CAPÍTULO 2 — LA FOTOGRAFÍA QUE ISABEL NAVARRO NUNCA QUISO QUE SU NIETA ENCONTRARA

Lucía no apartaba los ojos de la fotografía.
—¿Y qué?
Arturo guardó silencio.
—Ha dicho que mi abuela tuvo que abandonar Madrid y...
Nada.
Lucía levantó la mirada.
—Termine la frase.
Arturo dobló lentamente la fotografía.
—No debería haber empezado.
Lucía soltó una risa nerviosa.
—No puede decirme algo así y después detenerse.
—Lo sé.
—Entonces dígamelo.
Arturo observó alrededor.
Los clientes intentaban volver a sus conversaciones, aunque algunos seguían mirando discretamente.
Marta se acercó.
—Lucía.
Ella giró.
—¿Estás bien?
—Sí.
Marta miró a Sergio.
—¿Quieres que llame a alguien?
—No.
Sergio respondió antes que Lucía:
—No hace falta.
Lucía lo miró.
—No te he preguntado.
Sergio respiró profundamente.
—Solo intento ayudarte.
—Pues ahora mismo puedes ayudarme marchándote.
—¿Vas a quedarte hablando con este hombre?
—Sí.
—No sabes quién es.
Lucía señaló la puerta.
—Sergio.
—Lucía...
—Por favor.
Él la observó durante unos segundos.
Después miró a Arturo.
—Esto no ha terminado.
Lucía respondió:
—Para mí sí.
Sergio se quedó inmóvil.
La frase pareció sorprenderlo mucho más que cualquier cosa anterior.
—¿Qué quieres decir?
Lucía sostuvo su mirada.
—Exactamente lo que has entendido.
—No vas a dejarme por una discusión.
—No es por una discusión.
—Entonces ¿por qué?
—Porque hoy, delante de desconocidos, me has dejado muy claro cómo me ves.
Sergio bajó la voz.
—Estás alterada.
Lucía sonrió con tristeza.
—Eso también lo decides tú, ¿no?
Sergio no encontró respuesta.
Lucía abrió ligeramente una mano hacia la salida.
—Vete.
Él miró alrededor.
Su orgullo no le permitió continuar.
Se giró.
Atravesó el restaurante.
La puerta se abrió.
Durante un instante se escuchó con fuerza la lluvia madrileña.
Después desapareció.
Lucía cerró los ojos.
Marta se acercó.
—Tómate unos minutos.
—No puedo dejar las mesas.
—Sí puedes.
—Marta...
—Yo decido eso.
Lucía casi sonrió.
—Gracias.
Marta miró a Arturo.
—¿Está todo bien?
Arturo respondió:
—No lo sé.
Marta frunció ligeramente el ceño.
Pero se alejó.
Lucía se sentó frente a Arturo.
—Ahora sí.
Él permaneció de pie.
—¿Ahora sí qué?
—Quiero saber qué sabe de mi abuela.
Arturo miró la silla.
Después se sentó lentamente.
Lucía colocó ambas manos sobre la mesa.
—Empiece por algo sencillo.
—No sé si existe una parte sencilla.
—¿La conocía?
Arturo tardó demasiado en responder.
—Sí.
Lucía sintió una presión en el pecho.
—¿Mucho?
—Lo suficiente.
—¿Qué significa eso?
Arturo bajó la mirada.
—Que formó parte de una época de mi vida que pensé que había quedado enterrada.
—¿Eran amigos?
Arturo no contestó directamente.
—Éramos jóvenes.
—Eso no responde.
—Lo sé.
Lucía lo observó.
—¿Cuándo fue tomada la fotografía?
—Hace muchos años.
—Eso puedo verlo.
—Lucía...
—Necesito respuestas.
Arturo levantó los ojos.
—Y yo necesito saber cuánto sabes.
—Nada.
La respuesta fue inmediata.
—Mi abuela nunca hablaba de Madrid cuando era joven. Nunca hablaba de ese hombre. Nunca hablaba de usted. Nunca explicó el colgante.
Arturo miró la joya.
—¿Nunca?
—No.
—¿Ni siquiera al final?
Lucía frunció el ceño.
—¿Al final de qué?
Arturo pareció darse cuenta de algo.
—Perdón.
—¿Por qué ha dicho eso?
—Me expresé mal.
—No.
Lucía se inclinó ligeramente.
—Usted no sabe si mi abuela está viva.
