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Capítulo 2: El hombre que había venido a comprar el hotel

Del vehículo descendió un hombre de unos cincuenta años.

Traje negro.

Cabello oscuro con algunas canas.

Dos asesores caminaban detrás de él.

Álvaro se quedó rígido.

Beatriz susurró:

—Gabriel Vidal.

Lucía miró a Ernesto.

El apellido era el mismo.

Gabriel entró.

Se detuvo al ver al anciano.

—Padre.

Lucía abrió los ojos.

Don Ernesto Vidal no era un hombre sin hogar.

Era el fundador de Vidal Hospitality Group, uno de los mayores grupos hoteleros privados del país.

Había desaparecido de la vida pública años atrás después de una grave enfermedad.

Su hijo Gabriel dirigía ahora las empresas.

Álvaro intentó corregir inmediatamente su postura.

—Señor Vidal, si hubiéramos sabido que su padre…

Ernesto levantó una mano.

—Ese es precisamente el problema.

Miró el suelo.

La comida que Beatriz había tirado seguía allí.

Después señaló la placa arrancada de Lucía.

—No sabían quién era.

Gabriel observó al gerente.

—¿La despidió por darle comida?

Álvaro comenzó a explicar.

—Tenemos protocolos.

Lucía intervino.

—No necesito que me defiendan porque él sea rico.

Todos la miraron.

—Lo habría ayudado igual si no tuviera nada.

Ernesto sonrió.

—Por eso hice la llamada.

Lucía frunció el ceño.

Ernesto llevaba varias semanas visitando hoteles que su grupo estaba considerando comprar.

El Imperial era uno de ellos.

Los informes financieros parecían excelentes.

Los propietarios aseguraban que el personal recibía un trato ejemplar.

Pero Ernesto había aprendido algo durante cincuenta años de negocios.

Las personas actúan de manera distinta cuando creen que el hombre que tienen delante no puede castigarlas.

Por eso llegó vestido con ropa vieja.

Sin chofer.

Sin asistentes.

Sin anunciar su identidad.

Quería conocer el hotel antes de comprarlo.

—Y ahora ya lo conoce —dijo Beatriz con nerviosismo.

Ernesto la miró.

—Más de lo que esperaba.

Beatriz no era una simple invitada.

Era hija de uno de los principales accionistas del Imperial.

Había presionado durante meses para vender el hotel a Vidal Group.

La compra le daría una fortuna.

Pero después de lo ocurrido, Ernesto había dicho por teléfono:

“No lo compres todavía.”

Eso podía destruir la operación.

Beatriz intentó justificarse.

—Ese hombre estaba tomando comida destinada a los invitados.

Ernesto respondió:

—Esa gala recaudó esta noche casi dos millones para combatir el hambre.

Miró el plato destruido.

—Y usted tiró comida al suelo para impedir que un hombre hambriento comiera.

Nadie respondió.

Pero Gabriel parecía menos interesado en Beatriz que en su padre.

—Dijiste que vendrías mañana.

Ernesto lo miró con dureza.

—Y tú dijiste que no vendrías.

Algo cambió en el ambiente.

Lucía notó que el miedo de Ernesto al ver el automóvil no tenía nada que ver con el hotel.

—¿Por qué no quería que viniera? —preguntó ella.

Gabriel miró a su padre.

—Sí. Díselo.

Ernesto guardó silencio.

Gabriel sacó una carpeta.

—Porque este hotel no es la verdadera razón por la que está aquí.

Álvaro y Beatriz se miraron.

Gabriel abrió la carpeta.

Dentro había una fotografía antigua.

Mostraba a Ernesto de joven delante del mismo hotel.

Junto a él había una mujer.

Lucía dejó de respirar.

Conocía ese rostro.

—Esa es mi abuela.

Todos la miraron.

Ernesto cerró los ojos.

Lucía tomó la fotografía.

Su abuela, Isabel Morales, había trabajado toda su vida como cocinera.

Murió cuando Lucía tenía quince años.

Nunca había hablado de ningún Vidal.

—¿Por qué está con usted?

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Ernesto respondió:

—Porque este hotel también le pertenecía.

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