CORRIÓ AL FUNERAL PARA DESPEDIRSE DE SU PADRE… HASTA QUE TRES GOLPES SONARON DESDE DENTRO DEL ATAÚD
PARTE I — LOS TRES GOLPES QUE NADIE DEBÍA OÍR

Ethan Vale nunca olvidaría el sonido de aquellas puertas al abrirse.
Dos hojas de madera oscura chocaron contra las paredes de la capilla y el estruendo atravesó el silencio como un disparo.
Todas las miradas se volvieron hacia él.
Ethan apenas las vio.
Había conducido durante cuatro horas bajo la lluvia después de recibir una llamada que jamás había imaginado recibir.
Su padre había muerto.
Richard Vale.
Cincuenta y ocho años.
El hombre que siempre parecía demasiado fuerte para enfermar, demasiado orgulloso para admitir dolor y demasiado terco para marcharse sin despedirse.
Y ahora estaba dentro de un ataúd.
—¡Papá!
Ethan corrió por el pasillo central.
Las suelas de sus zapatos golpearon el suelo de piedra mientras las velas temblaban a ambos lados.
Al fondo de la capilla descansaba un ataúd de caoba rodeado de rosas blancas.
Junto a él estaba Maria.
La segunda esposa de Richard.
Vestido negro impecable.
Guantes finos.
Espalda recta.
Ni una lágrima.
Ethan llegó hasta el féretro y cayó de rodillas.
—¿Cuándo ocurrió?
Maria lo miró.
—Esta mañana.
—Hablé con él ayer.
—Lo sé.
—Estaba bien.
—Parecía estarlo.
Ethan puso las manos sobre la tapa.
La madera estaba fría.
—Ábrelo.
Maria no respondió.
—Maria, ábrelo.
—No.
Ethan levantó la cabeza.
—¿Qué?
—No puedes verlo.
—Es mi padre.
—Lo siento.
—¿Lo sientes?
Ethan se incorporó.
—He conducido cuatro horas porque me dijiste que había muerto y ahora me dices que ni siquiera puedo despedirme.
Maria mantuvo la voz baja.
—Richard tenía una enfermedad contagiosa.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué enfermedad?
Maria tardó una fracción de segundo demasiado larga.
—Los médicos recomendaron mantener el ataúd cerrado.
—¿Qué médicos?
—Ethan...
—Dame un nombre.
Maria endureció el gesto.
—Este no es el momento.
—Es exactamente el momento.
Intentó levantar la tapa.
Maria le agarró la muñeca.
—¡No!
Ethan la miró.
Algo en aquel gesto le produjo una sensación extraña.
No parecía miedo a una enfermedad.
Parecía miedo a que abriera el ataúd.
—Suéltame.
—Escúchame.
—Suéltame.
Maria retiró lentamente la mano.
Ethan volvió a mirar el féretro.
Recordó la última conversación con su padre.
Richard lo había llamado la noche anterior.
Habían hablado menos de cinco minutos.
—Necesito verte —había dicho Richard.
—Voy el viernes.
—No. Antes.
Ethan se había reído.
—¿Qué ocurre?
Silencio.
Después su padre había pronunciado una frase que entonces le pareció absurda.
—Si Maria te llama antes que yo, no creas la primera historia que te cuente.
Ethan había pensado que discutían otra vez.
Ahora aquella frase regresaba con una fuerza terrible.
Miró a Maria.
—¿Dónde murió?
—En casa.
—¿Quién estaba con él?
—Yo.
—¿Llamaste a una ambulancia?
—Claro.
—¿A qué hospital lo llevaron?
Maria no respondió.
—¿Maria?
—No llegaron a trasladarlo.
Ethan sintió que algo se cerraba alrededor de su pecho.
—¿Quién certificó su muerte?
—Un médico.
—¿Cuál?
—Basta.
La palabra salió más dura de lo esperado.
Los dos quedaron inmóviles.
Maria recuperó rápidamente la calma.
—Estás destrozado. Lo entiendo. Pero tu padre ha muerto y necesitas aceptarlo.
Ethan volvió a mirar el ataúd.
Entonces ocurrió.
Toc.
Ethan parpadeó.
Maria también lo oyó.
Él levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué ha sido eso?
—La madera.
—¿La madera?
—Los cambios de temperatura pueden...
Toc.
Ethan se quedó helado.