Arturo permaneció quieto.
—¿Verdad?
—No.
—Entonces ¿por qué ha dicho “al final”?
Arturo respiró.
—Porque cuando conocí a Isabel...
Se detuvo.
Lucía esperó.
—...ella ya hablaba como alguien que sabía que algún día tendría que dejar ciertas cosas atrás.
—¿Qué cosas?
—Personas.
—¿Usted?
Silencio.
Lucía lo entendió.
O creyó entenderlo.
—Usted estaba relacionado con ella.
Arturo bajó la mirada.
—He dicho que la conocía.
—No de cualquier manera.
—Lucía...
—Tiene una fotografía de mi abuela guardada dentro de su chaqueta décadas después.
Arturo no respondió.
—No lleva esa fotografía por casualidad.
—No.
—Entonces ¿por qué?
Arturo miró el papel doblado.
—Porque algunas cosas pesan menos cuando las llevas contigo.
Lucía frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
—A mi edad empieza a tenerlo.
Lucía miró nuevamente el colgante.
—¿Y esto?
Arturo levantó la vista.
—¿Qué quieres saber?
—Todo.
—No puedo darte todo.
—¿Por qué?
—Porque no todo me corresponde contarlo.
Lucía se irritó.
—Era mi abuela.
—Precisamente.
—Entonces me corresponde saberlo.
—Quizá.
—No “quizá”.
Arturo permaneció en silencio.
Lucía respiró profundamente.
—¿El hombre de la fotografía era familia?
Arturo no respondió.
—¿Era el marido de mi abuela?
Nada.
—¿Era alguien con quien trabajaba?
Silencio.
—¿Era alguien peligroso?
Arturo negó inmediatamente.
—No utilices esa palabra.
Lucía se quedó quieta.
—Entonces lo conocía.
Arturo cerró los ojos brevemente.
Había vuelto a revelar demasiado.
Lucía continuó:
—¿Cómo se llamaba?
—No.
—¿Por qué no?
—Porque el nombre cambia demasiadas cosas.
—¿Qué cosas?
—Las preguntas que vas a hacer después.
Lucía soltó una risa incrédula.
—Ya tengo preguntas.
—Tendrías otras.
—Dígame el nombre.
—No.
—¿Está protegiéndolo?
Arturo la miró.
—No.
—¿Protegiendo a mi abuela?
Silencio.
—¿A usted mismo?
Arturo tampoco respondió.
Lucía sintió que la frustración crecía.
—Entonces al menos explíqueme por qué reconoció el colgante.
Arturo miró la plata envejecida.
Su expresión volvió a transformarse.
—Porque lo había visto antes.
—Eso es evidente.
—Mucho antes de que tú nacieras.
—¿Lo llevaba mi abuela?
—Sí.
—¿Siempre?
Arturo negó.
—No.
Lucía esperó.
—Entonces ¿de quién era?
Arturo levantó lentamente los ojos.
—Esa es una de las preguntas que Isabel no quería que nadie hiciera.
Lucía sintió frío.
—¿No era suyo?
Arturo no respondió.
—¿El colgante pertenecía al hombre de la foto?
Otra vez silencio.
Lucía apretó la mandíbula.
—Está haciendo esto a propósito.
—No.
—Sí.
—Estoy intentando no destruir una historia familiar basándome únicamente en lo que yo recuerdo.
—¿Recuerda cosas distintas de las que me contó mi familia?
—No sé qué te contó tu familia.
Lucía se quedó pensando.
—Muy poco.
—¿Tu madre?
—Tampoco habla mucho de la juventud de mi abuela.
Arturo levantó ligeramente la mirada.
—¿Cómo se llama tu madre?
Lucía dudó.
—¿Por qué?
—Solo pregunto.
—No.
Arturo pareció sorprendido.
—¿No?
—Hasta que usted responda una pregunta, yo tampoco responderé las suyas.
Por primera vez apareció una sonrisa casi imperceptible en el rostro del hombre.
—Te pareces a ella.
Lucía quedó inmóvil.
—¿A mi abuela?
Arturo asintió.
—Mucho.
—¿Físicamente?
Él tardó.
—También.
La palabra golpeó a Lucía.
—¿También?
Arturo miró hacia la ventana.
—Isabel tampoco aceptaba respuestas incompletas.
—Parece que no consiguió muchas de usted.
Arturo dejó escapar una pequeña respiración parecida a una risa triste.
