Capítulo 1: El robot que avanzó directamente hacia Lily

El centro comercial Crown Plaza era uno de los más exclusivos de la ciudad.
Sus pisos de mármol reflejaban la luz que entraba por los enormes tragaluces, las barandillas de cristal rodeaban los pisos superiores y las tiendas de lujo exhibían vestidos, relojes y joyas detrás de escaparates impecables.
Emma Brooks trabajaba como cajera en una pequeña isla comercial situada en el atrio central.
Tenía veinticuatro años, llevaba una camisa blanca, chaleco negro y una placa con su nombre. Aquel empleo pagaba el tratamiento médico de su madre y apenas podía permitirse llegar tarde o cometer un error.
Aquella tarde, el centro comercial estaba lleno.
Familias, empresarios y compradores elegantes caminaban entre los escaparates mientras un robot industrial limpiaba lentamente el suelo.
Emma estaba entregando el cambio a una clienta cuando escuchó una serie de pitidos agudos.
El robot cambió de dirección.
Su motor comenzó a acelerar.
Arrastraba un cable eléctrico suelto y avanzaba sin control entre los compradores.
Varias personas gritaron y se apartaron.
Pero una niña permaneció inmóvil en medio del atrio.
Lily Carter tenía siete años, vestía un delicado vestido rosa pálido y llevaba zapatos blancos. Había soltado la mano de su madre para observar una fuente decorativa.
Cuando vio la máquina acercándose, quedó paralizada.
—¡Mamá!
Emma abandonó la caja.
Saltó por encima de una pequeña barrera y corrió hacia ella.
El robot aumentó todavía más la velocidad.
Emma llegó un instante antes del impacto.
Empujó a Lily hacia un lado, cayó al suelo junto a ella y extendió una mano hacia el panel lateral de emergencia.
—¡Aléjate!
Golpeó el interruptor.
El robot se sacudió, giró violentamente y chocó contra un pedestal decorativo. Varias piezas metálicas se desprendieron y el cristal de una exhibición se rompió.
Emma cubrió a Lily con su cuerpo.
Cuando el ruido terminó, la niña estaba llorando, pero no tenía heridas graves.
—Ya pasó —susurró Emma—. Estás a salvo.
Los compradores comenzaron a rodearlas.
Entonces apareció el gerente del centro comercial.
Richard Hale tenía cincuenta años y llevaba un traje negro de una marca exclusiva. Caminó directamente hacia el robot dañado.
No preguntó si la niña estaba herida.
No ayudó a Emma a levantarse.
Observó el pedestal destruido y el equipo de limpieza.
—¡Abandonaste tu caja y destruiste el equipo!
Emma lo miró sin comprender.
—¡Iba a atropellarla!
Richard señaló las piezas esparcidas.
—Ese robot cuesta más de lo que ganarás en toda tu vida.
Tomó la placa del uniforme de Emma y la arrancó.
—¡Estás despedida! ¡Fuera ahora mismo!
Emma se puso de pie lentamente.
Tenía las manos raspadas y una rodilla ensangrentada.
—Lo volvería a hacer.
Lily se aferró a su cintura.
—No la despida. Ella me salvó.
Richard intentó apartar a la niña.
En ese momento, una mujer atravesó la multitud.
Victoria Carter vestía un elegante traje beige. Su expresión era controlada, pero sus ojos mostraban un miedo profundo.
—¡Lily!
Se arrodilló y abrazó a su hija.
—¿Estás herida?
Lily negó y señaló a Emma.
—Ella me salvó, mamá.
Victoria se levantó.
—¿Arriesgaste tu trabajo por mi hija?
Emma asintió sin decir nada.
Victoria miró el robot detenido.
Después sacó una tarjeta negra con un pequeño escudo plateado y abrió el panel de control.
Richard perdió seguridad.
—Señora Carter, el equipo ya está bajo investigación.
Ella ignoró la advertencia.
Revisó el registro interno.
—La velocidad fue modificada manualmente treinta segundos antes del accidente.
Un técnico de mantenimiento se acercó.
—La orden salió de un teléfono autorizado.
Victoria levantó la mirada hacia Richard.
En ese instante, el teléfono del gerente vibró.
Ella se lo quitó de la mano.
La aplicación de control del robot seguía abierta.
Richard palideció.
—Yo no envié esa orden.
Antes de que Victoria pudiera responder, Lily señaló hacia el segundo piso.
—Mamá… ese hombre sonrió antes de que viniera el robot.
Todos miraron hacia la barandilla de cristal.
Un hombre vestido con traje oscuro sostenía un teléfono idéntico al de Richard.
Dio un paso hacia atrás.
En la funda del dispositivo brillaba el mismo escudo familiar que aparecía en la tarjeta negra de Victoria.
Ella dejó de respirar.
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—Eso no es posible…
Y el hombre desapareció entre la multitud.