Capítulo 2: “¿De verdad no sabe quién acaba de entrar?”

Elena soltó la mano de Sergio y corrió hacia Adrián.
—¡Papá!
La calma desapareció del rostro del hombre durante un instante.
Se agachó inmediatamente y abrazó a su hija.
—Elena, mírame.
La niña levantó la cabeza.
Adrián revisó rápidamente sus brazos y su rostro.
—¿Estás bien? ¿Te has hecho daño?
—Estoy bien.
—¿Seguro?
Elena asintió.
Adrián la abrazó otra vez.
Solo entonces miró alrededor.
Vio el carro metálico detenido contra el expositor.
Vio decenas de productos esparcidos por el suelo.
Vio a los clientes observando.
Y finalmente vio a Sergio.
El joven empleado permanecía unos metros más allá, con los guantes de trabajo en las manos y una expresión incómoda.
Elena señaló hacia él.
—Él me sacó de ahí.
Adrián miró a Sergio.
—¿Usted?
Sergio asintió.
—El carro empezó a bajar por la pendiente. Ella no lo vio.
Adrián observó la distancia entre el carro y el lugar donde había estado su hija.
No necesitaba muchas explicaciones para comprender lo ocurrido.
—Gracias.
Sergio bajó ligeramente la cabeza.
—Solo hice lo que tenía que hacer.
Adrián sostuvo su mirada durante un segundo.
—No todo el mundo lo habría hecho.
Víctor decidió intervenir.
—Señor, entiendo perfectamente su preocupación, pero la situación ya está controlada.
Adrián giró lentamente la cabeza hacia él.
—¿Controlada?
—Sí.
Víctor señaló los daños.
—Ha habido un incidente, pero nos encargaremos de todo.
Adrián no respondió inmediatamente.
Algo llamó su atención.
Víctor todavía sostenía entre los dedos la identificación de Sergio.
Adrián miró la tarjeta.
Después miró a Sergio, que ya se había quitado los guantes.
—¿Por qué tiene usted su identificación?
Víctor respondió con naturalidad:
—Porque ya no trabaja aquí.
Sergio bajó la mirada.
Adrián permaneció inmóvil.
—¿Le ha despedido?
—Sí.
Elena volvió a agarrarse al brazo de su padre.
—Papá, él me salvó.
Adrián acarició suavemente el cabello de su hija.
—Lo sé.
Después volvió a mirar a Víctor.
—¿Por qué lo ha despedido?
Víctor señaló el expositor destruido.
—Ha causado daños importantes.
Adrián miró los productos tirados por el suelo.
—Por salvarla.
Víctor suspiró.
—Señor, comprendo que desde su punto de vista pueda parecer injusto.
Adrián arqueó ligeramente una ceja.
—¿Desde mi punto de vista?
—Hay normas internas que los clientes no conocen.
Sergio observaba la conversación sin decir nada.
Víctor continuó:
—Este empleado abandonó su puesto, intervino sin autorización y provocó daños en una zona comercial de alto valor.
Adrián miró a Sergio.
—¿Es verdad?
Sergio respondió con sinceridad.
—Vi el carro acercándose. No pensé en otra cosa.
—¿Y el expositor?
—El carro chocó después de que sacara a Elena de su trayectoria.
Adrián volvió hacia Víctor.
—Entonces no fue él quien lanzó el carro contra el expositor.
Víctor comenzó a perder ligeramente la paciencia.
—Ese no es el asunto.
—¿Cuál es el asunto?
—El procedimiento.
Adrián guardó silencio.
Víctor confundió aquel silencio con aceptación y recuperó parte de su confianza.
—Aquí tenemos reglas. Yo soy responsable de hacerlas cumplir.
Adrián miró de nuevo la identificación de Sergio.
—¿Y usted ha decidido personalmente despedirlo?
Víctor enderezó su chaleco.
—Personalmente.
La respuesta quedó flotando en el aire.
Adrián no mostró enfado.
Eso hizo que Sergio se sintiera todavía más confundido.
