PARTE II — LA MUJER QUE HABÍA MUERTO DOCE AÑOS ATRÁS

Ethan pasó las siguientes horas sentado junto a la cama de Richard.
Cuando su padre despertó, no le habló inmediatamente de la fotografía.
Esperó.
Richard estaba débil, pero consciente.
—¿Encontraste el reloj?
—Sí.
Richard cerró los ojos.
—Bien.
—Encontré la caja.
Su padre volvió a mirarlo.
—Entonces ya viste las fotografías.
Ethan sacó una de su chaqueta.
La puso frente a él.
—Dime que no es ella.
Richard no respondió.
—Papá.
—Ethan...
—Vi enterrar a mamá.
Richard apartó la mirada.
—Lo sé.
—Entonces dime quién es esa mujer.
Silencio.
—Es Laura.
Ethan sintió que algo se rompía.
—Mi madre murió.
—Eso creíamos.
—No digas “creíamos”.
Se puso de pie.
—Tú sabías que estaba viva.
—No hasta hace cuatro años.
—¿Dónde está?
Richard no respondió.
—¿Dónde está mi madre?
—No lo sé.
Ethan se quedó inmóvil.
Richard continuó:
—La fotografía llegó a mi despacho sin remitente.
—¿Y no me dijiste nada?
—Necesitaba comprobarlo.
—¡Durante cuatro años!
—Cada persona a la que preguntaba desaparecía.
Ethan dejó de gritar.
—¿Qué quieres decir?
Richard tragó saliva.
—Primero fue un investigador privado.
—¿Desapareció?
—Sí.
—¿Y después?
—Un antiguo empleado de la funeraria donde supuestamente enterramos a tu madre.
Ethan sintió náuseas.
—¿Qué te dijo?
Richard lo miró.
—Que nunca vio un cuerpo.
Ethan retrocedió.
—No.
—El ataúd llegó cerrado.
—No.
—La orden indicaba que nadie podía abrirlo.
Ethan recordó la capilla.
Maria.
“Debe permanecer cerrado.”
—La misma frase.
Richard asintió lentamente.
—Por eso empecé a sospechar.
—¿Maria estaba relacionada con aquel funeral?
Richard tardó demasiado.
Ethan lo comprendió.
—La conocías entonces.
—Sí.
—¿Cuánto antes de casarte con ella?
Richard cerró los ojos.
—Dos años.
Ethan quedó inmóvil.
—Te casaste con una mujer que conocías mientras mamá seguía viva.
—No fue así.
—¿Entonces cómo fue?
Richard respiró.
—Maria trabajaba para la fundación de la familia.
—¿Y?
—Tu madre descubrió irregularidades financieras.
—¿Maria robaba?
—Eso pensé.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que el dinero era lo menos importante.
Richard señaló la fotografía.
—Mira el fondo.
Ethan la observó.
Su madre estaba delante de un edificio.
Una residencia privada.
Sobre una pared había un símbolo.
Ethan reconoció vagamente el diseño.
—¿Qué es?
—Una clínica.
—¿Cuál?
—Una que oficialmente cerró hace quince años.
—¿Y qué hacía mamá allí cuatro años atrás?
—Eso es lo que intentaba averiguar.
Ethan guardó silencio.
Richard continuó:
—Hace una semana recibí una llamada.
—¿De quién?
—De Laura.
Ethan sintió que se le detenía el corazón.
—¿Escuchaste su voz?
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Estuve casado con ella veintidós años.
—¿Qué dijo?
Richard miró hacia la puerta del hospital.
—Me dijo que dejara de buscarla.
—¿Por qué?
—Porque tú estabas en peligro.
Ethan se quedó helado.
—¿Yo?
—Dijo tu nombre.
—¿Qué más?
—Me dijo que Maria descubriría pronto que yo sabía la verdad.
—¿Qué verdad?
Richard bajó la voz.
—No llegó a decirlo.
—¿Por qué?
—La llamada se cortó.
—¿Y después?
—Esa misma noche Maria me preguntó por el reloj.
Ethan entendió.