—Probablemente no.
Lucía lo observó.
Había algo profundamente personal allí.
—¿La quiso?
Arturo dejó de sonreír.
La pregunta permaneció entre ambos.
Lucía no la retiró.
—¿Quiso a mi abuela?
Arturo bajó los ojos hacia la fotografía.
—Mucho.
Lucía sintió que el corazón se aceleraba.
Pero Arturo añadió:
—Eso no significa necesariamente lo que estás pensando.
—¿Qué estoy pensando?
—No lo sé.
—Entonces no me diga lo que significa.
Silencio.
—¿Ella lo quería a usted?
Arturo tragó saliva.
—Lucía...
—Solo sí o no.
—Las cosas no eran así de sencillas.
—¿Por culpa del hombre de la foto?
Arturo levantó la mirada.
Aquello fue suficiente.
Lucía lo vio.
—Fue por él.
Arturo negó.
—No exactamente.
—Pero tuvo algo que ver.
—Sí.
—¿Quién era?
—No puedo decírtelo todavía.
—¿Por qué mi abuela abandonó Madrid?
Arturo miró alrededor.
—Eso es más complicado.
—¿La obligaron?
Arturo tardó.
—Isabel tomó su propia decisión.
—Pero usted dijo que ese hombre fue la razón.
—Sí.
—Entonces algo ocurrió.
—Sí.
—¿Qué?
Arturo guardó silencio.
Lucía sintió que estaba a centímetros de una verdad enorme.
—¿Cuándo se fue?
—Hace décadas.
—¿Sola?
Arturo la miró.
—Esa pregunta es importante.
—Entonces respóndala.
—No.
Lucía se levantó de la silla.
—No puedo seguir así.
Arturo también se puso de pie.
—Lo entiendo.
—No, no lo entiende.
Lucía sostuvo el colgante.
—Llevo esto desde los dieciséis años. Mi abuela me pidió que nunca me lo quitara. Nunca explicó por qué. Ahora aparece usted, lo reconoce desde la otra punta de un restaurante, saca una fotografía que lleva guardada quién sabe cuánto tiempo y me dice que un hombre que no conozco obligó a mi abuela a cambiar su vida.
Arturo bajó la mirada.
—Y después se niega a decirme quién era.
—Porque antes necesito estar seguro de algo.
Lucía se quedó quieta.
—¿De qué?
Arturo miró su rostro.
Después el colgante.
—De que Isabel te dio ese colgante voluntariamente.
Lucía frunció el ceño.
—Claro que me lo dio voluntariamente.
—¿Estabas sola con ella?
—Sí.
—¿Qué edad tenías?
—Dieciséis.
—¿Qué dijo exactamente?
Lucía intentó recordar.
—Me llamó a su habitación.
—¿Dónde vivía?
—Arturo.
—Perdona.
Lucía cerró los ojos.
La memoria regresó.
Su abuela sentada junto a una ventana.
Una pequeña caja.
El colgante dentro.
Sus manos temblaban ligeramente.
En aquel momento Lucía había pensado que era por la edad.
Ahora ya no estaba segura.
—Me dijo que había llegado el momento de que fuera mío.
Arturo levantó la mirada.
—¿Esas fueron sus palabras?
—Sí.
—¿Algo más?
Lucía pensó.
—Me lo puso ella.
—¿Y?
—Me dijo que nunca me lo quitara.
Arturo respiró.
—¿Nada más?
Lucía iba a negar.
Pero entonces recordó.
Una frase.
Muy pequeña.
Tan extraña que durante años había pensado que quizá la había imaginado.
—Sí.
Arturo se tensó.
—¿Qué?
Lucía miró el colgante.
—Dijo: “Si algún día alguien lo reconoce, escucha antes de hacer preguntas”.
Arturo quedó completamente inmóvil.
Lucía sintió cómo la piel de sus brazos se erizaba.
—Usted lo reconoció.
Arturo no respondió.
—¿Era usted la persona de la que hablaba?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabe?
—Isabel no podía saber que nos encontraríamos así.
—Pero sabía que alguien podía reconocerlo.
—Sí.
—¿Quién?
Arturo miró hacia la fotografía.
—Muy pocas personas.
—¿Cuántas?
—Entonces... quizá cuatro.
—¿Y ahora?
Arturo tardó en responder.
—No sé cuántas siguen vivas.
Lucía sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué representa?
Arturo no respondió.
