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Capítulo 1: Salvó a la niña y perdió su trabajo

Era una tarde muy concurrida en uno de los supermercados gourmet más exclusivos de Valencia.

Familias, turistas y clientes recorrían tranquilamente los pasillos mientras los empleados colocaban productos en las estanterías. Cerca de una de las zonas más elegantes del establecimiento, Sergio Molina, un joven empleado de 25 años, estaba de rodillas organizando unas cajas.

Sergio llevaba horas trabajando.

No tenía un puesto importante ni esperaba que nadie se fijara en él. Para la mayoría de los clientes, simplemente era otro trabajador del supermercado.

A pocos metros estaba Elena Rivas, una niña de siete años.

Elena había acompañado a su padre al supermercado. Mientras él hablaba unos instantes con su asistente, la pequeña se alejó unos pasos para observar unos productos colocados en una estantería baja.

Nadie parecía preocupado.

Hasta que Sergio escuchó un sonido extraño.

Clac... clac... clac...

Eran unas ruedas metálicas.

Levantó la cabeza.

Un pesado carro utilizado por los empleados para transportar mercancía había comenzado a moverse solo por una ligera pendiente.

Al principio avanzaba lentamente.

Pero cada segundo iba más rápido.

Las cajas colocadas encima comenzaron a temblar.

Sergio miró hacia delante y sintió que se le detenía el corazón.

Elena estaba justo en su trayectoria.

La niña estaba de espaldas.

No había visto nada.

—¡Niña! ¡Apártate! —gritó Sergio.

Elena se giró confundida.

Cuando vio el enorme carro acercándose, se quedó paralizada.

Algunos clientes comenzaron a gritar.

Otros retrocedieron.

Pero Sergio no tuvo tiempo para pensar.

Soltó el paquete que tenía entre las manos y corrió.

—¡Cuidado!

El carro estaba cada vez más cerca.

Sergio llegó hasta Elena, la agarró con cuidado alrededor del cuerpo y tiró de ella hacia un lado.

Los dos cayeron fuera de la trayectoria del carro apenas un instante antes de que pasara junto a ellos.

¡CRASH!

El carro chocó violentamente contra un expositor lleno de productos.

Cajas y paquetes cayeron al suelo.

Los clientes gritaron.

Durante unos segundos, todo fue confusión.

Pero Sergio no miró los productos destruidos.

Ni siquiera miró el carro.

Su atención estaba completamente puesta en Elena.

La niña había comenzado a llorar.

Sergio se arrodilló frente a ella.

—¿Estás bien?

Elena respiraba rápidamente, todavía asustada.

Finalmente asintió.

—Sí...

Sergio dejó escapar el aire que llevaba conteniendo.

—Tranquila. Ya ha pasado.

Elena lo miró con lágrimas en los ojos.

Entonces una voz furiosa interrumpió aquel momento.

—¡¿Qué has hecho?!

Era Víctor Salgado, el responsable de planta.

Había atravesado el pasillo después de escuchar el golpe.

Pero para sorpresa de Sergio, Víctor apenas miró a Elena.

Sus ojos fueron directamente hacia el expositor destruido.

Miró los productos tirados por el suelo.

Después observó el carro.

Su rostro se llenó de rabia.

—¡Mira todo esto!

Sergio se levantó lentamente.

—El carro iba hacia la niña.

Víctor señaló el desastre.

—¡Has destrozado todo el expositor!

Sergio no entendía cómo aquello podía ser lo más importante en ese momento.

Miró a Elena.

—Pero ella está bien.

Víctor se acercó.

—¿Sabes cuánto dinero hay tirado en ese suelo?

Sergio lo miró fijamente.

—No. Y ahora mismo tampoco me importa.

Víctor frunció el ceño.

Aquella respuesta pareció enfurecerlo todavía más.

—¿Cómo dices?

Sergio intentó mantener la calma.

—Si no la hubiera apartado, el carro podría haberla golpeado.

Algunos clientes asintieron.

Una mujer que había presenciado todo murmuró:

—El chico le ha salvado la vida.

Pero Víctor no quería escuchar.

Para él, Sergio había actuado sin permiso, había provocado daños y había convertido un tranquilo supermercado de lujo en una escena caótica delante de los clientes.

—Hay procedimientos para estas situaciones —dijo Víctor.

Sergio miró el carro.

Después miró a Elena.

—No había tiempo para procedimientos.

Víctor dio otro paso hacia él.

—Eso no lo decides tú.

Entonces bajó la mirada hacia la identificación que Sergio llevaba en la cintura.

Sin pedir permiso, la tomó y se la quitó.

Sergio miró su identificación en la mano de Víctor.

—¿Qué está haciendo?

Víctor respondió sin dudar:

—Ya no es tu problema.

Hizo una breve pausa.

—Estás despedido.

Sergio se quedó completamente quieto.

—¿Qué?

—Has oído perfectamente.

El pasillo quedó en silencio.

Incluso algunos clientes parecían sorprendidos.

Sergio miró alrededor.

Después volvió a mirar a Víctor.

—¿Me está despidiendo por apartar a una niña de un carro?

—Te estoy despidiendo por los daños que has causado y por actuar fuera de tus funciones.

Sergio apretó la mandíbula.

Podía haber discutido.

Podía haber gritado.

Pero no lo hizo.

Sabía perfectamente quién tenía el poder en aquella conversación.

Bajó lentamente las manos y comenzó a quitarse sus finos guantes de trabajo.

Entonces sintió una pequeña mano agarrando la suya.

Era Elena.

—¡No!

Todos la miraron.

La niña seguía llorando.

—¡Él me salvó!

Víctor intentó suavizar ligeramente su expresión.

—No pasa nada, pequeña.

—¡Sí pasa!

Elena se aferró con más fuerza a Sergio.

—¡El carro venía hacia mí!

Sergio se agachó.

—Tranquila.

—Pero te está echando por mi culpa...

—No es culpa tuya.

Elena negó con la cabeza.

Dos agentes de seguridad del centro comercial aparecieron al fondo del pasillo.

Víctor hizo un gesto hacia Sergio.

—Que recoja sus cosas.

Sergio miró su identificación todavía en la mano del responsable.

Después miró a Elena.

Intentó sonreír para tranquilizarla.

—No pasa nada.

Pero antes de que pudiera alejarse, una voz masculina llegó desde detrás de la multitud.

Era tranquila.

No gritó.

Sin embargo, consiguió que varias personas se giraran inmediatamente.

—Sí pasa.

Sergio levantó la mirada.

Elena también reconoció la voz.

Su expresión cambió.

—¡Papá!

La multitud comenzó a separarse.

Un hombre alto, elegantemente vestido con una chaqueta gris piedra, avanzó por el pasillo.

A su lado caminaba una mujer con un traje color ciruela y un fino portadocumentos de cuero.

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Era Adrián Rivas.

Y mientras se acercaba, Víctor todavía no tenía idea de que aquella conversación estaba a punto de cambiar por completo.

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