—Sabía que escondías algo.
—Sí.
—¿Cómo acabaste en el ataúd?
Richard cerró los ojos.
—Me preparó una bebida.
—¿La tomaste?
—Dos tragos.
—¿Y después?
—Recuerdo despertarme en una habitación oscura.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿Viste a alguien?
Richard tardó.
—A Maria.
Ethan apretó los puños.
—¿Qué dijo?
—Que necesitaba saber dónde estaba la caja.
—¿Y no se lo dijiste?
—No.
—Entonces te encerró.
Richard negó.
—No inmediatamente.
—¿Qué ocurrió?
—Entró otra persona.
Ethan se inclinó.
—¿Quién?
—No pude verle la cara.
—¿Hombre o mujer?
—Un hombre.
—¿Qué dijo?
Richard cerró los ojos, intentando recordar.
—Preguntó si yo había hablado contigo.
—¿Y Maria?
—Dijo que no.
—¿Después?
—Me sedaron otra vez.
Richard respiró lentamente.
—Cuando desperté estaba dentro del ataúd.
Ethan miró a su padre.
—Entonces Maria no trabaja sola.
—Nunca lo hizo.
La policía arrestó a Maria horas después.
Pero ocurrió algo inesperado.
Pidió hablar con Ethan.
A solas.
Él se negó inicialmente.
Después aceptó con un detective observando desde el otro lado del cristal.
Maria apareció sin maquillaje.
Ya no parecía la mujer impecable de la capilla.
Pero tampoco parecía derrotada.
Se sentó.
—Tu padre te ha mentido.
Ethan ni pestañeó.
—Intentaste enterrarlo vivo.
—No.
—Lo encontramos dentro del ataúd.
—Eso no significa que yo lo metiera allí.
—Mentiste sobre la enfermedad.
—Sí.
La respuesta lo sorprendió.
—¿Por qué?
—Porque si abrías el ataúd demasiado pronto, te mataban a ti también.
Ethan la miró fijamente.
—¿Quién?
Maria sonrió tristemente.
—Por fin haces la pregunta correcta.
—Dame un nombre.
—Todavía no.
Ethan se levantó.
—Entonces hemos terminado.
—Tu madre está viva.
Se detuvo.
Maria lo observó.
—Y sé dónde está.
Ethan volvió lentamente a sentarse.
—Habla.
—Laura nunca murió aquella noche.
—Eso ya lo sé.
—No. No lo entiendes.
Maria se inclinó.
—Tu madre organizó su propia muerte.
Ethan negó.
—Mientes.
—Pregunta a Richard quién contrató la funeraria.
—Tú estabas relacionada.
—Sí.
—Entonces...
—Porque Laura me lo pidió.
Ethan se quedó sin palabras.
—¿Qué?
—Yo ayudé a tu madre a desaparecer.
—¿Por qué?
Maria lo miró directamente.
—Porque tenía miedo de tu padre.
Ethan golpeó la mesa con la palma.
—Basta.
—Eso es lo que Richard nunca te contará.
—Mi padre casi murió por tu culpa.
—Tu padre casi murió porque volvió a buscar algo que prometió dejar enterrado.
—¿Qué?
Maria guardó silencio.
—¿Qué buscaba?
Ella miró hacia el cristal.
Después volvió a Ethan.
—Una lista.
—¿Qué lista?
—Nombres.
—¿De quién?
—Personas vinculadas a la fundación Vale.
—¿Qué hicieron?
Maria negó.
—No aquí.
—Entonces no tenemos nada más que hablar.
Ethan volvió a levantarse.
—Espera.
Maria dijo una fecha.
Ethan se detuvo.
Era la fecha de la supuesta muerte de su madre.
—¿Qué significa?
—Busca los registros de llamadas de Richard esa noche.
—¿Por qué?
—Porque mientras tú llorabas pensando que Laura había muerto, tu padre llamó siete veces al hombre que llevaba meses siguiéndola.
—¿Quién?
Maria lo miró.
—El mismo hombre que estuvo conmigo la noche que Richard acabó dentro del ataúd.