Marta, la mujer que había llegado con Adrián, permanecía en silencio unos pasos detrás de él.
Observaba todo con atención.
Adrián miró a su hija.
—¿Tenías miedo?
Elena asintió.
—Mucho.
—¿Y Sergio te ayudó?
—Sí.
La niña miró a Víctor.
—Y él le quitó su tarjeta.
Víctor respiró profundamente.
—Señor, no creo que sea apropiado discutir decisiones internas delante de una niña.
Adrián volvió lentamente hacia él.
—Estoy de acuerdo.
Víctor pareció relajarse.
Hasta que Adrián añadió:
—Por eso vamos a discutirlas con las personas adecuadas.
Víctor frunció el ceño.
—¿Perdone?
Adrián no contestó.
Simplemente miró a la mujer que estaba detrás de él.
—Marta.
Ella entendió inmediatamente.
Sin hacer preguntas, colocó el portadocumentos sobre una superficie cercana y lo abrió.
Víctor observó el gesto.
Dentro había varias carpetas.
Marta comenzó a buscar algo.
Sergio miró a Adrián con curiosidad.
Hasta aquel momento había supuesto que era simplemente un cliente adinerado.
Quizá un empresario.
Quizá un abogado.
No lo sabía.
Pero había algo extraño en la forma en que Marta reaccionaba a cada palabra suya.
Y, sobre todo, en la tranquilidad de Adrián.
Víctor cruzó los brazos.
—¿Qué pretende hacer?
Adrián ignoró la pregunta.
—¿Cómo ha dicho que se llama?
Víctor lo miró sorprendido.
—¿Yo?
—Sí.
—Víctor Salgado.
Adrián asintió lentamente.
—Víctor Salgado.
Repitió el nombre como si quisiera recordarlo.
—Exacto.
Adrián miró a Marta.
—Perfecto.
Ella asintió.
Víctor comenzó a sentirse incómodo.
—¿Perfecto para qué?
Adrián no respondió.
—Que venga la dirección.
Víctor soltó una pequeña risa incrédula.
—¿La dirección?
—Sí.
—Señor Rivas, no sé qué cree que va a conseguir con esto.
Sergio levantó la mirada al escuchar el apellido.
Víctor continuó:
—Si quiere presentar una reclamación, atención al cliente puede ayudarle. Pero las decisiones sobre mi personal las tomo yo.
Adrián lo observó.
—¿Está seguro?
Víctor respondió inmediatamente:
—Completamente.
Adrián asintió.
—Bien.
Aquella única palabra incomodó a Víctor más que cualquier amenaza.
Marta comenzó a sacar una de las carpetas del portadocumentos.
Víctor intentó mirar su contenido, pero ella la mantuvo cerrada.
—Mire —continuó Víctor—, entiendo que está alterado porque su hija ha sufrido un susto.
Adrián lo interrumpió.
—No estoy alterado.
Víctor guardó silencio.
Era cierto.
Adrián parecía demasiado tranquilo.
—Mi hija está bien —continuó— porque ese joven reaccionó cuando los demás no lo hicieron.
Miró hacia Sergio.
—Y cinco minutos después, usted decidió quitarle el trabajo.
Víctor apretó los labios.
—Yo protejo los intereses de este establecimiento.
Adrián lo miró durante un largo segundo.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Víctor ya no respondió.
Entonces ocurrió algo.
Al fondo del pasillo apareció un hombre con traje oscuro.
Era uno de los ejecutivos superiores del supermercado.
Caminaba con rapidez mientras hablaba con otro empleado.
Al principio no prestó atención a la multitud.
Hasta que levantó la cabeza.
Vio a Adrián.
Se detuvo.
Fue solo un segundo.
Pero todos los que estaban cerca pudieron notar el cambio.
Su expresión se volvió seria.
Enderezó inmediatamente la postura.
Después comenzó a caminar mucho más rápido hacia ellos.
Víctor lo reconoció.
—¿Qué hace él aquí?
Marta cerró parcialmente el portadocumentos.
Adrián no respondió.
El ejecutivo se acercó.
