Capítulo 2

Tyler apenas tuvo tiempo de reaccionar.
El sonido de la bofetada retumbó por toda la lavandería.
No fue un golpe descontrolado.
Fue rápido.
Preciso.
Lo suficiente para romper por completo la sonrisa arrogante del muchacho.
Tyler dio dos pasos hacia atrás, aturdido.
Se llevó una mano a la mejilla mientras miraba a Lucas con absoluta incredulidad.
—¿Me… me acabas de pegar?
Nadie respondió.
Toda la lavandería permanecía inmóvil.
Lucas seguía de pie frente a él.
Con la misma expresión serena de siempre.
Como si nada hubiera ocurrido.
Como si simplemente hubiera hecho lo único que le habían obligado a hacer.
Pero Tyler no podía aceptar aquella humillación.
Mucho menos delante de tanta gente.
Su orgullo era más grande que su inteligencia.
Soltó un grito de rabia y lanzó el primer puñetazo.
Lucas inclinó apenas la cabeza.
El golpe pasó rozando su rostro.
Sin perder el equilibrio, sujetó la muñeca de Tyler con firmeza.
Con un movimiento rápido giró su brazo.
Tyler perdió completamente el balance.
Antes de que pudiera reaccionar, Lucas lo empujó hacia un lado.
El muchacho cayó de rodillas contra el suelo de baldosas.
Los clientes abrieron los ojos con asombro.
Aquello no parecía una pelea callejera.
Parecía que Lucas sabía exactamente lo que hacía.
Tyler volvió a levantarse furioso.
Esta vez cargó con toda su fuerza.
Intentó derribarlo con el hombro.
Lucas esperó hasta el último segundo.
Giró ligeramente el cuerpo.
Sujetó la sudadera gris.
Y utilizó el propio impulso de Tyler para lanzarlo por encima de su cadera.
El golpe contra el suelo hizo temblar varias cestas de ropa.
Un niño pequeño abrió la boca sorprendido.
—¡Mamá… lo hizo volar!
La mujer abrazó a su hijo sin apartar la vista.
Tyler volvió a levantarse con dificultad.
Respiraba con fuerza.
Su orgullo estaba completamente destrozado.
Sacó una pequeña navaja plegable del bolsillo.
Varias personas gritaron.
—¡Tiene un cuchillo!
La lavandería estalló en pánico.
Algunos clientes comenzaron a retroceder.
Otros llamaban ya al número de emergencias.
Lucas observó el arma durante un segundo.
Su voz permaneció tranquila.
—No hagas esto.
Todavía puedes irte.
Pero Tyler ya no escuchaba.
Corrió directamente hacia él.
Lucas dio un paso al frente.
Sujetó la muñeca armada con ambas manos.
La giró con precisión.
La navaja cayó al suelo.
Un instante después, un rodillazo seco impactó en el abdomen de Tyler.
Todo el aire escapó de sus pulmones.
El muchacho cayó boca arriba, incapaz de respirar.
Lucas recogió la navaja del suelo.
La cerró cuidadosamente.
Y la colocó sobre una mesa, lejos del alcance de cualquiera.
Después volvió junto a la ropa esparcida.
Como si la pelea hubiera terminado hacía mucho tiempo.
Empezó a sacudir una camiseta.
La dobló lentamente.
Con la misma paciencia que había mostrado desde el principio.
Tyler seguía tendido en el suelo.
Intentó incorporarse.
Pero el miedo ya había reemplazado toda su arrogancia.
Miró a Lucas con los ojos completamente abiertos.
—¿Quién… quién eres tú?
Lucas terminó de doblar otra camiseta.
Solo entonces respondió.
—Alguien que intentó evitar esto.
El silencio era absoluto.
Un hombre mayor murmuró:
—Ese chico no aprendió a pelear en la calle…
Una mujer añadió en voz baja:
—No… alguien lo entrenó.
En ese momento se escucharon sirenas acercándose.
Las puertas de la lavandería se abrieron.
Dos patrullas de policía llegaron al lugar.
Los agentes observaron la escena.
Tyler en el suelo.
La navaja sobre la mesa.
Y más de veinte testigos señalando exactamente al mismo responsable.
Uno de los oficiales se acercó a Lucas.
—¿Tú eres el muchacho de la sudadera negra?
Lucas asintió.
El policía lo miró durante unos segundos.
Después preguntó con calma:
—¿Podemos hablar un momento?
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Toda la lavandería volvió a guardar silencio.
Nadie imaginaba que aquella conversación revelaría un secreto que cambiaría por completo la imagen del chico callado que todos creían conocer.