Capítulo 1: El Reloj Antiguo Que Un Niño Recogió Frente al Banco Escondía un Secreto Enterrado Durante Treinta Años

La tarde transcurría con normalidad en el distrito financiero de Nueva York. Ejecutivos salían de los edificios de cristal mientras el tráfico llenaba la avenida de ruido y movimiento.
Edward Collins, un reconocido empresario de cuarenta y ocho años, descendía las escaleras de un elegante banco revisando unos documentos en su teléfono. Vestía un impecable traje negro y llevaba un maletín de cuero.
Sin darse cuenta, un antiguo reloj de bolsillo de plata resbaló del bolsillo interior de su abrigo y cayó sobre el pavimento.
Edward siguió caminando.
A pocos metros, Leo Carter, un repartidor de periódicos de doce años, recogía los ejemplares que no había logrado vender. Su ropa estaba desgastada, pero sus ojos conservaban una honestidad que la vida aún no había podido borrar.
Escuchó el sonido metálico del reloj al golpear el suelo.
Lo levantó con cuidado, limpió el polvo con la manga de su chaqueta y observó el escudo grabado en la tapa.
Su respiración se aceleró.
Conocía aquel símbolo.
Su abuelo le había mostrado ese mismo reloj cientos de veces en una vieja fotografía.
Leo salió corriendo.
—¡Señor! ¡Espere!
Edward se dio la vuelta sorprendido.
—¿Sí?
El niño levantó el reloj.
—¿Por qué tiene el reloj de mi abuelo?
Edward sintió que el mundo se detenía.
Se acercó lentamente.
—¿Qué acabas de decir?
Leo sostuvo el reloj con firmeza.
—Mi abuelo siempre dijo que pertenecía a nuestra familia.
Edward quedó inmóvil.
Durante treinta años creyó que aquel reloj había desaparecido para siempre junto con su padre.
Su voz apenas salió.
—Ese reloj... era de mi padre.
Leo bajó la mirada.
—Mi abuelo dijo que algún día encontraría a su verdadero dueño.
Edward dejó caer accidentalmente el maletín.
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Los papeles quedaron esparcidos sobre la acera.
Por primera vez en décadas, comprendió que aquel niño podía conocer la verdad sobre el mayor misterio de su familia.