Cuando estuvo lo bastante cerca, dijo sorprendido:
—Señor Rivas...
Víctor dejó de sonreír.
Sus ojos pasaron del ejecutivo a Adrián.
Después a Marta.
Y finalmente a la carpeta que ella sostenía.
—¿Se conocen? —preguntó.
Nadie respondió inmediatamente.
El ejecutivo miró el carro accidentado.
Después vio los productos en el suelo.
Vio a Elena abrazada a su padre.
Y finalmente observó la identificación de Sergio todavía en la mano de Víctor.
Su expresión cambió otra vez.
—¿Qué ha ocurrido aquí?
Víctor se adelantó rápidamente.
—Ha habido un pequeño incidente. Ya está solucionado.
Adrián lo miró.
—¿Solucionado?
Víctor tragó saliva.
—Quiero decir... estamos ocupándonos.
El ejecutivo miró a Adrián.
—¿Está bien Elena?
Víctor abrió ligeramente los ojos.
¿Cómo sabía el nombre de la niña?
Adrián respondió:
—Ahora sí.
El ejecutivo dejó escapar un suspiro de alivio.
Víctor observó aquella conversación.
Su rostro comenzaba a mostrar preocupación.
Sergio también estaba confundido.
Marta permanecía completamente tranquila.
Víctor señaló discretamente a Adrián.
—Perdone... ¿ustedes se conocen?
El ejecutivo miró a Víctor como si no comprendiera la pregunta.
—Claro que...
Adrián levantó ligeramente una mano.
El hombre se detuvo antes de terminar la frase.
Víctor lo notó.
Y aquel pequeño gesto fue suficiente para cambiarlo todo.
Por primera vez, comprendió que Adrián no era simplemente un cliente enfadado.
Pero tampoco sabía quién era.
—Señor Rivas... —dijo Víctor con un tono mucho más prudente—. Quizá podamos hablar de esto en mi oficina.
Adrián miró la identificación de Sergio.
—Hace un momento parecía bastante cómodo hablando aquí.
Víctor bajó la mirada hacia la tarjeta que todavía tenía en la mano.
—Tal vez he sido demasiado rápido.
Sergio levantó la cabeza.
Adrián permaneció serio.
—¿Demasiado rápido para qué?
Víctor dudó.
—Para tomar una decisión definitiva.
Elena observaba a los adultos sin comprender completamente lo que ocurría.
—Entonces Sergio no está despedido, ¿verdad? —preguntó.
Víctor miró a la niña.
Después a Adrián.
—Bueno... tenemos que revisar exactamente lo ocurrido.
Sergio frunció el ceño.
Hacía apenas unos minutos Víctor estaba completamente seguro.
Ahora parecía medir cada palabra.
Adrián dio un paso hacia él.
—No cambie su decisión por mí.
Víctor pareció sorprendido.
—¿Cómo?
—Hace unos minutos estaba convencido de que había hecho lo correcto.
Adrián señaló discretamente la identificación.
—Quiero entender por qué.
El ejecutivo permaneció en silencio.
Víctor comenzó a respirar con más dificultad.
—Como le he explicado, hay procedimientos.
—Entonces explíqueselos también a él.
Adrián señaló al ejecutivo.
Víctor miró al hombre.
El ejecutivo cruzó lentamente las manos delante del cuerpo.
—Sí, Víctor. Me gustaría escucharlos.
El rostro del responsable perdió algo de color.
Marta volvió a abrir el portadocumentos.
Sacó ligeramente una carpeta.
En una esquina podía verse un relieve oficial, pero Sergio no alcanzaba a distinguirlo.
Víctor sí pareció reconocer algo.
Sus ojos se quedaron fijos en la carpeta.
—¿Qué es eso?
Marta no respondió.
Adrián tampoco.
Víctor volvió a mirar al ejecutivo.
—¿Qué está pasando?
El hombre no contestó.
Adrián extendió la mano.
Víctor pensó durante un segundo que quería la carpeta.
Pero Adrián señaló la identificación de Sergio.
—Eso.