—¿Una familia?
Nada.
—¿Una promesa?
Silencio.
—¿Una relación?
Arturo levantó los ojos.
—Una decisión.
Lucía frunció el ceño.
—¿Qué decisión?
—La que cambió la vida de Isabel.
Lucía sintió que apenas podía respirar.
—¿Y el hombre de la fotografía?
Arturo asintió lentamente.
—Estaba en el centro de todo.
—¿Cómo se llamaba?
—Lucía...
—Necesito saberlo.
—Todavía no.
—¿Por qué?
Arturo miró el reloj antiguo de su muñeca.
Después hacia la puerta.
—Porque si te digo su nombre, probablemente intentarás buscarlo.
—Claro que lo haré.
—Eso es lo que temo.
Lucía lo miró fijamente.
—¿Está vivo?
Arturo no respondió.
—¿Está vivo?
—No sé qué debería decirte.
—La verdad.
Arturo bajó la voz.
—La verdad no siempre está en una sola persona.
—¿Qué significa eso?
—Que yo tengo una parte.
—¿Quién tiene las otras?
Silencio.
Lucía entendió.
—Hay más gente.
Arturo no respondió.
—¿Personas que conocieron a mi abuela?
—Sí.
—¿En Madrid?
—Algunas.
—¿Y saben quién soy?
Arturo tardó demasiado.
Lucía retrocedió medio paso.
—¿Saben quién soy?
—No deberían.
Aquellas dos palabras cambiaron todo.
—¿No deberían?
Arturo cerró los ojos.
—Me he expresado mal.
—No.
Lucía sintió un miedo distinto.
—¿Por qué no deberían saber quién soy?
—Porque Isabel hizo todo lo posible para mantener separadas dos partes de su vida.
—¿Qué partes?
Arturo permaneció callado.
—¿Su vida antes de irse de Madrid y nuestra familia?
Él levantó la mirada.
Lucía comprendió que había acertado.
—Dios mío...
Se sentó lentamente.
Arturo también.
—Mi madre no sabe nada, ¿verdad?
—No puedo saberlo.
—Pero cree que no.
—Creo que Isabel intentó protegerla.
—¿De quién?
—No necesariamente de alguien.
—Entonces ¿de qué?
Arturo miró la lluvia.
—De una verdad.
Lucía se quedó helada.
—¿Qué verdad?
Arturo no contestó.
—¿Tiene que ver con mi abuelo?
La mandíbula de Arturo se tensó.
Lucía lo vio.
—Tiene que ver con mi abuelo.
—Lucía...
—¿El hombre de la fotografía es mi abuelo?
Arturo no respondió.
—¿Sí o no?
—No puedo responderte eso.
—¡Claro que puede!
Varias personas giraron.
Lucía bajó inmediatamente la voz.
—Perdón.
Arturo negó.
—No tienes que disculparte.
Lucía tenía los ojos húmedos.
—Toda mi vida pensé que conocía a mi familia.
—Tal vez la conoces.
—¿Entonces por qué siento que todo lo que me está diciendo contradice algo?
Arturo la observó con tristeza.
—Porque los secretos familiares no siempre sustituyen la verdad. A veces viven al lado de ella durante décadas.
Lucía miró la fotografía.
—Quiero verla otra vez.
Arturo se la entregó.
Ella observó a Isabel.
Joven.
Sonriendo.
Lucía nunca había visto esa versión de su abuela.
Después miró al hombre.
—Hay algo en su cara.
Arturo se tensó.
—¿Qué?
—No sé.
Lucía acercó la fotografía.
—Me resulta familiar.
Arturo dejó de respirar por un instante.
—¿Familiar cómo?
—Los ojos.
Lucía levantó la vista.
—He visto esos ojos.
Arturo extendió lentamente la mano.
—Dame la fotografía.
—¿Por qué?
—Lucía.
—¿Quién es?
—Dámela.
Ella la apartó ligeramente.
—No hasta que me lo diga.
—No puedo.
—¿Es familia?
Silencio.
—¿Es mi abuelo?
Nada.
—¿Es su hermano?
Arturo cerró los ojos.
—¿Su padre?
—Lucía...
—¿Quién?
Entonces Arturo miró directamente hacia el colgante.
Lucía siguió sus ojos.
La pequeña pieza ovalada descansaba sobre su pecho.
—¿Qué tiene que ver esto con él?
Arturo habló muy bajo.
—Todo.
