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CAPÍTULO 1 — La noche en que Sofía fue expulsada de su propia casa

La lluvia caía sobre las colinas de Marbella cuando Sofía Navarro salió de aquella villa que, hasta hacía poco, había considerado su hogar.

La enorme puerta de hierro se encontraba abierta detrás de ella.

Sofía apenas podía respirar.

Su cabello oscuro estaba empapado y varios mechones se pegaban a su rostro cubierto de lágrimas. El largo abrigo gris carbón apenas protegía su vestido de satén color champán del frío de la noche.

Entonces su pequeño bolso cayó al suelo mojado.

Javier lo había arrojado detrás de ella.

Sofía se giró.

Él seguía en la entrada de la villa, perfectamente vestido, completamente seco y sin mostrar el menor remordimiento.

“Vuelve cuando aprendas a obedecer.”

Sofía sintió que algo dentro de ella se rompía.

“Javier, por favor…”

“He dicho que te vayas.”

La puerta se cerró.

El golpe resonó por todo el camino.

Sofía se quedó sola.

Durante unos segundos, permaneció inmóvil bajo la lluvia.

Después se agachó para recoger el bolso con las manos temblorosas.

Intentó respirar.

Una vez.

Dos veces.

Pero las lágrimas volvieron.

No sabía adónde ir.

No tenía a quién llamar.

O eso pensaba.

Entonces escuchó un motor.

Levantó la cabeza.

Un automóvil oscuro avanzaba lentamente por el camino de entrada.

Los faros iluminaron su figura empapada.

Sofía retrocedió ligeramente.

El vehículo se detuvo.

La puerta trasera se abrió.

Y un hombre salió.

Abrigo largo de cachemira color camel.

Cabello plateado.

Mirada oscura.

Sofía dejó de respirar.

“Miguel…”

Su tío cerró la puerta del automóvil y la observó.

No preguntó inmediatamente qué había sucedido.

Primero miró su cabello mojado.

Después sus manos temblorosas.

Luego el vestido que llevaba debajo del abrigo.

Finalmente vio sus ojos.

Sofía tragó saliva.

“Pensé que nunca vendrías.”

Miguel se acercó lentamente.

Se quitó uno de sus guantes de cuero.

Entonces puso una mano sobre el hombro de Sofía.

Ella intentó hablar.

No pudo.

Miguel bajó los ojos.

Había una marca rojiza alrededor de su muñeca.

Su expresión cambió.

No gritó.

No preguntó dos veces.

“¿Quién te hizo esto?”

Sofía miró hacia la villa.

Miguel siguió su mirada.

Durante varios segundos, ella permaneció en silencio.

Finalmente, dijo una sola palabra.

“Javier.”

Miguel levantó lentamente la cabeza hacia la puerta cerrada.

Su rostro permaneció tranquilo.

Pero sus ojos ya no eran los mismos.

Y entonces la puerta volvió a abrirse.

Javier apareció.

Al ver a Miguel, su expresión arrogante desapareció durante una fracción de segundo.

Después intentó recuperarla.

“Esto es un problema entre marido y mujer.”

Miguel permaneció inmóvil.

Javier bajó algunos escalones.

“No tienes nada que hacer aquí.”

Miguel lo miró directamente.

“Entonces tú debes ser Javier.”

Javier se detuvo.

Sofía observó a ambos hombres.

No entendía qué estaba pasando.

Pero una cosa estaba clara.

Javier conocía a Miguel.

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O al menos…

había algo en aquella mirada que decía que Miguel no era un desconocido.

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