Capítulo 2: El anillo que pertenecía a dos familias

Daniel ordenó a los guardias retirarse.
Después condujo a todos al salón.
Samuel dejó la bolsa de papel sobre una mesa con tanto cuidado como si fuera lo único valioso que poseía.
Margaret permaneció de pie.
—No quiero hablar de esto.
Daniel cerró la puerta.
—Entonces debiste reaccionar de otra manera al anillo.
Emily se sentó junto a su padre.
—Papá, ¿qué significa?
Samuel observó su mano.
—Perteneció a mi hermano.
Margaret cerró los ojos.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué hermano?
Samuel respiró profundamente.
Cuarenta años atrás había tenido un hermano mayor llamado Jonathan Carter.
Jonathan no era pobre.
Había estudiado arquitectura, trabajaba para una importante empresa y, durante un tiempo, fue uno de los jóvenes más prometedores de la ciudad.
También estuvo comprometido con Margaret Hale.
Emily miró a su suegra.
—¿Tú ibas a casarte con el hermano de mi padre?
Margaret respondió con frialdad:
—Eso fue hace mucho tiempo.
Samuel continuó.
Jonathan y Margaret estaban enamorados.
Al menos él lo creía.
Pero la familia Hale se opuso.
Jonathan provenía de una familia trabajadora.
Margaret ya pertenecía a un círculo de enorme riqueza.
Sus padres le dijeron que debía elegir.
Margaret eligió a su familia.
Rompió el compromiso.
Poco después se casó con Richard Hale, el padre de Daniel.
Jonathan devolvió casi todos los regalos.
Menos dos anillos de plata que ambos habían mandado fabricar.
Uno llevaba él.
El otro Margaret.
Samuel levantó la mano.
—Este era el suyo.
—¿Por qué lo tienes tú? —preguntó Daniel.
Samuel bajó la mirada.
—Porque Jonathan murió.
Margaret se sentó.
Por primera vez parecía cansada.
Después de la ruptura, Jonathan siguió trabajando.
Años más tarde fue contratado para diseñar una ampliación de una propiedad Hale.
La misma villa donde estaban sentados.
Durante la obra descubrió algo.
Los Hale estaban utilizando empresas fantasma para ocultar dinero y propiedades.
Jonathan guardó documentos.
También descubrió que parte de la fortuna familiar provenía de terrenos obtenidos mediante contratos fraudulentos.
Quiso denunciarlo.
Nunca llegó a hacerlo.
Murió en un accidente de construcción.
Una viga cayó desde una plataforma.
El caso fue cerrado.
Samuel nunca creyó que fuera un accidente.
—¿Y Margaret? —preguntó Emily.
Samuel la miró.
—Ella estaba allí ese día.
Daniel volvió la cabeza hacia su madre.
Margaret respondió:
—No provoqué nada.
—Pero sabías que Jonathan había encontrado documentos —dijo Samuel.
Margaret no contestó.
Samuel explicó que, después de la muerte de su hermano, encontró el anillo entre sus cosas.
También una llave pequeña cosida dentro del forro de su chaqueta.
La llave abría una caja de seguridad.
Pero Samuel nunca pudo localizarla.
Hasta hacía dos semanas.
Había recibido una carta sin remitente.
Dentro aparecía una fotografía de la villa.
Y una frase:
“La caja sigue donde Jonathan la dejó.”
Daniel se puso tenso.
—¿Viniste por eso?
Samuel negó.
—Vine por Emily.
Luego miró a Margaret.
—Pero sabía que si veía el anillo, entendería que no había venido completamente ignorante.
Margaret se levantó.
—Esto es absurdo.
Samuel sacó una fotografía antigua de su chaqueta.
Jonathan y Margaret aparecían jóvenes delante de la villa en construcción.
En la mano de Margaret estaba el segundo anillo.
Emily observó la imagen.
—¿Dónde está el otro?
Margaret no respondió.
Daniel sí vio algo.
En la fotografía, detrás de Jonathan, había una pequeña placa de piedra con un símbolo tallado.
El mismo símbolo que estaba en el muro de la biblioteca.
Fueron hasta allí.
Samuel pasó los dedos por la piedra.
Presionó una esquina.
Un compartimento oculto se abrió.
Dentro había una caja metálica.
La llave de Jonathan encajó.
Margaret se quedó inmóvil.
—No.
Daniel abrió.
Dentro había documentos.
Fotografías.
Un registro notarial.
Y una carta dirigida a Margaret.
Samuel no quiso tocarla.
—Es para ti.
Margaret abrió la carta.
Leyó en silencio.
Su rostro cambió.
Daniel tomó uno de los documentos.
Era una escritura de propiedad.
La villa no había sido comprada únicamente por la familia Hale.
Jonathan Carter había aportado una parte importante del dinero y conservaba un porcentaje legal de la propiedad.
Tras su muerte, esa participación debía pasar a su familia directa.
Samuel era el heredero.
Emily miró a su padre.
—Entonces tienes derechos sobre esta casa.
Samuel negó lentamente.
—No yo.
Sacó un segundo documento.
Jonathan había modificado su testamento poco antes de morir.
Si Samuel tenía una hija, la participación pasaría directamente a ella.
Daniel miró a Emily.
Margaret palideció.
—No puede ser.
Samuel sonrió con tristeza.
—Por eso querías que me fuera antes de que hablara.
Emily se quedó inmóvil.
La mujer que acababa de decirle que su padre no pertenecía a aquella casa había estado viviendo durante décadas en una propiedad que, en parte, pertenecía a la propia Emily.
Pero Margaret todavía guardaba una verdad más.
—Eso no es lo peor —susurró.
Daniel la miró.
—¿Qué falta?
Margaret sostuvo la carta de Jonathan.
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—Él sabía quién iba a intentar matarlo.
Y había escrito el nombre.