Lucía sintió que el restaurante desaparecía a su alrededor.
—Explíquelo.
—Isabel recibió ese colgante la noche anterior a irse de Madrid.
—¿De quién?
Arturo guardó silencio.
—¿De ese hombre?
Arturo no respondió.
Lucía sintió que acababa de acercarse demasiado.
—Fue él.
—No he dicho eso.
—Pero tampoco lo niega.
Arturo miró la mesa.
Lucía respiró.
—¿Qué ocurrió aquella noche?
El hombre cerró los ojos.
Durante unos segundos volvió a ser el hombre de sesenta y tres años sentado en un restaurante.
Después pareció convertirse en alguien mucho más joven.
Alguien que recordaba una noche que había intentado olvidar.
—Llovía.
Lucía miró las ventanas.
También llovía ahora.
Arturo continuó:
—Isabel estaba asustada.
—¿De qué?
—De lo que iba a ocurrir al día siguiente.
—¿Qué iba a ocurrir?
—Había tomado una decisión.
—¿Irse?
—Sí.
—¿Con quién?
Arturo la miró.
—Esa es la parte que tu familia quizá nunca conoció.
Lucía apretó la fotografía.
—Dígamela.
Arturo respiró.
—Isabel no planeaba abandonar Madrid sola.
Lucía quedó inmóvil.
—¿Con el hombre de la fotografía?
Arturo no respondió.
—¿Con usted?
Nada.
—¿Con quién?
Arturo bajó la mirada.
—El plan cambió esa misma noche.
—¿Por qué?
—Porque alguien descubrió lo que estaban intentando hacer.
—¿Quién?
—No puedo...
—¡Arturo!
Él levantó la mirada.
Lucía tenía lágrimas contenidas.
—Ya no puede seguir protegiendo un secreto que también forma parte de mi vida.
Arturo parecía derrotado.
—Tienes razón.
Lucía esperó.
—Entonces dígamelo.
Arturo miró nuevamente la fotografía.
—El hombre que está junto a Isabel...
Lucía dejó de respirar.
—...no era simplemente alguien que ella conocía.
—¿Quién era?
—Era la persona por la que estaba dispuesta a dejar atrás todo lo que tenía en Madrid.
Lucía sintió un golpe en el pecho.
—¿Estaban enamorados?
Arturo no respondió directamente.
—Creían que podían empezar de nuevo.
—¿Dónde?
—Lejos.
—¿Qué ocurrió?
—Alguien los detuvo.
—¿Quién?
Arturo cerró la mano.
—Una persona que tenía demasiado que perder si Isabel se marchaba.
Lucía sintió frío.
—¿Mi familia?
—No exactamente.
—¿La familia de él?
Arturo guardó silencio.
Lucía comprendió que había vuelto a acercarse.
—¿Por eso mi abuela nunca volvió?
—Volvió.
Lucía abrió los ojos.
—¿Qué?
Arturo comprendió inmediatamente que había cometido un error.
—¿Mi abuela volvió a Madrid?
—Lucía...
—¿Cuándo?
—No debería...
—¿CUÁNDO?
Arturo bajó la voz.
—Años después.
Lucía sintió que el mundo se inclinaba.
—Eso es imposible.
—No.
—Mi madre siempre dijo que no volvió.
—Quizá tu madre no lo sabía.
—¿Por qué regresó?
Arturo miró el colgante.
—Por eso.
Lucía lo tocó.
—¿Por el colgante?
—Por lo que representaba.
—¿Qué representa?
Arturo permaneció callado.
Lucía comenzó a comprender que cada respuesta abría una pregunta peor.
—¿Usted la vio cuando regresó?
Arturo asintió.
—Sí.
—¿Aquí?
—En Madrid.
—¿Dónde?
—No importa.
—Para mí sí.
—Lucía...
—¿Qué le dijo?
Arturo miró la fotografía.
—Me pidió que hiciera una cosa.
—¿Cuál?
—Que si alguna vez alguien aparecía con ese colgante...
Lucía sintió que se detenía el corazón.
—¿Qué?
Arturo levantó lentamente los ojos.
—...no le dijera toda la verdad de golpe.
Lucía se quedó inmóvil.
—Entonces sabía que algún día yo vendría.
—No sabía que serías tú.
—¿Esperaba a alguien?
—Sí.
—¿A quién?
Arturo negó.
—Eso no puedo decírtelo todavía.
Lucía se levantó.
