Capítulo 1: El reloj que nadie debía abrir

El viejo café de carretera parecía detenido en otra época.
Las mesas tenían arañazos profundos, los asientos de cuero estaban cuarteados y la vieja máquina de música junto a la pared llevaba años sin funcionar correctamente.
Afuera había seis motocicletas cubiertas de polvo.
Dentro, cinco hombres ocupaban casi toda la zona central.
Reían fuerte.
Golpeaban las mesas.
Hablaban como si el lugar les perteneciera.
Entre ellos estaba Rubén Donovan.
Cuarenta y tres años.
Grande.
Manos tatuadas.
Chaqueta de cuero color vino oscuro.
En otra mesa, completamente solo, Mateo Valcárcel bebía café.
Tenía setenta y seis años.
No parecía intimidado.
Ni siquiera miraba al grupo.
Eso fue precisamente lo que llamó la atención de Rubén.
Cuando Mateo levantó la taza, una cadena plateada apareció sobre su chaleco.
Del extremo colgaba un antiguo reloj de bolsillo.
Rubén sonrió.
—Bonito reloj, abuelo.
Antes de que Mateo pudiera tocarlo, Rubén estiró la mano y lo arrancó.
Los otros hombres rieron.
Mateo levantó lentamente la mirada.
—Devuélvemelo.
Rubén abrió la tapa.
Dentro había una fotografía antigua, tan descolorida que apenas podían distinguirse dos rostros.
—¿Tu novia de juventud?
Más risas.
Mateo no respondió.
Rubén giró el reloj entre los dedos.
—Debe valer algo.
—Para mí, sí.
—Entonces seguramente es divertido romperlo.
Lo golpeó contra la mesa.
Una vez.
El cristal se quebró.
Un segundo golpe hizo saltar parte del mecanismo.
El dueño del café dejó de limpiar un vaso.
Todos esperaron la reacción de Mateo.
No llegó.
El anciano simplemente recogió las piezas.
Una.
Después otra.
Las colocó cuidadosamente en línea.
Rubén rio.
—Ahora vale lo mismo que tú.
Mateo observó el interior roto.
Debajo del cristal había quedado visible una inscripción.
DONOVAN.
Su expresión cambió apenas.
—¿Sabes de quién era?
Rubén se encogió de hombros.
—Me da igual.
Mateo sacó un teléfono del blazer.
Rubén volvió a reír.
—¿Vas a llamar a la policía?
Mateo marcó.
—Tráeme el expediente Donovan.
La sonrisa de Rubén desapareció.
Uno de sus amigos dejó de reír.
Mateo terminó la llamada.
Después levantó los ojos.
—Rubén Donovan.
El hombre se quedó quieto.
—¿Quién eres?
—Hijo de Marcos Donovan.
El dueño del café dejó caer un vaso.
Se rompió detrás del mostrador.
Rubén giró.
—¿Cómo sabes el nombre de mi padre?
Mateo volvió a tomar el reloj.
Giró la carcasa.
Dentro había una imagen diminuta.
Un Mateo mucho más joven aparecía junto a un hombre alto.
Cabello oscuro.
Mandíbula ancha.
Los mismos ojos de Rubén.
—Porque este reloj era suyo.
Rubén retrocedió.
—Mi padre murió cuando yo era niño.
—Eso te dijeron.
—Lo vi en un ataúd.
Mateo negó lentamente.
—Viste un ataúd cerrado.
Rubén dejó de respirar.
Afuera se escucharon motores.
No motocicletas.
Dos Mercedes antiguos y un SUV negro entraron lentamente en el aparcamiento.
Los motociclistas miraron por la ventana.
Tres hombres mayores descendieron.
No se distinguían bien sus rostros por los reflejos del cristal.
—Rubén… —susurró uno de sus compañeros—. ¿Quiénes son?
Mateo continuó sentado.
Presionó una pieza rota del reloj.
Clic.
Se abrió un compartimento secreto.
Una fotografía doblada cayó sobre la mesa.
Rubén la tomó.
Era un niño de unos seis años.
Chaqueta roja.
Cabello oscuro.
Una pequeña cicatriz sobre la ceja.
Rubén tocó instintivamente la misma cicatriz en su rostro.
—No…
Miró otra vez.
—Ese niño soy yo.
Detrás aparecía Marcos Donovan.
Y al lado de él estaba Mateo.
Rubén levantó los ojos.
Mateo habló:
—Ahora pregúntate por qué tu padre me pidió que nunca te encontrara.
Se escuchó un fuerte golpe en la puerta.
Todos miraron.
Una voz masculina mayor habló desde fuera.
—Mateo.
El anciano perdió por primera vez su calma.
La voz continuó:
—No le digas todavía quién eres.
Rubén miró a Mateo.
—¿Quién está ahí?
Mateo apretó los fragmentos del reloj.
May you like
—El hombre que debía estar muerto antes que tu padre.
Y la puerta comenzó a abrirse.