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Capítulo 1: El regalo que Margaret no pudo destruir

La villa Carter estaba bañada por una luz cálida de tarde.

Globos blancos y dorados flotaban cerca de los ventanales. Sobre la mesa de cristal había una pequeña tarta, varias flores frescas y una caja de regalo abierta.

Era el cumpleaños de Emily Carter.

Pero Emily no estaba sonriendo.

Estaba de rodillas junto al sofá, recogiendo pequeños pedazos de un brazalete de lujo que había quedado destrozado sobre el suelo de mármol.

Tenía veintinueve años, el cabello castaño recogido de manera sencilla y llevaba un vestido de punto color rosa empolvado.

Sus manos temblaban.

Margaret Carter permanecía sentada frente a ella.

Vestía un traje verde esmeralda, pendientes de perlas y una pulsera de oro.

Observaba la escena sin emoción.

—No necesitas algo tan caro.

Emily levantó una pequeña pieza de plata.

—Daniel me lo regaló.

Margaret inclinó la cabeza.

—Precisamente.

Emily intentó ignorarla.

El brazalete había sido el primer regalo de cumpleaños que Daniel le había dado desde que se casaron.

Tenía grabada una fecha especial en el interior.

Margaret lo había tomado de la caja, lo había observado durante unos segundos y después lo dejó caer al suelo.

Cuando Emily intentó recogerlo, Margaret pisó una de las partes y terminó de romperlo.

—No lo mereces —dijo.

Emily bajó los ojos.

No quería llorar delante de ella.

Pero las lágrimas llegaron de todos modos.

Margaret empujó con el tacón uno de los fragmentos debajo de la mesa.

—Al menos ahora aprenderás que pertenecer a esta familia no significa que todo sea tuyo.

En ese momento se abrió la puerta principal.

Daniel entró con un gran ramo de flores.

—Feliz cumpleaños, amor.

Sonreía.

Hasta que vio a Emily en el suelo.

Después miró las piezas del brazalete.

Su expresión cambió por completo.

—¿Qué pasó aquí?

Emily intentó levantarse.

—No importa.

Daniel dejó el ramo sobre la mesa y se arrodilló a su lado.

Tomó una de las piezas rotas.

—Sí importa.

Margaret habló desde el sofá.

—Solo le enseñé a valorar su lugar.

Daniel se quedó inmóvil.

Después se levantó lentamente.

—Mamá…

Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

—Acabas de cometer un grave error.

Margaret soltó una pequeña risa.

—¿Vas a darme una lección por una pulsera?

Daniel caminó hacia su maletín.

Sacó una carpeta sellada.

La colocó sobre la mesa de cristal.

—No.

Abrió la carpeta.

Dentro había documentos oficiales.

Escrituras.

Transferencias.

Certificados notariales.

Margaret frunció el ceño.

—¿Qué es eso?

Daniel miró a Emily.

—Tu verdadero regalo.

Giró los documentos.

—La villa ya no está a mi nombre.

Emily lo miró sorprendida.

—¿Qué hiciste?

—Esta mañana puse la propiedad a tu nombre.

Margaret se levantó de golpe.

—¿Qué?

Daniel continuó.

—La casa, el terreno y las acciones vinculadas a esta propiedad.

Margaret perdió el color del rostro.

Pero no estaba mirando el nombre de Emily.

Miraba una firma al final de una de las páginas.

Se acercó.

Tomó el documento.

Sus manos comenzaron a temblar.

—No…

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

Margaret tocó la firma.

—Esto no puede estar aquí.

—¿Por qué?

Ella levantó la mirada.

—Porque el hombre que firmó este documento murió hace veinte años.

Emily se acercó.

Debajo de la firma había un antiguo sello familiar.

Un león rodeado por ramas de laurel.

Daniel reconoció el nombre.

Jonathan Carter.

Su abuelo.

El hombre cuya muerte había sido oficialmente registrada cuando Daniel tenía dieciséis años.

Daniel miró a Margaret.

—¿Cómo puede haber firmado una transferencia esta semana?

Antes de que ella respondiera, se escuchó un golpe.

Venía del estudio cerrado detrás del salón.

Todos quedaron inmóviles.

Otro golpe.

Más fuerte.

Después una voz masculina.

—Margaret…

El documento cayó de sus manos.

Daniel miró hacia la puerta.

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Margaret retrocedió.

Por primera vez, Emily la vio verdaderamente aterrorizada.

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