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Capítulo 1: El anillo que nunca perteneció a Emily

La sala principal de la villa Carter estaba bañada por una luz cálida de tarde.

Las paredes de piedra pálida reflejaban el sol que entraba por los grandes ventanales. Los muebles de nogal, las cortinas color crema y el suelo de mármol daban a la casa una elegancia casi silenciosa.

Sobre una de las paredes colgaba un enorme retrato familiar.

Daniel junto a su madre.

Varias fotografías antiguas.

Y, en el centro, una imagen de la boda de Daniel y Emily.

Pero aquella tarde, Emily no parecía la mujer feliz de la fotografía.

Estaba de pie junto a la mesa de cristal, con lágrimas acumuladas en los ojos.

Margaret sostenía su anillo de bodas entre dos dedos.

—Quítatelo. Nunca perteneciste a esta familia.

Emily miró su mano vacía.

—Daniel me lo puso en el dedo.

Margaret soltó una pequeña risa.

—Mi hijo cometió un error.

Dejó caer el anillo sobre la mesa.

El metal golpeó el cristal con un sonido seco.

Emily extendió la mano para recuperarlo.

Margaret colocó la palma encima.

—No.

—Es mío.

—Nada de lo que tienes aquí es realmente tuyo.

Emily apretó los labios.

Durante tres años había soportado comentarios.

Críticas sobre su ropa.

Sobre su familia.

Sobre su forma de hablar.

Sobre su trabajo.

Pero Margaret nunca había tocado su anillo.

Hasta hoy.

—Daniel me eligió —dijo Emily.

Margaret se inclinó hacia ella.

—Daniel todavía no sabe todas las razones por las que no debió hacerlo.

Antes de que Emily pudiera preguntar qué significaba aquello, se escucharon pasos.

Daniel apareció desde el corredor.

Vestía un polo de punto gris oscuro y pantalones negros.

Se detuvo en cuanto vio a Emily llorando.

Después miró su mano.

Desnuda.

—¿Dónde está su anillo?

Margaret se volvió.

—Estoy protegiendo a nuestra familia.

Daniel caminó hacia la mesa.

—No.

Retiró lentamente la mano de Margaret.

—Estás destruyendo la mía.

Tomó el anillo.

Después sostuvo la mano de Emily.

—Nadie vuelve a quitarte esto.

Deslizó el aro por su dedo.

Emily comenzó a llorar en silencio.

Margaret observó el gesto.

Pero algo cambió en su rostro.

La ira desapareció.

Sus ojos se clavaron en el anillo.

—Daniel…

Él levantó la mirada.

—¿Qué?

—Mira dentro.

Daniel frunció el ceño.

Volvió a retirar el anillo de la mano de Emily.

Lo acercó a la luz.

Había una inscripción muy pequeña en la cara interior.

Desgastada.

Casi invisible.

“R.C. — Siempre contigo.”

Daniel dejó de respirar.

—R.C.

Margaret cerró los ojos.

Daniel levantó la mirada.

—¿Por qué tiene el nombre de mi padre?

Robert Carter había muerto doce años atrás.

Un ataque cardíaco.

Eso decía el certificado.

Daniel tenía veintitrés años entonces.

Recordaba el funeral.

El ataúd cerrado.

La expresión fría de Margaret.

Y aquel enorme vacío que había quedado después.

Emily parecía tan confundida como él.

—Yo nunca vi esa inscripción.

Margaret susurró:

—Porque ese anillo nunca fue de Emily.

Un teléfono vibró sobre la mesa.

Todos miraron.

Era el móvil de Daniel.

Número desconocido.

Contestó.

—¿Sí?

Una voz masculina habló por el altavoz.

—Margaret… ya encontró el anillo.

Margaret perdió el color del rostro.

Daniel miró el teléfono.

—¿Quién habla?

Detrás de Margaret se escuchó un pequeño movimiento.

El enorme retrato familiar se inclinó unos centímetros.

Detrás había una caja fuerte empotrada.

Y estaba abierta.

Margaret retrocedió.

—No…

La voz continuó.

—Mira dentro.

Daniel caminó hacia la caja.

Había cartas.

Fotografías.

Documentos.

Y otro anillo idéntico.

Daniel sintió un escalofrío.

—¿Quién eres?

Margaret susurró:

—Tu padre.

Daniel giró.

—Mi padre murió hace doce años.

La voz respondió:

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—Eso es lo que ella te hizo creer.

Y Margaret, por primera vez en toda la vida de Daniel, pareció completamente aterrorizada.

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