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Capítulo 2: Los cinco años que Jake no podía recordar

La policía llegó pocos minutos después.

Jake fue separado de Sophie, aunque la niña protestó hasta quedarse sin voz.

Victoria permaneció junto a ella mientras los agentes tomaban declaraciones.

Jake repitió la misma historia.

No conocía a Victoria.

No conocía a Sophie.

Nunca se había llamado Daniel Carter.

Pero había algo que no explicó al principio.

Cinco años atrás, Jake había despertado en un hospital de otra ciudad después de un accidente.

No llevaba documentos.

Tenía fracturas, heridas en el rostro y una grave lesión en la cabeza.

Los médicos dijeron que sufría amnesia parcial.

Recordaba fragmentos de una infancia.

Un nombre que quizá no era suyo.

Una casa con ventanas azules.

Un perro.

Pero nada concreto.

Un trabajador social le consiguió documentación temporal.

El nombre “Jake Miller” procedía de una tarjeta encontrada en la ropa que llevaba.

Nadie cuestionó demasiado.

Después de recuperarse, empezó una nueva vida.

—¿Por qué nunca intentaste buscar a tu familia? —preguntó Victoria.

Jake bajó la mirada.

—Lo hice durante años. Nunca apareció nadie.

Victoria mostró una fotografía de Daniel.

Jake se quedó en silencio.

El parecido era fuerte.

No idéntico.

Daniel tenía el cabello un poco más oscuro y una nariz ligeramente distinta.

Pero la cicatriz era exactamente la misma.

—¿Cómo te hiciste esa marca?

Jake tocó su cuello.

—No lo sé.

Sophie observó la fotografía.

—Papá tenía otra cosa.

Victoria la miró.

—¿Qué?

La niña señaló la mano izquierda de Jake.

—Una marca aquí.

Jake abrió la palma.

Había una pequeña mancha blanca cerca del pulgar.

Victoria comenzó a llorar.

Daniel había sufrido una quemadura en la mano cuando era adolescente.

La marca estaba en el mismo sitio.

La posibilidad comenzó a parecer demasiado grande para ignorarla.

Entonces seguridad revisó la grabación de las cámaras del atrio.

Encontraron algo extraño.

Media hora antes de que Sophie apareciera sola, un hombre vestido como empleado técnico la había guiado desde una tienda hacia la zona de asientos.

Después se alejó.

Su rostro estaba oculto por una gorra.

Pero en su mano llevaba una radio de seguridad.

Era probablemente la misma persona que había hablado minutos después.

—Alguien quería que Sophie encontrara a Jake —dijo Victoria.

Charles, el gerente, comenzó a ponerse nervioso.

La policía lo notó.

—¿Conoce a este hombre?

—No.

Pero las cámaras mostraron a Charles reuniéndose con el desconocido en un corredor de servicio.

Jake lo miró.

—Usted sabía que ella iba a estar allí.

Charles negó.

La policía registró su oficina.

Encontraron una carpeta con el nombre Daniel Carter.

Dentro había fotografías de Jake tomadas durante los últimos seis meses.

En el trabajo.

En un autobús.

Entrando a su apartamento.

Victoria quedó helada.

—¿Por qué estaba vigilándolo?

Charles dejó de fingir.

Cinco años atrás, Daniel Carter era uno de los principales propietarios del centro comercial.

Había descubierto irregularidades financieras relacionadas con un grupo de inversionistas.

Antes de denunciarlo, desapareció.

Charles recibió instrucciones para no investigar.

Meses después, alguien le mostró una fotografía de Jake.

—¿Quién?

Charles dudó.

—Un hombre llamado Samuel Grant.

Victoria conocía ese nombre.

Samuel había sido socio de Daniel.

Después de su desaparición, tomó el control de varias de sus empresas.

Charles explicó que Samuel estaba convencido de que Jake era Daniel.

Pero había un problema.

Si Daniel recuperaba la memoria, podría testificar sobre los fraudes.

Por eso Samuel lo vigiló.

—¿Por qué no lo mató? —preguntó Jake.

Charles miró al suelo.

—Porque necesitaba saber dónde estaban unos documentos.

Daniel había ocultado archivos que podían destruir toda la red.

Samuel esperaba que la memoria de Jake regresara.

Victoria sintió rabia.

—¿Y Sophie?

Charles respiró profundamente.

—Samuel creía que verla podría activar recuerdos.

Sophie no se había perdido por accidente.

La habían guiado hasta Jake.

La frase “papá volvió” era exactamente la reacción que esperaban.

—Entonces la usaron como prueba —dijo Victoria.

Charles asintió.

Jake miró a Sophie.

La niña lo observaba con una esperanza que le resultaba insoportable.

—Yo no puedo ser tu padre solo porque alguien quiera que lo sea.

Sophie bajó la mirada.

—Yo te reconocí antes de ver la cicatriz.

—¿Cómo?

La niña se acercó.

—Por la canción.

Jake frunció el ceño.

—¿Qué canción?

Sophie comenzó a tararear una melodía muy sencilla.

Tres notas.

Pausa.

Dos notas.

Jake sintió un dolor agudo en la cabeza.

Una imagen apareció.

Una habitación infantil.

Una mujer riendo.

Una niña pequeña.

Él mismo cantando aquella melodía.

Jake perdió el equilibrio.

Victoria lo sostuvo.

—¿Qué viste?

Jake respiraba con dificultad.

—Una habitación rosa.

Sophie comenzó a llorar.

—Era mi habitación.

Y entonces Jake dijo algo que nunca había escuchado de ellos.

—Había una estrella amarilla pintada detrás de la puerta.

Victoria se tapó la boca.

Nadie fuera de la familia podía saberlo.

La estrella seguía allí.

Oculta detrás de un armario.

Jake cayó de rodillas.

—Dios mío…

La radio volvió a activarse.

La misma voz habló.

—Ya recuerda demasiado.

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Las luces del corredor se apagaron.

Un disparo resonó a lo lejos.

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