Ethan sintió frío.
—Nombre.
Maria negó.
—Primero encuentra a tu madre.
—¿Dónde?
Maria se inclinó hacia delante.
—En el teléfono que estaba dentro de la caja hay una grabación.
—La policía ya lo está revisando.
—No encontrarán nada.
—¿Por qué?
—Porque necesitas una contraseña.
—¿Cuál?
Maria miró directamente a Ethan.
—Las últimas palabras que tu madre te dijo.
Ethan quedó inmóvil.
Recordaba perfectamente aquella noche.
Tenía doce años.
Laura se había sentado en el borde de su cama.
Lo había besado en la frente.
Y había dicho:
“Pase lo que pase, busca la puerta azul.”
Ethan había pensado que era una de aquellas frases extrañas de su madre.
Ahora la escribió.
LAPUERTAAZUL.
El teléfono se desbloqueó.
Había un único vídeo.
Ethan lo abrió.
Su madre apareció en pantalla.
Más joven.
Asustada.
Viva.
—Ethan, si estás viendo esto, significa que tu padre encontró el reloj.
Ethan dejó de respirar.
Laura continuó:
—Hay cosas sobre nuestra familia que nunca debiste heredar.
Miró hacia alguien fuera de cámara.
—Richard cree que intentaba protegerte. Quizá incluso él mismo lo crea.
Pausa.
—Pero si te ha dicho que Maria fue quien organizó mi desaparición contra mi voluntad, te ha mentido.
Ethan miró hacia el hospital.
Su padre estaba a dos plantas de distancia.
Laura continuó:
—Maria me ayudó.
Ethan sintió que todo volvía a cambiar.
—Pero tampoco confíes completamente en ella.
El vídeo tembló.
Laura parecía escuchar algo.
—Ninguno de ellos conoce toda la verdad.
Ethan acercó el teléfono.
—La noche que fingí mi muerte no huía solo de Richard.
Silencio.
—Huía de la persona que llevaba años utilizando nuestra familia para ocultar lo que ocurría en aquella clínica.
La grabación se distorsionó.
Después volvió.
—Y si Richard ha terminado en un ataúd como yo...
Ethan sintió que la piel se le erizaba.
¿Cómo podía haber sabido aquello años antes?
Laura miró directamente a cámara.
—...entonces esa persona ha vuelto.
El vídeo terminó.
Ethan regresó inmediatamente a la habitación de su padre.
Richard estaba despierto.
—¿Quién es?
—¿Qué?
Ethan dejó el teléfono sobre la cama.
—Mamá dijo que Maria la ayudó.
Richard palideció.
—¿Dónde encontraste eso?
—Responde.
—Ethan...
—¿Quién dirigía la clínica?
Richard miró hacia la puerta.
—Baja la voz.
—¿Quién?
—No puedo decírtelo aquí.
—Maria dijo lo mismo.
Richard quedó inmóvil.
—¿Has hablado con ella?
—Sí.
—No vuelvas a hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque no sabes qué parte está contando para salvarse.
Ethan apretó la mandíbula.
—Entonces dame tú la verdad.
Richard cerró los ojos.
—La clínica pertenecía originalmente a la familia de tu madre.
—¿Qué hacían allí?
—Investigación médica privada.
—¿Ilegal?
—Parte terminó siéndolo.
—¿Qué parte?
Richard no respondió.
—¿Tiene algo que ver conmigo?
El silencio fue suficiente.
Ethan sintió que el estómago se le cerraba.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
Richard comenzó:
—Cuando naciste...
La puerta de la habitación se abrió.
Un médico entró.
—Señor Vale, necesitamos trasladar a su padre para unas pruebas.
Ethan miró a Richard.
—Después terminamos esta conversación.
Richard no respondió.
Mientras los sanitarios preparaban la camilla, Ethan salió al pasillo.
Su teléfono vibró.
Número desconocido.
Contestó.
—¿Sí?
No hubo respuesta.
Solo respiración.
—¿Quién es?
Silencio.
Entonces una voz femenina.
—Ethan.