Después llegó el tercero.
Toc.
Tres golpes.
Separados.
Débiles.
Pero perfectamente reconocibles.
Ethan miró a Maria.
Ella había perdido el color.
—Papá.
Se lanzó sobre el ataúd.
—¡Papá!
Maria intentó detenerlo.
—¡Ethan!
Él la apartó.
—¡Hay alguien dentro!
—¡No seas absurdo!
Toc. Toc.
Ahora fueron dos golpes rápidos.
Ethan gritó:
—¡Llamad a emergencias!
Uno de los empleados de la funeraria apareció desde una puerta lateral.
—¿Qué ocurre?
—¡Abra el ataúd!
Maria se interpuso.
—No.
El hombre miró confundido.
—Señora Vale...
—He dicho que no.
Ethan golpeó la tapa.
—¡Papá, si puedes oírme, vuelve a golpear!
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Entonces:
Toc. Toc. Toc.
Ethan sintió que el mundo se detenía.
—Está vivo.
Maria negó.
—No.
—¡Está vivo!
—No sabes lo que estás oyendo.
—¡Acaba de responderme!
El empleado de la funeraria dio un paso hacia el ataúd.
Maria levantó una mano.
—Nadie abre ese féretro.
Ethan la miró.
Y por primera vez dejó de verla como la viuda de su padre.
La vio como una amenaza.
Sacó el teléfono.
—Voy a llamar a la policía.
Maria cambió.
—Ethan...
—Aléjate.
Marcó emergencias.
Mientras hablaba, comenzó a buscar el cierre del ataúd.
Estaba bloqueado.
—¿Dónde está la llave?
Maria guardó silencio.
—¿Dónde está?
—No existe ninguna llave.
El empleado intervino.
—Sí existe.
Maria giró hacia él.
El hombre señaló discretamente una pequeña cerradura lateral.
—Este modelo puede asegurarse para el transporte.
Ethan miró a Maria.
—¿Quién lo cerró?
Ella no respondió.
El empleado se acercó.
—Tenemos una llave de servicio.
Maria intentó detenerlo.
—No tiene autorización.
Ethan se colocó entre ambos.
—Vaya a buscarla.
El hombre corrió.
Maria bajó la voz.
—Estás cometiendo un error.
—Si mi padre está muerto, dentro de cinco minutos te pediré perdón.
Se acercó a ella.
—Pero si está vivo...
No terminó.
No hacía falta.
A lo lejos comenzaron a escucharse sirenas.
Maria miró hacia las puertas.
Después hacia el ataúd.
Y Ethan vio algo en sus ojos.
Cálculo.
No tristeza.
No miedo.
Cálculo.
El empleado regresó con una llave.
Ethan la tomó.
Sus manos temblaban.
La introdujo en la cerradura.
Giró.
Click.
El cierre cedió.
Ethan agarró la tapa.
—Papá.
La levantó.
Y dejó de respirar.
Richard estaba dentro.
Vivo.
Sus ojos se movieron inmediatamente hacia su hijo.
Tenía la boca cubierta con cinta negra.
Su camisa estaba arrugada.
Respiraba con enorme dificultad.
—Dios mío.
Ethan arrancó la cinta con cuidado.
Richard aspiró aire.
—Papá.
Los labios del hombre temblaron.
—Ethan...
Su hijo lo sujetó.
—Estoy aquí.
Richard intentó incorporarse.
—No.
—No te muevas. Viene una ambulancia.
Richard buscó desesperadamente algo con la mirada.
—Maria.
Ethan giró.
La mujer ya caminaba hacia una puerta lateral.
—¡Detenedla!
Dos empleados bloquearon la salida.
Maria se quedó quieta.
Richard intentó hablar.
—Ella...
—No hables.
—Escúchame.
—Después.
Richard agarró débilmente la manga de su hijo.
—No hay después.
Ethan se inclinó.
—¿Qué hizo?
Richard miró a Maria.
Ella sostuvo su mirada.
Y por primera vez pareció verdaderamente asustada.
—No quería enterrarme —susurró Richard.
Ethan sintió un escalofrío.
—¿Entonces qué quería?
Richard respiró con dificultad.
—Tiempo.
—¿Tiempo para qué?
Las sirenas se acercaban.
Richard apretó la manga de Ethan.
—Para encontrar lo que escondí.
