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Capítulo 1: El apellido cosido dentro del abrigo

La lluvia caía con fuerza sobre Madrid aquella noche.

Las luces de los automóviles se reflejaban en el pavimento mojado y las ventanas empañadas del pequeño Café Luna apenas dejaban ver la calle.

Dentro hacía calor.

La máquina de espresso trabajaba sin descanso.

Los clientes conversaban alrededor de mesas de madera mientras Mateo Serrano recogía tazas detrás de la barra.

Tenía dieciocho años.

Trabajaba allí por las tardes para ayudar a su madre con los gastos y ahorrar algo para estudiar.

Aquella noche vio a un anciano debajo del toldo.

Estaba completamente empapado.

Tenía el cabello plateado pegado a la frente y ambas manos escondidas dentro de las mangas.

Un bastón descansaba contra su pierna.

Mateo lo observó durante unos segundos.

Nadie más parecía dispuesto a hacer nada.

Dejó las tazas.

Salió.

—Señor.

El anciano levantó lentamente la mirada.

—Estoy bien.

No lo estaba.

Temblaba.

Uno de sus zapatos tenía la suela casi desprendida.

Mateo tomó su propia chaqueta oscura del gancho junto a la puerta.

La colocó sobre los hombros del hombre.

—Póntela, por favor.

—No, hijo. Vas a mojarte tú.

Mateo sonrió.

—No pasa nada. Usted la necesita más.

El anciano sostuvo la chaqueta con dedos temblorosos.

Durante unos segundos no dijo nada.

Después preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—Mateo.

La puerta se abrió violentamente.

El gerente salió.

—¡¿Qué crees que haces?!

—Se estaba congelando.

—¡No estás aquí para vestir mendigos!

Varios clientes giraron.

Mateo apretó los labios.

—Solo le di mi chaqueta.

El gerente lo agarró por el delantal.

Tiró de la cinta hasta romperla.

—¡Estás despedido!

Mateo miró el pedazo de tela en su mano.

—Lo volvería a hacer.

El anciano levantó los ojos.

Aquella frase pareció golpearlo más que la lluvia.

Mateo lo condujo dentro pese a las protestas del gerente.

Lo sentó junto a la ventana.

Colocó su bastón al lado de la silla.

—Voy a traerle algo caliente.

—No tengo dinero.

—No le pregunté si tenía.

El gerente estaba a punto de intervenir otra vez cuando el anciano tocó el cuello interior de la chaqueta.

Sus dedos encontraron una pequeña etiqueta cosida.

Serrano.

Su expresión cambió.

—Serrano…

Mateo se volvió.

—Sí. Es mi apellido.

El anciano levantó la etiqueta.

—¿Quién te dio este apellido?

Mateo rio confundido.

—Mi padre, supongo.

—¿Cómo se llamaba?

La sonrisa desapareció lentamente.

—Miguel Serrano.

El anciano cerró los ojos.

—Dios mío.

Sacó un teléfono antiguo del interior de su cárdigan.

Marcó un número.

—Lo encontré.

Mateo frunció el ceño.

—¿A quién?

Don Julián no respondió.

—Sí, al muchacho.

Terminó la llamada.

Unos faros atravesaron las ventanas.

Un automóvil negro largo se detuvo frente al café.

La conversación disminuyó.

El gerente palideció.

Mateo observó al anciano.

—¿Quién es usted?

Don Julián apretó la chaqueta.

—Alguien que lleva dieciocho años buscando a un Serrano.

La puerta trasera del automóvil se abrió.

Una figura alta descendió bajo un paraguas.

Don Julián vio la silueta.

Su emoción desapareció.

—No…

Se puso de pie apoyándose en el bastón.

—Él no debía venir.

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Y Mateo comprendió que aquella llamada no había traído ayuda.

Había traído a alguien que el anciano temía.

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