Capítulo 1: El hombre al que no querían dejar comer

El salón principal del Hotel Imperial estaba lleno aquella noche.
Candelabros de cristal colgaban sobre largas mesas cubiertas con manteles blancos. Copas finas reflejaban la luz dorada, camareros atravesaban el salón con bandejas de plata y un cuarteto tocaba suavemente cerca del escenario.
Era una gala benéfica.
Al menos eso decía la invitación.
Lucía Morales llevaba casi siete horas trabajando.
Tenía el cabello oscuro recogido en un moño bajo y vestía la chaqueta marfil del personal.
Mientras transportaba una bandeja, vio a un hombre mayor junto a una mesa lateral.
Don Ernesto Vidal.
Nadie sabía su nombre todavía.
Solo parecía un anciano cansado.
Su chaqueta marrón estaba gastada.
Los zapatos tenían años de uso.
Llevaba varias horas sin comer.
Sobre una mesa de servicio había quedado un plato intacto.
Ernesto miró alrededor.
Después extendió lentamente la mano.
Antes de poder tomarlo, Beatriz Salgado apareció.
—¿Qué cree que está haciendo?
Ernesto retiró la mano.
—Solo pensé que quizá iban a tirarlo.
Beatriz miró su ropa.
Después el plato.
Lo tomó y lo golpeó hacia abajo.
La comida cayó sobre el mármol.
Varias personas giraron.
—Eso no es para gente como usted.
El anciano permaneció quieto.
No discutió.
Solo miró la comida en el suelo.
Lucía dejó su bandeja.
Se acercó.
—Señor, no tiene que recoger eso.
Ernesto negó.
—No quiero causar problemas.
Lucía tomó un plato caliente de un carro cercano.
Se lo entregó.
—Coma.
Él la miró.
—No puedo pagarlo.
—Entonces descuéntelo de mi sueldo.
Ernesto abrió los ojos sorprendido.
—No deberías hacer eso.
Lucía sonrió ligeramente.
—Yo sí puedo volver a comprar una cena.
El gerente, Álvaro Ruiz, apareció rápidamente.
—¡¿Qué crees que haces?!
Lucía respondió:
—Dándole de comer.
—Ese plato pertenece al evento.
—Entonces cóbrelo.
Álvaro señaló al anciano.
—¡Este hombre ni siquiera debería estar aquí!
Lucía lo miró.
—Eso no significa que tenga que pasar hambre.
Beatriz cruzó los brazos y sonrió.
Álvaro agarró la placa con el nombre de Lucía y la arrancó de su chaqueta.
—Estás despedida.
El salón quedó en silencio.
Lucía miró su placa en la mano del gerente.
Después a Ernesto.
—Lo volvería a hacer.
Aquella frase cambió la expresión del anciano.
Dejó cuidadosamente el plato sobre la mesa.
Metió una mano dentro de su chaqueta.
Sacó un teléfono viejo.
Marcó un número.
Cuando habló, su voz ya no parecía débil.
—No lo compres todavía.
Álvaro frunció el ceño.
Ernesto continuó.
—Quiero ver qué hacen después.
Terminó la llamada.
Lucía lo miró confundida.
—¿Comprar qué?
Antes de que respondiera, unos faros atravesaron las puertas de cristal.
Un automóvil negro largo se detuvo frente al hotel.
Las conversaciones desaparecieron.
Beatriz dejó de sonreír.
Álvaro palideció.
Don Ernesto miró hacia la entrada.
Durante un instante pareció satisfecho.
Después vio quién estaba bajando del vehículo.
Su rostro cambió por completo.
—No…
Se puso de pie.
—Él no debía venir.
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Las grandes puertas comenzaron a abrirse.
Y por primera vez aquella noche, Ernesto parecía tener miedo.