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Capítulo 2: La dueña que llegó disfrazada de pobre

El hombre entró.

Tenía unos cincuenta años.

Traje negro.

Cabello gris perfectamente peinado.

Un bastón oscuro en una mano.

El gerente casi dejó caer el delantal.

—Señor Hayes.

Emma miró a Eleanor.

Después al hombre.

Eleanor cerró los ojos.

—Adrian.

El desconocido sonrió.

—Madre.

Emma se quedó inmóvil.

Aquella anciana empapada y descalza no era una desconocida cualquiera.

Eleanor Hayes era la fundadora original de Hayes Coffee Group.

La compañía propietaria de aquel café y otros ochenta establecimientos.

Adrian Hayes era su hijo.

Actual presidente del grupo.

El gerente comenzó a balbucear.

—Señora Hayes, si hubiera sabido…

Eleanor lo cortó.

—Exactamente.

Si hubiera sabido quién era, la habría tratado bien.

Eso era precisamente lo que Eleanor quería comprobar.

Durante los últimos meses había recibido denuncias.

Empleados humillados.

Clientes pobres expulsados.

Comida destruida al final del día antes que entregada.

El consejo siempre recibía informes perfectos.

Eleanor decidió visitar varios locales sin anunciarse.

Ropa vieja.

Sin seguridad.

Sin dinero visible.

Quería saber qué ocurría cuando nadie creía que ella importaba.

—Y ya tengo mi respuesta —dijo mirando al gerente.

Adrian no parecía interesado.

Miraba a Emma.

—¿Cómo te llamas?

Eleanor intervino.

—No importa.

Adrian sonrió.

—Entonces claramente importa.

Emma frunció el ceño.

—Emma Reed.

Eleanor cerró los ojos.

Adrian quedó completamente inmóvil.

—¿Reed?

—Sí.

—¿Cómo se llamaba tu padre?

Emma retrocedió.

—No sé qué tiene que ver eso.

Eleanor respondió:

—Nada.

Adrian la miró.

—No vuelvas a mentirme.

Emma sintió que algo mucho mayor que un despido estaba ocurriendo.

Su padre se llamaba Thomas Reed.

Había muerto cuando ella tenía ocho años.

Un accidente de automóvil.

Eso era todo lo que sabía.

Cuando pronunció el nombre, Adrian dejó de sonreír.

—Thomas Reed.

Eleanor apretó los puños.

—Déjala fuera.

—Tú la trajiste hasta aquí.

—Yo no sabía que trabajaba en este local.

Adrian se volvió hacia Emma.

—Tu padre trabajó para nosotros.

Emma negó.

—Mi padre era mecánico.

—Después.

Años antes, Thomas Reed había sido director financiero de Hayes Coffee Group.

El mejor amigo del difunto esposo de Eleanor.

Y el hombre que descubrió que millones de dólares estaban desapareciendo de la compañía.

Thomas comenzó a investigar.

Poco después renunció.

Se mudó.

Cambió de profesión.

Tres años más tarde murió.

—¿Está diciendo que mi padre robó dinero? —preguntó Emma.

—No —dijo Eleanor.

Adrian respondió al mismo tiempo:

—Eso depende de a quién preguntes.

Eleanor lo miró con furia.

Thomas no había robado.

Había descubierto el fraude.

Los desvíos provenían de varias empresas controladas por Adrian.

Eleanor encontró parte de las pruebas demasiado tarde.

Cuando enfrentó a su hijo, Adrian aseguró que Thomas había fabricado todo para tomar el control.

El consejo creyó a Adrian.

Thomas quedó desacreditado.

Perdió su carrera.

—¿Y mi padre nunca dijo nada? —preguntó Emma.

Eleanor bajó la mirada.

—Intentó hacerlo.

Pero alguien amenazó a su familia.

Thomas decidió desaparecer de la vida empresarial.

Protegió a su esposa.

Y a Emma.

El accidente ocurrió años después.

Siempre fue considerado casual.

Hasta ahora.

Eleanor sacó el teléfono.

Había contratado recientemente a investigadores privados para revisar viejos registros.

Encontraron una transferencia realizada dos días antes del accidente.

Procedía de una empresa vinculada a Adrian.

Pagada a un mecánico.

Emma sintió que el cuerpo se le enfriaba.

Miró al hombre.

—¿Usted mató a mi padre?

Adrian no cambió de expresión.

—No.

Eleanor preguntó:

—Entonces explica el pago.

—No aquí.

—¿Por qué?

Adrian miró alrededor.

Clientes grabando.

Empleados escuchando.

—Porque Thomas Reed no murió por lo que descubrió sobre la empresa.

Miró directamente a Emma.

—Murió por lo que descubrió sobre ti.

Emma sintió un escalofrío.

—¿Sobre mí?

Eleanor se puso pálida.

Adrian continuó:

—Tu apellido no era Reed cuando naciste.

Eleanor golpeó el suelo con el bastón.

—¡Basta!

Emma miró a la anciana.

—¿Qué está ocultando?

Eleanor comenzó a llorar.

Sacó del bolsillo interior de su abrigo una pequeña fotografía.

Mostraba a Thomas Reed junto a una mujer joven.

La mujer era Eleanor.

Y entre ambos había un bebé.

Emma.

En la parte posterior aparecía una frase.

“Para nuestra hija, cuando sea seguro decirle la verdad.”

Emma levantó los ojos.

—¿Nuestra hija?

Eleanor no pudo responder.

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Y Adrian dijo en voz baja:

—Thomas Reed no era tu padre biológico.

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