Álvaro y Gabriel habían firmado allí el primer contrato de su empresa.
Pero existía otra conexión.
El padre de Mateo había trabajado para ellos.
Mateo frunció el ceño.
—Mi padre murió cuando yo era pequeño.
—¿Cómo se llamaba?
—Carlos Ruiz.
Gabriel quedó inmóvil.
Javier abrió inmediatamente otra carpeta.
—¿Carlos Ruiz?
Mateo asintió.
Javier y Gabriel intercambiaron una mirada.
—¿Qué pasa?
Gabriel preguntó:
—¿Tu madre se llama Elena?
Mateo sintió que se le helaba la sangre.
—Sí.
Gabriel tuvo que sentarse.
—Dios mío.
Mateo dio un paso atrás.
—¿Por qué conoce a mi madre?
Gabriel comenzó a llorar.
—Porque Elena Serrano es mi hija.
El café entero pareció desaparecer alrededor de Mateo.
—Eso significa que usted…
No pudo terminar.
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Gabriel lo miró.
—Soy tu abuelo.