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Capítulo 1: La llamada que Don Álvaro esperó durante veinte años

La lluvia no había dado tregua en toda la tarde.

El pequeño café de la calle Alcalá estaba lleno de personas refugiándose del mal tiempo. Las ventanas empañadas apenas dejaban ver las luces de los automóviles que pasaban sobre el asfalto mojado.

Mateo Ruiz acababa de cumplir dieciocho años.

Trabajaba allí por las tardes mientras terminaba sus estudios.

Aquella noche llevaba una camisa roja gastada, un delantal verde oliva y unas zapatillas grises que ya necesitaban ser reemplazadas.

Estaba colocando tazas limpias junto a la cafetera cuando vio entrar al anciano.

Don Álvaro Serrano parecía agotado.

Su abrigo azul marino goteaba sobre el suelo.

Tenía el cabello plateado pegado a la frente y las manos tan frías que apenas podía mantenerlas quietas.

Miró alrededor.

Después se acercó al gerente.

—Por favor… solo necesito una llamada.

El gerente ni siquiera levantó completamente la mirada.

—Aquí no prestamos teléfonos.

—He perdido el mío.

—Lo siento.

No parecía sentirlo.

Se dio la vuelta.

Don Álvaro permaneció allí.

Por unos segundos pareció no saber qué hacer.

Mateo lo vio.

Sacó su propio teléfono del bolsillo del delantal.

—Señor.

Álvaro levantó la mirada.

Mateo extendió el móvil.

—Use el mío.

El anciano dudó.

—No quiero causarte problemas.

—Llame.

Don Álvaro tomó el aparato con las dos manos.

Antes de marcar, el gerente los vio.

—¡Mateo!

El muchacho se volvió.

—Solo será un minuto.

El hombre caminó hacia él.

—Te he dicho muchas veces que no molestes a los clientes con problemas de la calle.

—No está molestando a nadie.

—Devuelve el teléfono.

Mateo no se movió.

—Es mío.

Aquella respuesta terminó de enfurecer al gerente.

Agarró el cuello del delantal y tiró.

La cinta se soltó.

—¡Estás despedido!

Varias conversaciones se detuvieron.

Mateo miró al gerente.

—Solo necesitaba ayuda.

—Pues ahora puedes ayudarlo desde fuera.

El café quedó casi en silencio.

Mateo bajó los ojos un instante.

Después miró al anciano.

—Llame.

Don Álvaro lo observó profundamente.

Marcó un número.

Cuando alguien contestó, su postura cambió.

—Estoy aquí.

Escuchó.

—No. Ven solo.

Terminó la llamada.

Mateo esperaba alguna explicación.

Álvaro simplemente devolvió el teléfono.

—Gracias, hijo.

—¿Encontró a su familia?

La pregunta produjo una pequeña sombra en el rostro del anciano.

—Eso espero.

Mateo le ofreció una silla cerca de la entrada.

El gerente estaba demasiado desconcertado para impedirlo.

Pocos minutos después, unos faros iluminaron los cristales.

Un sedán negro se detuvo frente al café.

El gerente dejó de discutir.

Don Álvaro seguía sentado.

Su respiración ya era mucho más tranquila.

—Ahora sabremos quién sigue siendo leal.

Mateo frunció el ceño.

—¿Leal a quién?

La puerta se abrió.

Entró un hombre alto cubierto por un abrigo negro.

El rostro permanecía parcialmente oculto bajo la sombra de la entrada.

Al ver al anciano, se quedó inmóvil.

—Señor Serrano…

Don Álvaro apretó el respaldo de la silla.

El hombre continuó:

—Llevamos veinte años buscándolo.

Mateo miró al anciano.

—¿Veinte años?

Don Álvaro se puso de pie.

Por primera vez desde que había entrado parecía completamente despierto.

—¿Quién te envió?

El hombre sacó un sobre.

—Su hija.

Don Álvaro perdió el color del rostro.

—Mi hija murió.

El recién llegado negó.

—No.

Una pausa.

—Y dice que usted tampoco es Álvaro Serrano.

Mateo sintió un escalofrío.

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El anciano cerró los ojos.

—Entonces finalmente lo descubrió.

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