Capítulo 1: El Hombre Declarado Muerto Regresó con una Caja que Nadie Debía Abrir

La Embajada de Estados Unidos estaba abarrotada aquella mañana.
Decenas de visitantes esperaban frente a los controles de seguridad, mientras funcionarios y diplomáticos cruzaban el gran vestíbulo entre columnas de concreto, detectores metálicos y puertas blindadas.
Samuel Reed entró caminando lentamente.
Tenía sesenta y dos años, cabello gris, un viejo traje marrón y una expresión demasiado tranquila para alguien que cargaba una caja metálica llena de arañazos.
Al colocarla sobre el escáner, la alarma comenzó a sonar.
El jefe de seguridad, Daniel Brooks, corrió hacia él y le sujetó el brazo.
—¡Suelte la caja!
Samuel no se resistió.
—Llame a la embajadora Elena Carter.
Daniel vio un antiguo sello diplomático grabado en la tapa. Estaba dañado, pero todavía era reconocible.
—¿De dónde robó esto?
—No la abra sin la embajadora.
Los guardias obligaron a Samuel a arrodillarse. Varias personas comenzaron a grabar con sus teléfonos.
Daniel le colocó las esposas y acercó la mano a los cierres.
—Aquí mando yo.
Samuel levantó lentamente la mirada.
—Entonces será responsable de lo que despierte.
Antes de que Daniel pudiera abrirla, el ascensor privado se abrió.
La embajadora Elena Carter salió acompañada por dos funcionarios. Al ver a Samuel y la caja, quedó completamente inmóvil.
—¡Cierren todas las salidas!
Daniel frunció el ceño.
—¿Lo conoce?
Elena observó el rostro del detenido.
—Samuel Reed murió hace veinte años.
El anciano sonrió con tristeza.
—Eso fue lo que usted firmó.
Elena se quitó un anillo y lo introdujo en una ranura oculta de la caja.
Los cierres se abrieron.
Dentro había un sello diplomático original, un pasaporte cubierto de sangre y una grabadora antigua.
Samuel miró a los presentes.
—Alguien dentro de esta embajada me entregó al enemigo.
La grabadora se encendió sola.
Una voz masculina habló:
—Elena, si Samuel ha regresado, significa que el traidor todavía permanece a tu lado.
Elena miró lentamente hacia Daniel.
Entonces todos los monitores de seguridad cambiaron de imagen.
Las cámaras mostraban a Samuel Reed todavía fuera del edificio, esperando frente a la entrada con la misma caja metálica entre las manos.
Daniel retrocedió.
—Entonces… ¿a quién hemos arrestado?
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El hombre esposado sonrió.
Y todas las luces se apagaron.