Capítulo 1: La mujer que temblaba bajo la lluvia

La lluvia golpeaba los grandes ventanales del café Harrison como pequeñas piedras.
Era una de esas noches en las que nadie quería estar fuera.
El pavimento brillaba bajo las luces de los automóviles, el vapor cubría parte de los cristales y el interior del local estaba lleno de clientes refugiándose de la tormenta.
Emma Reed trabajaba detrás de la barra.
Tenía veinticinco años, el cabello castaño rojizo recogido en una trenza desordenada y un viejo suéter mostaza debajo del delantal gris.
Llevaba seis horas de turno.
Estaba cansada.
Entonces vio a la anciana.
Al otro lado del vidrio había una mujer de unos setenta años.
Muy delgada.
Abrigo verde empapado.
Falda larga.
Sin zapatos.
Intentaba esconder los pies debajo de la tela mientras temblaba bajo la lluvia.
Algunos clientes la vieron.
Después apartaron los ojos.
Emma dejó una taza sobre la barra.
—¿Adónde vas? —preguntó el gerente.
Ella ya caminaba hacia la puerta.
Salió.
La lluvia la empapó inmediatamente.
—Señora.
La mujer levantó la mirada.
—Estoy bien.
Era evidente que no lo estaba.
Emma miró sus pies enrojecidos por el frío.
Sin pensarlo demasiado, se agachó.
Desató sus propias zapatillas blancas.
Se las quitó.
Las colocó frente a ella.
—Póntelas, por favor.
La anciana la miró sorprendida.
—No puedo aceptarlo.
Emma sonrió.
—Yo sí puedo dárselas.
—¿Y tú?
Emma levantó un pie desnudo.
—Yo estoy a diez pasos de un lugar caliente.
La mujer permaneció en silencio.
Finalmente se puso las zapatillas.
Le quedaban un poco grandes.
Pero estaban secas.
—Gracias.
Emma la ayudó a levantarse.
Entonces la puerta del café se abrió con violencia.
El gerente salió.
—¡¿Qué estás haciendo?!
Emma se volvió.
—Tenía los pies congelados.
—¡Estás descalza frente a mi negocio!
—Porque le di mis zapatos.
El gerente miró a la anciana con evidente desprecio.
—No puedes convertir este lugar en un refugio.
—Solo son unos zapatos.
—No.
Se acercó.
—Es la imagen del local.
Emma no respondió.
Regresaron dentro.
Sus pies mojados dejaron pequeñas marcas sobre el suelo.
Todos los clientes observaban.
El gerente agarró la correa de su delantal.
Tiró.
La tela se rompió.
—¡Estás despedida!
El café quedó en silencio.
Emma miró el delantal en su mano.
—¿Por ayudarla?
—Por ignorar mis órdenes.
Emma respiró profundamente.
—Lo volvería a hacer.
La anciana había permanecido callada hasta entonces.
Su expresión cambió.
Metió una mano dentro del abrigo mojado.
Sacó un pañuelo de seda.
Dentro había un teléfono moderno.
El gerente frunció el ceño.
La mujer desbloqueó la pantalla.
Marcó un número.
—Soy Eleanor.
Una pausa.
—Preparen el contrato.
Miró a Emma.
—Sí. Para Emma Reed.
El gerente se quedó inmóvil.
Emma parpadeó.
—¿Qué contrato?
Eleanor terminó la llamada.
Afuera apareció una luz intensa.
Un automóvil negro largo se detuvo frente al café.
Las conversaciones desaparecieron.
Eleanor tocó lentamente el logotipo bordado en el delantal roto que todavía sostenía el gerente.
—Quería ver quién seguía teniendo corazón.
Después miró hacia el vehículo.
—Pero no esperaba encontrarte aquí esta noche.
La puerta trasera del automóvil comenzó a abrirse.
Eleanor vio a la persona que estaba bajando.
Su rostro cambió.
Toda la autoridad que acababa de mostrar desapareció.
—No…
Retrocedió.
—Él no.
Emma miró hacia la ventana.
Pero antes de poder ver el rostro del recién llegado, Eleanor tomó su brazo.
—No le digas tu apellido.
Emma quedó confundida.
—¿Por qué?
May you like
Eleanor la miró con verdadero miedo.
—Porque si sabe que eres una Reed, no te dejará salir de aquí.