Capítulo 2: La orden que llevaba cinco años esperando

Lucía miró la carpeta cerrada entre sus manos.
—No entiendo nada.
Mateo permaneció frente a ella.
Álvaro también parecía desconcertado.
—Ha dicho que su madre modificó el contrato hace tres semanas —dijo él—. Si murió hace cinco años, eso es absurdo.
Mateo respondió con calma:
—No dije que lo modificara personalmente hace tres semanas.
Lucía levantó la mirada.
—Entonces ¿qué quiso decir?
—Que una instrucción anterior entró en vigor hace tres semanas.
—¿Qué instrucción?
—Está relacionada con esa carpeta.
Lucía intentó abrirla.
Mateo levantó ligeramente una mano.
—Aquí no.
—¿Por qué?
—Porque antes necesita comprender algo.
Álvaro soltó una risa impaciente.
—Esto es ridículo.
Mateo giró.
—No para usted.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que usted forma parte del motivo por el que esta documentación existe.
Álvaro perdió ligeramente el color.
Lucía lo vio.
—¿Qué sabe él?
Mateo volvió hacia ella.
—No puedo asegurarlo.
—¿Pero sospecha que sabe algo?
—Sospecho que ciertas decisiones tomadas recientemente activaron una cláusula.
Álvaro intervino:
—No hay ninguna cláusula.
Mateo levantó una ceja.
—¿Está seguro?
Álvaro calló.
Lucía miró a su marido.
—¿Por qué acabas de ponerte nervioso?
—No estoy nervioso.
—Sí lo estás.
—Estoy cansado de este espectáculo.
Lucía señaló a Natalia.
—El espectáculo empezó cuando decidiste traerla aquí.
Natalia dio un paso atrás.
—Yo no sabía que esto iba a pasar.
Lucía la miró.
—¿Qué parte? ¿Que me echara o que apareciera esta carpeta?
Natalia no respondió.
Mateo habló:
—Señora Herrera, creo que es mejor que se siente.
—Estoy bien.
—No he dicho que no lo esté.
Lucía respiró.
—Entonces explíqueme qué relación tiene mi madre con este yate.
Mateo miró hacia la marina.
—Su madre conocía este barco antes que usted.
—¿Cuándo?
—Hace muchos años.
—¿Era suyo?
Mateo no respondió.
—¿Lo alquilaba?
Nada.
—¿Conocía al propietario?
Silencio.
Lucía se frustró.
—No puede seguir hablándome a medias.
—Lo sé.
—Entonces diga algo completo.
Mateo bajó la voz.
—Su madre vino a verme aproximadamente seis meses antes de morir.
Lucía quedó inmóvil.
—¿Aquí?
—No. En tierra.
—¿Por qué?
—Me entregó instrucciones.
—¿Sobre mí?
—Sí.
Lucía sintió un escalofrío.
Álvaro se acercó.
—¿Qué instrucciones?
Mateo ni siquiera lo miró.
—No eran para usted.
—Soy su marido.
Lucía respondió antes que Mateo:
—Ya no estoy segura de que eso importe.
Álvaro apretó la mandíbula.
Mateo continuó:
—Su madre me pidió que conservara ciertos documentos y que no hiciera nada con ellos mientras se cumplieran unas condiciones.
—¿Qué condiciones?
—Que usted estuviera bien.
Lucía frunció el ceño.
—¿Bien cómo?
—Eso fue exactamente lo que pregunté yo.
—¿Y qué respondió?
Mateo miró a Álvaro.
—Que llegaría un día en que alguien intentaría tomar decisiones sobre la vida de Lucía sin contar con ella.
El silencio fue inmediato.
Álvaro soltó:
—Eso puede significar cualquier cosa.
Lucía no lo miró.
—Siga.
Mateo asintió.
—Su madre quería que, si determinadas circunstancias se producían, los documentos fueran revisados.
—¿Por quién?
—Por personas que ella había designado.
—¿Hace cinco años?
—Antes.
Lucía miró la carpeta.
—¿Y hace tres semanas pasó algo?
Mateo asintió.
