Capítulo 2: La última noche de Isabel Romero


Gabriel llevó a Lucía unos metros lejos del grupo.
Álvaro intentó seguirlos.
—Lucía.
Ella se giró.
—No.
—¿Qué?
—Quédate ahí.
Álvaro pareció sorprendido.
—Soy tu pareja.
Lucía sostuvo su mirada.
—Precisamente por eso deberías haberme protegido hace cinco minutos.
Álvaro no respondió.
Gabriel esperó hasta que Lucía volvió hacia él.
—¿Cuándo conoció a mi madre?
—Hace más de treinta años.
—¿Aquí?
Gabriel asintió.
—Sí.
—¿Trabajaba en la ópera?
—Durante un tiempo.
Lucía negó.
—Eso no puede ser.
—Lo fue.
—Mi madre decía que vivía fuera de Madrid.
—Se marchó después.
—¿Después de qué?
Gabriel miró de nuevo el collar.
—Después de su última noche aquí.
Lucía sintió que el corazón se aceleraba.
—Empiece desde el principio.
Gabriel respiró.
—Isabel llegó siendo muy joven.
—¿Como cantante?
El viejo director negó.
—No.
—¿Música?
—Tampoco.
—Entonces ¿qué hacía?
—Trabajaba detrás del escenario.
Lucía intentó imaginar a su madre joven caminando por aquellos pasillos.
No podía.
—¿Y usted ya era director?
Gabriel sonrió con cierta tristeza.
—Todavía no el hombre que todos conocen ahora.
—Pero la conocía.
—Sí.
—¿Mucho?
Gabriel no respondió inmediatamente.
Lucía lo notó.
—¿Eran amigos?
—Algo así.
—¿Algo así qué significa?
El hombre bajó la vista.
—Que algunas relaciones son difíciles de resumir después de tantos años.
Lucía sintió que aquella respuesta escondía demasiado.
—¿Mi madre hablaba de mí?
Gabriel la miró.
—Tú aún no habías nacido.
—Entonces ¿sabía que tendría una hija?
El silencio fue suficiente.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Estaba embarazada?
Gabriel cerró los ojos por un segundo.
—No puedo responderte eso todavía.
—¿Por qué?
—Porque no sé cuánto de esa historia te pertenece solo a ti y cuánto pertenece también a otras personas.
Lucía soltó una pequeña risa nerviosa.
—Soy su hija. Creo que me pertenece bastante.
Gabriel asintió.
—Tienes razón.
—Entonces dígame qué pasó.
Él miró hacia el escenario.
—Aquella noche había una función importante.
—¿Mi madre estaba trabajando?
—Sí.
—¿Y?
Gabriel se quedó callado.
—Al terminar, Isabel vino a buscarme.
—¿Por qué?
—Estaba asustada.
Lucía frunció el ceño.
—¿De quién?
—No me lo dijo al principio.
—¿Y después?
Gabriel miró a Álvaro a lo lejos, luego volvió hacia Lucía.
—Me dijo que había descubierto algo sobre una persona muy cercana a ella.
—¿Qué persona?
—No puedo decirte todavía.
—¿Mi padre?
Gabriel no respondió.
Lucía sintió un nudo en el estómago.
—¿Tiene que ver con mi padre?
El director respiró.
—Tiene que ver con tu familia.
—Eso no es una respuesta.
—Lo sé.
Lucía dio un paso más cerca.
—¿Por eso se marchó de Madrid?
—Sí.
—¿Al día siguiente?
—No.
—¿Entonces?
Gabriel tardó.
—Desapareció esa misma noche.
Lucía se quedó helada.
—¿Cómo que desapareció?
—Después de salir de este edificio, nadie de los que estábamos aquí volvió a verla durante semanas.
—¿Y usted?
—Yo la busqué.
—¿Dónde?
—En todas partes.
—¿Y la encontró?
Gabriel negó lentamente.
—No entonces.
Lucía tragó saliva.
—Pero volvió a verla.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Meses después.
—¿Dónde?
—Fuera de Madrid.
Lucía lo observó.
—¿Por qué nunca habló de usted?
Gabriel respondió:
—Porque Isabel quería cerrar esa etapa.
—¿También quería cerrar a las personas?
La expresión del hombre cambió.
—Algunas.
Lucía sostuvo el colgante.
—¿Esto tiene algo que ver con aquella noche?
Gabriel asintió.
—Sí.
—¿Quién se lo dio?
Él guardó silencio.
—¿Usted?
Nada.
—¿Mi padre?
Gabriel levantó la mirada.
—Ese collar perteneció a alguien antes que a Isabel.
Lucía frunció el ceño.
—¿A quién?
—A la persona que desencadenó todo.
El aire pareció desaparecer del vestíbulo.
—¿Quién era?
Gabriel miró a Victoria.
Después a Álvaro.
Luego volvió hacia Lucía.
—Hay algo más que no entiendes todavía.
—¿Qué?
—Tu madre no huyó solo porque tuviera miedo.
—¿Entonces?
—Huyó porque había descubierto que alguien a quien amaba no era quien decía ser.
Lucía sintió frío.
—¿Mi padre?
Gabriel cerró los ojos.
—No quiero decir un nombre sin estar seguro de que conoces toda la historia.
—¿Y cómo voy a conocerla si usted no habla?
El hombre asintió lentamente.
—Tienes razón.
Lucía esperó.
Gabriel tomó aire.
—La última vez que vi a Isabel llevaba ese mismo colgante.
—Sí.
—Estaba llorando.
—¿Por qué?
—Porque acababa de salir de una habitación detrás del escenario.
—¿Con quién?
Silencio.
—¿Quién estaba allí?
Gabriel bajó la voz.
—Un hombre.
Lucía apretó los dedos.
—¿Quién?
—Alguien a quien Isabel llevaba años creyendo conocer.
—¿Mi padre?
Gabriel no respondió.
—Dígamelo.
—Lucía...
—Por favor.
El anciano la miró con auténtica tristeza.
—Tu madre salió de aquella habitación después de descubrir quién era realmente tu...
Lucía dejó de respirar.
Gabriel parecía a punto de pronunciar la palabra definitiva.
Y justo antes de que pudiera hacerlo, el sonido distante de la orquesta cesó de golpe.
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Lucía sostuvo su mirada.
Pero la verdad volvió a quedar suspendida exactamente en el lugar donde podía cambiar toda su vida.