Capítulo 2: La presidenta que había desaparecido durante cuatro horas

El hombre se acercó.
Tenía unos cuarenta y cinco años.
Traje oscuro.
Abrigo negro.
Rostro elegante.
Pero estaba visiblemente nervioso.
—Mamá.
Carmen no respondió.
Lucía permaneció junto a ella.
—¿Es su hijo?
—Álvaro Ortega —respondió Carmen.
El nombre hizo reaccionar al gerente.
Ortega Capital.
Una de las mayores empresas familiares de inversión inmobiliaria de Madrid.
Carmen Ortega era su presidenta.
Había pasado los últimos años lejos de los medios, por eso Lucía no la reconoció.
Álvaro era director ejecutivo.
Y aquella misma semana la empresa estaba negociando la adquisición de varios edificios comerciales.
Uno de ellos era precisamente el inmueble donde funcionaba el café.
El gerente palideció todavía más.
Pero Carmen no parecía interesada en eso.
—¿Por qué me dejaste aquí?
Álvaro miró a Lucía.
—Esto es un asunto familiar.
Lucía dio un paso atrás.
Carmen tomó su mano.
—Ella se queda.
Álvaro apretó la mandíbula.
—Mamá, tenemos que irnos.
—Primero dime qué hay en el maletín.
El conductor miró a Álvaro.
Él no respondió.
Carmen extendió la mano.
El conductor le entregó el maletín.
Había un pequeño sello rojo sobre el cierre.
Carmen lo reconoció.
—Esto era de tu padre.
Álvaro cerró los ojos.
El esposo de Carmen, Enrique Ortega, había muerto hacía nueve años.
Según la familia, de un infarto.
Antes de morir fue presidente de la empresa.
Carmen nunca había vuelto a ver aquel maletín.
—¿Dónde lo encontraste?
Álvaro respondió:
—En una caja de seguridad.
—¿Cuándo?
Silencio.
—Álvaro.
—Esta mañana.
Carmen comprendió.
La discusión dentro del automóvil había comenzado precisamente aquella mañana.
Álvaro quería que su madre firmara una transferencia de control.
Carmen se negó.
Él insistió en que era por su edad.
Dijo que ella ya no estaba en condiciones de dirigir.
Después la discusión empeoró.
Y terminó abandonándola frente al café.
—No querías que regresara a casa —dijo Carmen.
Álvaro negó.
—Estabas alterada.
—Me quitaste el teléfono.
Lucía miró a Carmen.
Eso explicaba por qué no había podido llamar a nadie.
Álvaro respondió:
—No quería que llamaras a los abogados antes de que pudiéramos hablar.
Carmen señaló el maletín.
—¿Hablar de esto?
Álvaro guardó silencio.
El cierre necesitaba una combinación.
Carmen introdujo cuatro números.
La fecha de nacimiento de su difunto esposo.
El maletín se abrió.
Dentro había documentos.
Un teléfono antiguo.
Una memoria externa.
Y una carta dirigida a Carmen.
Sus manos comenzaron a temblar.
La carta decía:
“Si Álvaro intenta tomar el control de la empresa, abre el archivo Vega.”
Álvaro palideció.
—Papá estaba enfermo cuando escribió eso.
Carmen levantó los ojos.
—Nunca me dijiste que esta carta existía.
El archivo Vega contenía transferencias realizadas durante los últimos meses de vida de Enrique.
Millones desviados hacia sociedades privadas.
Pero las cuentas no estaban a nombre de Álvaro.
Estaban a nombre de otra persona.
Daniel Ortega.
Lucía miró a Carmen.
—¿Otro hijo?
Carmen parecía incapaz de respirar.
—No.
Álvaro respondió:
—Mi hermano.
Lucía quedó confundida.
Carmen tenía otro hijo.
Uno del que nadie hablaba.
Daniel era el primogénito.
Veinte años atrás había abandonado la familia después de una disputa con Enrique.
Según Carmen, murió diez años después en un accidente en Argentina.
—¿Entonces por qué hay transferencias recientes? —preguntó Lucía.
Carmen miró a Álvaro.
—Eso quiero saber.
Álvaro finalmente confesó.
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Daniel estaba vivo.
Y había regresado a España.