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Capítulo 2: El escudo que solo pertenecía a tres personas

Las salidas del centro comercial fueron cerradas de inmediato.

Victoria ordenó a los guardias revisar las cámaras y localizar al desconocido. Richard protestó, pero nadie volvió a obedecerlo.

Emma permaneció junto a Lily mientras un paramédico examinaba sus manos.

—No tienes que quedarte —le dijo Victoria—. Ya no eres responsable de nada.

Emma miró a la niña.

—Hasta saber que está segura, sí lo soy.

Aquella respuesta hizo que Victoria la observara con respeto.

El escudo grabado en la tarjeta no era un simple símbolo decorativo.

Pertenecía a la familia Carter y daba acceso a los sistemas internos de todas sus propiedades.

El centro comercial había sido construido por el padre de Victoria, William Carter. Después de su muerte, solo tres tarjetas negras continuaron activas.

Una estaba en poder de Victoria.

Otra pertenecía a su hermano mayor, Daniel.

La tercera había sido entregada a su esposo, Alexander.

Pero Alexander Carter había muerto seis años atrás en un accidente aéreo.

Daniel, en cambio, llevaba cuatro años desaparecido.

—Entonces, el hombre del segundo piso podía ser uno de ellos —dijo Emma.

Victoria negó lentamente.

—O alguien que robó su identidad.

Los guardias recuperaron las imágenes.

El desconocido había entrado por una puerta privada utilizando una credencial asociada a Alexander Carter.

Su rostro permanecía oculto por el ángulo de las cámaras.

También descubrieron algo más.

La orden enviada al robot utilizó el número de Richard, pero no procedía de su teléfono.

Alguien había duplicado la señal.

—Le dije que yo no fui —insistió el gerente.

Victoria lo miró.

—Eso no significa que sea inocente.

Richard había autorizado días antes una actualización remota del sistema de limpieza. El proveedor no existía en los registros oficiales.

Además, el técnico encontró un pequeño transmisor instalado dentro del robot.

Podía recibir órdenes externas desde cualquier teléfono con el software adecuado.

—¿Quién permitió la instalación? —preguntó Victoria.

El técnico miró a Richard.

—El gerente firmó el acceso.

Richard apretó los dientes.

—Pensé que era mantenimiento.

Emma reparó en algo extraño.

Mientras todos discutían, el gerente seguía sujetando la placa que había arrancado de su uniforme.

En el reverso había una pequeña mancha negra.

—¿Qué es eso?

El técnico tomó la placa y la examinó.

Era residuo magnético.

Alguien había adherido durante horas un diminuto dispositivo a la parte posterior.

Emma recordó que aquella mañana Richard le pidió prestada la placa con la excusa de revisar su horario.

El transmisor oculto registraba los movimientos de la empleada.

—Me estaban vigilando —dijo.

El gerente se quedó inmóvil.

Victoria comprendió la razón.

Emma no había sido una testigo accidental.

Alguien sabía exactamente dónde estaría cuando el robot atacara.

Quizá esperaban que intentara salvar a Lily.

—Querían que pareciera responsable —dijo Victoria.

Si Emma no hubiera alcanzado el interruptor, el robot habría golpeado a la niña.

Si lograba detenerlo, el daño al equipo y a la exhibición permitiría culparla y expulsarla antes de que pudiera hablar con la policía.

Richard insistió en que desconocía el plan.

Entonces Lily recordó algo.

Antes del ataque, un hombre se inclinó junto al robot. Llevaba un reloj plateado y una cicatriz alrededor de la muñeca.

—Mi tío Daniel tenía una cicatriz así —dijo Victoria.

Años atrás, Daniel sufrió una quemadura durante un incendio en una de las propiedades familiares.

Poco antes de desaparecer, acusó a Alexander de utilizar empresas de seguridad para desviar dinero del patrimonio Carter.

Victoria no creyó sus acusaciones.

Semanas después, Alexander murió.

Dos años más tarde, Daniel desapareció.

La policía encontró sangre en su automóvil, pero nunca un cuerpo.

—¿Y si ninguno murió? —preguntó Emma.

Victoria no respondió.

Su teléfono recibió un mensaje.

No contenía palabras.

Solo una fotografía tomada desde el segundo piso pocos minutos antes.

En ella aparecía Lily de pie frente al robot.

Detrás de la niña, reflejado en un escaparate, se veía claramente el rostro del hombre.

Victoria amplió la imagen.

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Era Alexander.

Su esposo muerto.

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