—Estoy cansada de esa frase.
—Lo sé.
—No, no lo sabe.
—Lucía...
—Mi abuela dejó una joya. Una fotografía existe en su bolsillo. Hay un hombre que no conozco. Hay una noche de la que nadie habla. Mi abuela huyó de Madrid, después volvió en secreto y le pidió que esperara a alguien que llevara este colgante.
Arturo permaneció callado.
Lucía continuó:
—Y ahora resulta que ese alguien soy yo.
Arturo levantó los ojos.
—Tal vez.
Lucía soltó una risa nerviosa.
—¿Tal vez?
Arturo miró el colgante.
—Hay una forma de saberlo.
Silencio.
Lucía dejó de moverse.
—¿Qué forma?
Arturo tardó en responder.
—El colgante no es solo un colgante.
Lucía bajó la mirada.
—¿Qué quiere decir?
—Isabel modificó algo después de regresar a Madrid.
—¿Qué?
—La pieza.
Lucía tomó el óvalo entre sus dedos.
—¿Qué tiene?
Arturo extendió la mano.
—¿Puedo verlo?
Lucía dudó.
Después se quitó lentamente la cadena.
Era la primera vez en años que se la quitaba delante de un desconocido.
La colocó sobre la mesa.
Arturo la tomó con un cuidado casi reverencial.
Giró el óvalo.
Pasó el pulgar por uno de los bordes.
Lucía observó.
—¿Qué está buscando?
—Una marca.
—¿Qué marca?
Arturo encontró algo.
Su rostro cambió.
—No puede ser.
Lucía se inclinó.
—¿Qué?
Arturo acercó el colgante a la luz.
—Isabel sí lo hizo.
—¿Hizo qué?
Arturo levantó la mirada.
Ahora ya no parecía indeciso.
Parecía asustado.
—Lucía...
—¿Qué?
—Si esta marca está aquí, significa que antes de morir... o antes de desaparecer de la vida de quienes la conocieron entonces... Isabel tomó una última decisión.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Cuál?
Arturo dejó el colgante sobre la mesa.
Después miró hacia la entrada del restaurante.
Como si por primera vez temiera que alguien más pudiera estar allí.
Lucía siguió su mirada.
No vio nada.
—¿Qué pasa?
—Necesito hacerte una pregunta.
—Hágala.
—¿Alguien sabía que venías hoy con ese colgante?
Lucía frunció el ceño.
—Trabajo aquí. Lo llevo todos los días.
Arturo quedó inmóvil.
—¿Todos los días?
—Sí.
Él respiró lentamente.
—Entonces hemos tenido suerte.
Lucía sintió un nudo en el estómago.
—¿Suerte de qué?
Arturo recogió la fotografía.
La colocó junto al colgante.
Por primera vez, Lucía pudo comparar claramente el rostro del hombre desconocido con algo que Arturo estaba viendo en ella.
—Arturo.
—¿Sí?
—Dígame quién es.
Él levantó la mirada.
—Si te digo su nombre, nada de lo que sabes sobre Isabel volverá a parecerte igual.
—Ya no me parece igual.
Arturo guardó silencio.
—Dígamelo.
Él señaló al hombre de la fotografía.
—Ese hombre fue la razón por la que Isabel tuvo que abandonar Madrid.
Lucía sintió que se le secaba la garganta.
—Eso ya me lo dijo.
—Pero no te dije por qué.
—Entonces dígamelo ahora.
Arturo respiró profundamente.
—Porque Isabel descubrió algo que nunca debía descubrir.
—¿Sobre él?
—Sobre su familia.
—¿Qué descubrió?
Arturo miró directamente a Lucía.
—Descubrió que el hombre de esta fotografía estaba relacionado con los Navarro de una manera que hacía imposible que ambos pudieran seguir juntos sin que saliera a la luz...
Se detuvo.
Lucía se inclinó.
—¿Sin que saliera a la luz qué?
Arturo apretó los labios.
—Una verdad que Isabel decidió esconder incluso de su propia hija.
Lucía palideció.
—¿Mi madre?
Arturo asintió apenas.
—¿Qué verdad?
Silencio.
—¿Qué tiene que ver mi madre?
Arturo miró el colgante.
Después la fotografía.
Después el rostro de Lucía.
Y entonces sus ojos se detuvieron en ella de una forma distinta.
Como si finalmente hubiera confirmado algo que llevaba toda la noche temiendo.
