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Capítulo 1: El brazalete que Javier nunca esperaba volver a ver

El supermercado estaba casi vacío a aquella hora.

Afuera llovía.

Las luces blancas del techo hacían brillar el suelo húmedo cerca de las puertas automáticas mientras el sonido constante de los refrigeradores llenaba los silencios entre un cliente y otro.

Lucía Morales llegó a la caja con una bolsa de pan, leche y varias latas.

Tenía doce años.

El cabello rubio oscuro estaba recogido en una trenza desordenada y llevaba una sudadera terracota demasiado grande para ella.

Carmen Ruiz pasó los productos por el lector.

Lucía abrió la mano.

Había contado las monedas muchas veces.

Aun así, no alcanzaban.

—Me faltan dos euros con cuarenta —dijo Carmen con suavidad.

Lucía tragó saliva.

—Mañana traeré el resto.

La cajera suspiró.

—Lo siento, cariño. No puedo hacerlo.

Lucía miró la comida.

Después hacia la entrada.

Parecía tener miedo de regresar sin ella.

Detrás esperaba Javier Ortega.

Un hombre de unos cuarenta y siete años, barba entrecana y rostro cansado.

No dijo nada.

Lucía metió los dedos debajo de la manga.

Se quitó un brazalete plateado muy viejo.

Lo colocó sobre el metal de la caja.

—Entonces quédese con esto.

Javier dejó de respirar.

Conocía aquella joya.

La pequeña abolladura junto al cierre.

Las letras diminutas grabadas en la parte interior.

M.M.

Había comprado ese mismo brazalete dieciséis años atrás.

Para Marina Morales.

La mujer a la que había amado.

Y que había desaparecido sin dejar rastro.

Javier avanzó.

—No.

Sacó dinero.

Lo dejó sobre el mostrador.

—Yo pago.

Lucía giró sorprendida.

—No hace falta.

—Llévate la comida.

Carmen devolvió el brazalete.

Pero Javier lo tomó antes de que Lucía pudiera recogerlo.

—Te lo daré afuera.

La niña dudó.

Agarró rápidamente la bolsa.

Salió.

Javier fue detrás.

—¡Espera!

Lucía se detuvo en el aparcamiento mojado.

Abrazó la compra contra el pecho.

—No he robado nada.

—No he dicho eso.

Javier se agachó ligeramente.

Le mostró la pulsera.

—¿De dónde la sacaste?

Lucía bajó la mirada.

—Era de mi madre.

La voz de Javier cambió.

—¿Cómo se llama?

Lucía dudó.

Miró hacia un viejo vehículo estacionado al otro extremo del aparcamiento.

—Marina.

Javier sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Marina Morales?

La niña asintió.

—¿La conocía?

Javier miró nuevamente el brazalete.

—Hace mucho tiempo.

Lucía parecía cada vez más incómoda.

—Devuélvamelo, por favor.

—Claro.

Pero antes de entregárselo preguntó:

—¿Dónde está tu madre?

Lucía no respondió.

Metió una mano en el bolsillo.

Sacó una fotografía doblada.

—Mamá dijo que nunca debía enseñársela a nadie.

La abrió apenas.

Javier se vio a sí mismo.

Veinteañero.

Sonriendo.

Junto a Marina.

La fotografía había sido tomada frente a una pequeña casa cerca del mar.

—¿Por qué tienes esto?

Lucía sintió miedo.

—Porque mamá dijo que si alguna vez te encontraba…

Se detuvo.

Miró otra vez hacia la vieja furgoneta.

Javier siguió su mirada.

Dentro había una silueta femenina.

La mujer levantó una mano.

En su muñeca brilló otro brazalete plateado.

Idéntico.

Lucía susurró:

—Ella dijo que no debía dejar que me reconocieras.

Javier dio un paso hacia el vehículo.

—¿Marina?

Los faros se encendieron.

Lucía agarró su brazo.

—No vaya.

—¿Por qué?

La niña comenzó a llorar.

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—Porque ella dice que usted no sabe lo que pasó aquella noche.

Y Javier entendió que la desaparición de Marina quizá nunca había sido una huida.

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