—Sí.
—¿Qué?
—Se recibió una solicitud relacionada con el contrato del yate.
Álvaro reaccionó.
—Eso no tiene nada que ver con ella.
Lucía giró lentamente.
—¿Qué solicitud?
Álvaro guardó silencio.
Mateo respondió:
—Una modificación.
—¿Quién la pidió?
—Eso debe verlo usted misma.
Álvaro dio un paso.
—No hay ninguna necesidad.
Lucía lo miró.
—Entonces sí sabes algo.
—Lucía...
—¿Qué intentaste modificar?
—Nada importante.
—Hace treinta segundos decías que no había ninguna modificación.
Álvaro se quedó sin respuesta.
Natalia lo miró también.
—Álvaro...
—Cállate.
Ella abrió los ojos.
Lucía observó la escena.
—Ni siquiera ella lo sabe.
Álvaro pasó una mano por el cabello.
—Esto no tiene nada que ver con nuestra relación.
Mateo respondió:
—Quizá no. Pero sí con el motivo por el que el contrato cambió automáticamente.
Lucía levantó la mirada.
—¿Automáticamente?
—Sí.
—¿Mi madre preparó algo así?
Mateo asintió.
—Mucho antes de morir.
Lucía se quedó mirando el agua del puerto.
Había conocido a su madre como una mujer prudente, reservada y poco dada a dramatismos.
Le resultaba imposible imaginarla preparando algo que pudiera activarse cinco años después de su muerte.
—¿Por qué nunca me lo contó?
Mateo respondió:
—Puede que quisiera evitar que usted viviera esperando que algo malo ocurriera.
Lucía miró a Álvaro.
—O quizá sabía exactamente con quién acabaría casándome.
Álvaro soltó una risa seca.
—No me conocía.
Mateo lo observó.
—Eso es discutible.
Álvaro quedó quieto.
Lucía frunció el ceño.
—¿Mi madre conocía a Álvaro?
—No he dicho eso.
—Pero otra vez ha reaccionado.
Mateo respiró profundamente.
—Su madre conocía a la familia Serrano.
Álvaro perdió el color.
Lucía lo vio.
—¿Qué?
Él negó.
—Mi familia conoce a mucha gente.
—¿Conociste tú a mi madre antes de conocerme?
—No.
—Mírame.
Álvaro la miró.
—No.
Lucía no parecía convencida.
—Mateo.
El capitán volvió hacia ella.
—¿Qué relación había entre mi madre y los Serrano?
—No puedo responder sin mostrarle lo que hay en la carpeta.
—Entonces quiero abrirla.
—De acuerdo.
Lucía llevó una mano al cierre.
Mateo volvió a detenerla.
—Pero antes necesito advertirle.
Ella soltó el aire.
—Otra advertencia.
—Esta es importante.
—Dígamela.
Mateo miró a Álvaro.
Después a Natalia.
Finalmente a Lucía.
—Lo que encuentre dentro no demuestra por sí solo que su marido haya hecho nada ilegal ni que usted controle este yate.
Lucía asintió.
—Bien.
—Pero sí demuestra que su madre esperaba un escenario muy parecido a este.
Lucía quedó inmóvil.
—¿Parecido cómo?
Mateo señaló discretamente su maleta.
—Usted fuera del barco.
Después miró a Álvaro.
—Y él convencido de que podía decidir quién se quedaba.
Álvaro apretó los dientes.
—Eso es una interpretación.
—Puede ser.
—Entonces no hable como si supiera algo.
Mateo respondió:
—Yo solo sigo instrucciones.
Lucía miró la carpeta.
—¿Qué instrucciones?
Mateo guardó silencio.
—Capitán.
—Sí.
—Dígame qué quería mi madre que hiciera usted exactamente.
Mateo bajó la voz.
—Quería que esperara.
—¿A qué?
—Al día en que su matrimonio llegara a un punto determinado.
Lucía sintió un escalofrío.
—¿Qué punto?
Mateo miró la maleta otra vez.
Álvaro intervino:
—Esto es una locura.
Lucía levantó una mano.