Víctor miró la tarjeta.
Después se la entregó lentamente.
Adrián la sostuvo durante un momento.
Leyó el nombre.
—Sergio Molina.
Sergio asintió.
—Sí, señor.
Adrián caminó hacia él y le devolvió personalmente la identificación.
—Creo que esto le pertenece.
Sergio dudó antes de aceptarla.
—Gracias, pero... no entiendo nada.
Adrián lo miró.
—No necesita entenderlo todavía.
Víctor escuchó aquellas palabras.
—¿Todavía?
Adrián volvió hacia él.
El ejecutivo se acercó un poco más.
Marta sostenía la misteriosa carpeta contra su cuerpo.
Víctor parecía cada vez más nervioso.
—Señor Rivas —dijo—, creo que hemos empezado con mal pie.
Adrián negó suavemente.
—No.
—¿No?
—Usted empezó exactamente como quería empezar.
Silencio.
—Yo simplemente estaba aquí para verlo.
Víctor tragó saliva.
—No entiendo.
Adrián miró a Elena.
Después a Sergio.
Finalmente volvió hacia Víctor.
—Eso ya lo sé.
El ejecutivo dio un paso hacia Adrián.
—Señor Rivas, si quiere podemos llamar inmediatamente a...
Adrián volvió a detenerlo con una mirada.
Víctor vio aquella reacción.
Ahora estaba seguro de una cosa:
aquel ejecutivo obedecía a Adrián.
Pero ¿por qué?
Marta abrió nuevamente la carpeta.
Esta vez comenzó a sacar algo de su interior.
Víctor dio un pequeño paso hacia delante.
—Espere...
Adrián lo miró.
—¿Sí?
Víctor dudó.
—¿Quién es usted?
El pasillo quedó completamente en silencio.
Sergio miró a Adrián.
Elena permanecía junto a su padre.
El ejecutivo bajó ligeramente la mirada, esperando.
Marta dejó de mover la mano.
Adrián podría haber respondido.
Pero no lo hizo.
Miró la identificación de Sergio.
Después miró el expositor destruido.
Y finalmente volvió a mirar a Víctor.
—Guarde esa pregunta.
Víctor frunció el ceño.
—¿Por qué?
Adrián dio un paso hacia él.
—Porque dentro de unos minutos quizá tenga otras mucho más importantes.
El rostro de Víctor palideció.
A lo lejos comenzaron a escucharse nuevos pasos.
Más personas se acercaban.
El ejecutivo miró hacia el final del pasillo y después volvió hacia Adrián.
Marta comenzó nuevamente a sacar el misterioso objeto de la carpeta.
Víctor observó su mano.
—Señor Rivas...
Adrián no apartó los ojos de él.
Sergio seguía sin comprender por qué un hombre aparentemente normal podía provocar semejante reacción entre los altos cargos del establecimiento.
Entonces el ejecutivo se inclinó hacia Adrián y estuvo a punto de decir algo.
Algo que parecía poder explicarlo todo.
Pero antes de que pronunciara una sola palabra, Adrián levantó ligeramente la mano.
Silencio.
Víctor respiró profundamente.
Ya no quedaba nada de la arrogancia con la que había despedido a Sergio minutos antes.
Solo incertidumbre.
Y miedo a haber cometido un error que todavía no comprendía.
Adrián miró una última vez la identificación de Sergio.
Luego fijó sus ojos en Víctor.
—Ahora sí —dijo con absoluta calma—. Hablemos de su decisión.
Marta terminó de abrir la carpeta.
Víctor vio algo en su interior.
Sus ojos se abrieron.
—No puede ser...
Y justo cuando parecía que la verdadera identidad de Adrián Rivas estaba a punto de salir a la luz, todo quedó en silencio.
Porque la pregunta ya no era si Víctor se había equivocado al despedir a Sergio.
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La verdadera pregunta era otra:
¿Quién era realmente Adrián Rivas... y por qué uno de los ejecutivos más importantes del supermercado acababa de detenerse ante él como si fuera la última persona a la que quisiera enfadar?