Él dejó de moverse.
Conocía aquella voz.
Aunque habían pasado doce años.
—¿Mamá?
Una respiración rota.
—No tengo mucho tiempo.
Ethan se apoyó contra la pared.
—¿Dónde estás?
—Escúchame.
—¡Dime dónde estás!
—No dejes que trasladen a Richard.
Ethan miró hacia la habitación.
Los sanitarios ya empujaban la cama.
—¿Por qué?
Laura comenzó a llorar.
—Porque ese hombre no es médico.
Ethan levantó la cabeza.
El supuesto doctor caminaba junto a la camilla.
—¿Qué?
—Ethan, escúchame con atención.
El hombre giró ligeramente la cabeza.
Por un instante, sus ojos se encontraron con los de Ethan.
Laura susurró:
—El hombre que está llevándose a tu padre fue quien cerró mi ataúd hace doce años.
Ethan corrió.
—¡Deténganse!
El falso médico miró hacia él.
Después aceleró.
Dos puertas automáticas se abrieron al final del pasillo.
—¡Seguridad!
Richard despertó sobresaltado sobre la camilla.
Ethan corrió tras ellos.
El hombre abandonó la camilla y escapó por una puerta de servicio cuando vio acercarse a dos guardias.
Richard quedó a salvo.
Pero en el suelo apareció algo.
Una fotografía.
El falso médico la había perdido.
Ethan la recogió.
Era antigua.
En ella estaban Laura, Richard y Maria.
Y detrás de ellos había un cuarto hombre.
Ethan acercó la fotografía.
Sintió que el corazón se le detenía.
Había visto aquel rostro antes.
—Papá...
Richard miró la imagen.
Su expresión se transformó.
—¿Dónde encontraste eso?
—La llevaba el hombre que intentó llevarte.
Richard cerró los ojos.
—Dios mío.
—¿Quién es?
Richard no respondió.
—¡Papá!
Laura seguía al teléfono.
Ethan levantó el móvil.
—Mamá, ¿sigues ahí?
—Sí.
—Tengo una fotografía.
—¿De quién?
Ethan describió al cuarto hombre.
Al otro lado de la línea no hubo respuesta.
—¿Mamá?
Entonces escuchó a Laura llorar.
—No puede ser.
—¿Quién es?
Richard agarró débilmente la muñeca de Ethan.
—No le preguntes.
Ethan miró a su padre.
—¿Por qué?
Richard negó.
Laura habló al mismo tiempo:
—Ethan, ese hombre fue quien convirtió nuestra familia en una mentira.
—¿Quién es?
Silencio.
Richard cerró los ojos.
Laura respiró profundamente.
—Antes de que te diga su nombre, tienes que saber algo sobre la noche en que naciste.
Ethan sintió un vacío en el estómago.
—¿Qué?
—Richard no estaba conmigo cuando naciste.
Ethan miró a su padre.
—¿Qué está diciendo?
Richard murmuró:
—Laura, no.
Ella continuó:
—Maria tampoco apareció en nuestra vida por casualidad.
—Mamá, dime qué está pasando.
—Ese hombre de la fotografía estuvo allí.
Ethan miró otra vez aquel rostro.
—¿Quién es?
Laura comenzó a responder:
—Es el hombre que figura en tus documentos de nacimiento como...
Richard abrió los ojos de golpe.
—¡Laura, no!
Ethan quedó completamente inmóvil.
—¿Como qué?
Al otro lado de la llamada se escuchó un ruido.
Laura dejó de hablar.
—¿Mamá?
Nada.
—¡Mamá!
Una respiración desconocida apareció al otro lado.
Después una voz masculina dijo con absoluta calma:
—Ya has abierto demasiados ataúdes, Ethan.
La llamada terminó.
Ethan permaneció inmóvil en mitad del pasillo, con la fotografía temblando entre sus dedos.
Richard miró hacia él con auténtico terror.
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Y Ethan comprendió que aquella noche no había salvado simplemente a su padre de ser enterrado vivo.
Había abierto una historia que alguien llevaba más de una década enterrando con ellos.