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Capítulo 1: La mujer que su propio hijo dejó bajo la lluvia

La lluvia caía con fuerza sobre Madrid aquella tarde.

El pequeño Café Central estaba completamente lleno.

Las ventanas empañadas reflejaban las luces de neón de la calle mientras la máquina de espresso trabajaba sin descanso.

Lucía Navarro llevaba más de seis horas atendiendo mesas.

Tenía veintiún años y trabajaba casi todos los días después de sus clases.

Dentro del bolsillo de su delantal guardaba un pequeño sobre.

Ciento veinte euros.

Sus ahorros de aquella semana.

Los necesitaba para pagar una matrícula.

Pero aquella noche algo llamó su atención.

Junto a la entrada había una mujer mayor.

Carmen Ortega.

Tenía el cabello plateado escondido bajo una boina borgoña y el abrigo azul completamente empapado.

Sujetaba un bolso antiguo contra el pecho.

Estaba llorando.

Lucía se acercó.

—¿Está bien?

Carmen intentó sonreír.

—Sí, cariño.

Pero le temblaban las manos.

—¿Está esperando a alguien?

La mujer bajó los ojos.

—Mi hijo me dejó aquí.

Lucía frunció el ceño.

—¿Aquí?

Carmen asintió.

Habían discutido dentro del automóvil.

Su hijo detuvo el coche.

Le dijo que necesitaba pensar.

Después se marchó.

Carmen creyó que volvería.

Habían pasado casi dos horas.

Abrió su bolso.

Dentro apenas tenía unas monedas.

—No tengo cómo volver a casa.

Lucía miró la lluvia.

Después el reloj.

La dirección de Carmen estaba al otro extremo de Madrid.

—Voy a pedirle un taxi.

Carmen negó.

—No, cariño. Es demasiado.

Lucía sacó el sobre del delantal.

—Es mi dinero.

—Precisamente por eso.

—Puede necesitarlo más que yo esta noche.

El gerente las vio.

—Lucía.

Ella levantó la mirada.

—Vuelve a tus mesas.

—Solo voy a ayudarla a conseguir un taxi.

El hombre se acercó.

—No te pago para resolver problemas ajenos.

Lucía apretó los labios.

—No me está pagando por esto.

—Exactamente. Así que vuelve a trabajar.

Ella no obedeció.

Pidió el taxi.

Minutos después apareció un vehículo negro junto a la acera.

Lucía salió con Carmen.

La lluvia le golpeó el rostro.

Uno de sus zapatos se aflojó al pisar un charco, así que terminó caminando casi descalza mientras ayudaba a la anciana.

Abrió la puerta.

Entregó varios billetes al conductor.

—Llévela hasta la puerta de su casa, por favor.

—Lucía —dijo Carmen—, no puedo aceptar todo esto.

—Mañana puede discutir conmigo.

Carmen sonrió por primera vez.

Pero entonces el gerente apareció en la entrada.

Tomó la placa del delantal de Lucía.

La arrancó.

—Estás despedida.

Lucía lo miró.

—Era mi dinero.

—Abandonaste tu puesto.

—Para ayudar a una persona.

—Ya no trabajas aquí.

Lucía respiraba con dificultad.

Estaba empapada.

—Lo volvería a hacer.

Carmen escuchó la frase desde el taxi.

Se volvió.

Su expresión cambió.

Entonces el conductor salió del vehículo.

Miró detenidamente a Carmen.

Primero parecía confundido.

Después se enderezó de inmediato.

—Señora presidenta.

Lucía parpadeó.

El gerente quedó inmóvil.

Carmen lo miró.

—¿Presidenta?

El conductor parecía todavía más sorprendido.

—Llevamos horas buscándola.

Abrió la puerta trasera.

Sobre el asiento había un maletín de cuero sellado.

—Su hijo dijo que nadie debía entregárselo excepto a usted.

Toda fragilidad desapareció del rostro de Carmen.

—¿Mi hijo?

—Sí.

Carmen miró el maletín como si contuviera algo peligroso.

Lucía preguntó:

—¿Qué hay dentro?

Antes de que respondiera, otro automóvil negro frenó detrás del taxi.

Las luces atravesaron las ventanas del café.

Carmen vio al hombre que descendía.

Su rostro perdió el color.

—No…

Lucía siguió su mirada.

—¿Lo conoce?

Carmen apretó el bolso contra su pecho.

—Él fue quien me dejó aquí.

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El hombre comenzó a caminar hacia ellas.

Y el gerente comprendió que acababa de despedir a la única persona que aquella anciana parecía querer mantener a su lado.

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