—Ahora entiendo por qué te dejó precisamente a ti el colgante.
Lucía apenas pudo hablar.
—¿Por qué?
Arturo tomó la fotografía.
Señaló al hombre que permanecía oculto para todos excepto para ellos.
—Porque ese hombre no desapareció de la historia de tu familia cuando Isabel abandonó Madrid.
Lucía sintió que el corazón golpeaba contra su pecho.
—¿Qué significa eso?
Arturo tragó saliva.
—Significa que años después ocurrió algo que Isabel intentó ocultar incluso de las personas que más quería.
—¿Qué ocurrió?
Arturo guardó la fotografía lentamente.
—No aquí.
Lucía se levantó.
—No.
—Lucía...
—No voy a irme a ningún sitio con usted sin saber al menos quién es ese hombre.
Arturo se quedó quieto.
—Tiene razón.
—Entonces dígamelo.
Él miró la lluvia tras los ventanales.
Luego miró el colgante.
—Su nombre...
Lucía esperó.
Arturo parecía luchar consigo mismo.
—Su nombre era...
De pronto, el teléfono de Arturo vibró dentro de su bolsillo.
Él se quedó inmóvil.
No contestó.
Pero al mirar la pantalla, su expresión cambió.
Lucía lo notó.
—¿Quién es?
Arturo guardó el teléfono inmediatamente.
—Nadie.
—No parecía nadie.
—Lucía, escucha.
—¿Qué?
—No hables de esta conversación con Sergio.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver Sergio con esto?
—Probablemente nada.
—¿Probablemente?
Arturo cerró los ojos.
—No debería haber dicho eso.
—¿Qué sabe de Sergio?
—Nada.
—Está mintiendo.
—No.
—Entonces ¿por qué lo mencionó?
Arturo miró hacia la puerta.
—Porque hay un apellido que necesito comprobar antes de decirte nada más.
Lucía sintió frío.
—¿Qué apellido?
Arturo no respondió.
—¿Valdés?
Nada.
—¿Navarro?
Silencio.
—¿El apellido del hombre de la fotografía?
Arturo levantó lentamente la mirada.
Lucía supo que había acertado.
—¿Cuál era?
Arturo abrió la boca.
En ese instante, Marta apareció desde el pasillo.
—Lucía.
Lucía giró.
—¿Qué?
Marta parecía confundida.
—Hay alguien preguntando por ti en la entrada.
Lucía frunció el ceño.
—¿Sergio?
—No.
Arturo se puso de pie inmediatamente.
Demasiado rápido.
Lucía lo miró.
—¿Qué pasa?
—¿Quién es? —preguntó Arturo.
Marta negó.
—No ha dicho su nombre.
Arturo miró el colgante sobre la mesa.
Después a Lucía.
—Póntelo.
—¿Por qué?
—Lucía.
Su tono había cambiado.
No era autoritario.
Era miedo.
Ella tomó la cadena.
—¿Quién está ahí?
Marta miró hacia la entrada.
—Un hombre mayor.
Arturo quedó completamente inmóvil.
—¿Cómo es?
Marta lo describió brevemente.
Con cada detalle, el rostro de Arturo perdía color.
Lucía sintió que algo iba mal.
—Arturo.
Él no respondió.
—¿Lo conoce?
Arturo miró la fotografía dentro de su mano.
Después hacia la puerta.
—No puede ser.
—¿Quién es?
Marta señaló discretamente.
Una silueta masculina esperaba detrás del cristal de la entrada.
La lluvia deformaba parcialmente su rostro.
Lucía no podía verlo bien.
Arturo sí parecía reconocerlo.
—Dios mío...
Lucía se acercó.
—¿Quién es?
Arturo guardó rápidamente la fotografía.
—Lucía, pase lo que pase, no le digas todavía que llevas ese colgante.
Ella abrió los ojos.
—¿Por qué?
—Porque si ese hombre es quien creo que es...
La puerta comenzó a abrirse.
Lucía miró hacia la entrada.
Después hacia Arturo.
—¿Quién cree que es?
Arturo se quedó completamente quieto.
La silueta dio el primer paso hacia el interior del restaurante.
Arturo miró a Lucía.
Su voz apenas fue un susurro.
May you like
—Es el único hombre que puede decirte por qué Isabel abandonó Madrid aquella noche... porque él fue quien—
Y la puerta terminó de abrirse antes de que Arturo completara la frase.