—Déjale hablar.
Mateo continuó:
—Su madre escribió que, si alguna vez su marido intentaba expulsarla de un lugar que él creyera controlar...
Álvaro se quedó quieto.
Lucía apenas respiraba.
—¿Sí?
Mateo señaló la carpeta.
—...debíamos entregarle esto y activar la segunda parte de sus instrucciones.
—¿Qué segunda parte?
Mateo no respondió.
—¿Tiene que ver con el yate?
—En parte.
—¿Con mi familia?
—Sí.
—¿Con Álvaro?
El capitán dudó.
—Indirectamente.
Álvaro habló:
—Esto ya ha llegado demasiado lejos.
Intentó acercarse a la carpeta.
Mateo se interpuso.
—No la toque.
—¡Ese documento puede contener información sobre mí!
—Entonces tendrá oportunidad de responder cuando corresponda.
Lucía lo miró.
—¿Responder a qué?
Mateo no contestó.
El puerto estaba completamente iluminado ya.
Las cuerdas del yate crujieron suavemente.
El agua golpeaba contra el casco.
Lucía sintió que todo lo que sabía de aquella embarcación, de su matrimonio e incluso de su madre estaba empezando a cambiar.
—Mateo.
—Sí.
—Mi madre murió hace cinco años.
—Lo sé.
—Y usted me está diciendo que cinco años antes de morir dejó instrucciones para algo que podía ocurrir una década después.
—Correcto.
Lucía miró a Álvaro.
—¿Por qué?
Mateo apretó los labios.
—Eso está relacionado con lo que ella descubrió.
Álvaro giró bruscamente.
—¿Qué descubrió?
Mateo lo observó.
—Pensaba que usted no sabía nada.
Álvaro comprendió su error.
Lucía lo vio.
—¿Qué sabes?
—Nada.
—Álvaro.
—¡Nada!
Mateo mantuvo la calma.
—Señora Herrera.
Lucía volvió hacia él.
—Hay una razón por la que su madre no dejó simplemente un testamento.
—¿Cuál?
—Porque no sabía cuándo iban a ocurrir ciertas cosas.
—¿Qué cosas?
—Las que dependían de otras personas.
Lucía tragó saliva.
—¿De mi marido?
Mateo sostuvo su mirada.
—De quien llegara a ocupar ese lugar en su vida.
El rostro de Lucía se endureció.
—Entonces ella no desconfiaba de Álvaro específicamente.
—No.
Álvaro soltó el aire.
Pero Mateo añadió:
—Desconfiaba de algo que ya había ocurrido una vez en su propia vida.
Lucía se quedó completamente quieta.
—¿Qué?
Mateo bajó la mirada.
—Eso no debería explicarlo yo.
—¿Mi madre pasó por algo parecido?
Silencio.
—¿Alguien intentó echarla de algún sitio?
Mateo no respondió.
Lucía dio un paso.
—¿Quién?
Nada.
—¿Mi padre?
Mateo levantó los ojos.
Su expresión cambió.
Lucía lo vio.
—Dios mío.
Álvaro miró de uno a otro.
—¿Qué tiene que ver su padre?
Mateo respondió:
—Mucho menos de lo que cree. Y quizá mucho más.
—Eso no significa nada.
—Todavía.
Lucía apretó la carpeta.
—Quiero la verdad.
Mateo asintió.
—La tendrá.
—¿Ahora?
—Una parte.
—Empiece.
El capitán respiró profundamente.
—Su madre me dio esta carpeta cinco años antes de morir.
Lucía esperaba.
—Y me hizo prometer que solo se la entregaría cuando se cumpliera la condición que dejó escrita.
—¿Cuál?
Mateo miró la maleta.
Después a Álvaro.
—El día en que su marido intentara...
Se detuvo.
Lucía abrió los ojos.
—¿Intentara qué?
Mateo parecía dispuesto a continuar.
Álvaro dio un paso.
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Natalia dejó de moverse.
Y justo antes de que el capitán revelara qué había previsto la madre de Lucía tantos años atrás, la respuesta quedó suspendida sobre la cubierta.