Maria cerró los ojos.
Ethan la miró.
—¿Qué escondiste?
Richard intentó responder.
Pero justo entonces los paramédicos irrumpieron en la capilla.
Lo sacaron del ataúd.
Comprobaron sus constantes.
Uno de ellos miró sorprendido a su compañero.
—Está consciente.
—¿Qué le pasó?
Richard trató de hablar.
—No sé.
Maria intervino:
—Sufrió un episodio médico.
Ethan se volvió hacia ella.
—Cállate.
Un policía entró detrás de los sanitarios.
—¿Quién es Maria Vale?
Nadie necesitó señalarla.
Ella seguía junto al ataúd.
Serena otra vez.
—Yo.
—Necesitamos que permanezca aquí.
Maria sonrió ligeramente.
—Por supuesto.
Richard fue colocado en una camilla.
Cuando pasaba junto a Ethan, volvió a agarrarlo.
—La casa.
—¿Qué?
—Ve a la casa antes que ella.
Ethan miró a Maria.
—¿Qué tengo que buscar?
Richard cerró los ojos.
Parecía estar perdiendo fuerzas.
—Mi despacho.
—¿Qué hay allí?
—El reloj.
—¿Qué reloj?
Richard abrió los ojos una última vez.
—El que nunca funciona.
Después perdió el conocimiento.
—¡Papá!
Los sanitarios empujaron la camilla hacia la salida.
Ethan quiso acompañarlos.
Pero antes miró hacia Maria.
Ella también había escuchado aquellas palabras.
Y su rostro había cambiado.
Aquello bastó para que Ethan entendiera una cosa:
Fuera lo que fuera que escondía aquel reloj, Maria también lo quería.
Richard sobrevivió.
Los médicos confirmaron que había estado bajo los efectos de una sustancia sedante.
No podían determinar todavía cómo había terminado dentro del ataúd ni quién había organizado el falso funeral.
Maria fue interrogada.
Negó absolutamente todo.
Según ella, Richard había sufrido un colapso.
Un médico privado había certificado su fallecimiento.
Ella solo había seguido instrucciones.
Pero cuando la policía intentó localizar a aquel médico, descubrió algo inquietante.
El número de teléfono era falso.
La dirección también.
Y el supuesto doctor no aparecía en ningún registro estatal.
Alguien había construido cuidadosamente una muerte que nunca había ocurrido.
Aquella misma madrugada, Ethan recordó las últimas palabras de su padre.
El reloj que nunca funciona.
Regresó a la mansión acompañado por un detective.
El despacho de Richard estaba aparentemente intacto.
Libros.
Fotografías.
Una mesa de nogal.
Y sobre la chimenea, un antiguo reloj francés.
Las agujas marcaban las 2:17.
Ethan lo recordaba así desde niño.
Nunca funcionaba.
Lo bajó.
Pesaba demasiado.
—Hay algo dentro.
El detective abrió la parte trasera.
Encontraron una pequeña llave.
Y una nota.
Solo cuatro palabras escritas por Richard:
“No confíes en Maria.”
Pero debajo había algo todavía más extraño.
Un número.
Ethan lo reconoció.
Era el número de una caja de seguridad bancaria.
Al día siguiente fue al banco.
Dentro encontraron una carpeta, un teléfono antiguo y varias fotografías.
Ethan tomó la primera.
Richard aparecía junto a Maria.
La fotografía tenía seis años.
En la siguiente aparecía otro hombre.
Ethan no lo conocía.
En la tercera...
Ethan dejó caer la foto.
—No puede ser.
El detective la recogió.
—¿Quién es?
Ethan miró aquella cara.
—Mi madre.
Laura Vale.
La primera esposa de Richard.
La mujer que había muerto hacía doce años.
En la fotografía aparecía viva.
Y la fecha impresa detrás indicaba que la imagen había sido tomada solo cuatro años atrás.
Ethan sintió que la habitación comenzaba a girar.
—Esto es imposible.
El detective lo miró.
—¿Está seguro de que murió?
Ethan casi se enfadó.
—Estuve en su funeral.
Entonces recordó el ataúd.
Cerrado.
Igual que el de su padre.
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Y por primera vez desde aquella noche, Ethan sintió un miedo distinto.
Su padre quizá no era la primera persona de aquella familia a la que habían enterrado sin permitir que nadie mirara dentro.