Capítulo 1: El cilindro que sobrevivió al fuego

El mesón estaba lleno de humo, olor a café y cuero mojado.
Afuera, el cielo sobre Zaragoza comenzaba a oscurecer y las motocicletas estacionadas frente al local reflejaban las últimas luces azules del atardecer.
Dentro, cuatro hombres reían alrededor de Raúl “Toro” Mena.
Raúl era conocido en aquella carretera.
Grande.
Ruidoso.
Y demasiado acostumbrado a que nadie le llevara la contraria.
Aquella tarde eligió como diversión al único hombre de la sala que no parecía tenerle miedo.
Don Gabriel Montes estaba sentado junto a la chimenea.
Setenta y cuatro años.
Cabello plateado.
Barba blanca corta.
Un café intacto delante.
A su lado descansaba un bastón de nogal.
Raúl se acercó.
Lo tomó.
—¿Esto es lo único que te mantiene en pie, abuelo?
Gabriel levantó la mirada.
No respondió.
Eso irritó a Raúl más que cualquier insulto.
—¿Te quedaste sordo?
Gabriel observó el bastón en sus manos.
—Déjalo donde estaba.
Los motociclistas rieron.
Raúl levantó el bastón.
—¿O qué?
Gabriel volvió a mirar su taza.
—Nada.
Raúl sonrió.
Caminó hasta la chimenea.
Y arrojó el bastón directamente al fuego.
Las llamas envolvieron la madera.
—Ahora tendrás que aprender a caminar.
Las carcajadas llenaron el mesón.
Gabriel no se levantó.
No gritó.
Solo observó las llamas.
Raúl empezó a sentirse incómodo.
—¿Qué pasa? ¿Era recuerdo de tu abuelo?
Gabriel habló finalmente.
—Ese bastón tenía un compartimento.
Raúl rio.
—Pues ya no.
Gabriel giró hacia él.
—Dentro estaba lo único que podía protegerte.
Las risas comenzaron a morir.
Raúl frunció el ceño.
—¿Protegerme de qué?
—De saber quién fue realmente tu padre.
Silencio.
Raúl se acercó.
—No metas a mi padre en esto.
Gabriel mantuvo la calma.
—Ya estaba dentro antes de que tú quemaras el bastón.
La madera comenzó a agrietarse.
Se escuchó un chasquido.
Una pequeña pieza cilíndrica de latón cayó desde el interior del bastón y rodó sobre la piedra junto al fuego.
Mateo Salas, dueño del mesón, la vio.
Dejó caer el vaso que tenía en la mano.
—No puede ser…
Raúl giró.
—¿Qué?
Mateo miraba el símbolo grabado en el cilindro.
Dos alas alrededor de una pequeña corona rota.
Raúl se agachó.
Antes de tocarlo, Gabriel puso tranquilamente un zapato sobre la pieza.
—No lo tocaría si fuera tú.
Raúl apretó los puños.
—Quita el pie.
—No.
—¿Qué hay dentro?
Gabriel lo miró directamente.
—Tu verdadero apellido.
Raúl se quedó inmóvil.
—Mi apellido es Mena.
—Ese fue el apellido que te dieron.
—Mi padre se llamaba Esteban Mena.
Gabriel negó.
—El hombre que te crió se llamaba Esteban Mena.
Raúl golpeó una silla.
—¡Es lo mismo!
—No.
Mateo intervino con voz temblorosa.
—Raúl…
—¿Tú también sabes algo?
Mateo no respondió.
Años atrás, su propio padre había tenido el mismo símbolo escondido detrás del mostrador.
Le dijo una sola cosa:
“Si vuelve alguien con las alas rotas, cierra el local y escucha.”
Raúl miró a Gabriel.
—¿Quién demonios eres?
Gabriel respondió:
—El hombre que prometió no encontrarte.
—¿A quién?
—A tu padre.
Los motores afuera comenzaron a apagarse.
Uno.
Después otro.
Después otro.
Pero no eran las motos del grupo de Raúl.
Faros intensos atravesaron las ventanas ahumadas.
Mateo miró hacia la carretera.
Su rostro perdió el color.
—Gabriel…
—¿Qué?
—Han vuelto.
Raúl giró.
—¿Quiénes?
La puerta se abrió.
Un hombre anciano apareció contra la luz de los faros.
Llevaba una vieja chaqueta de cuero negro y sostenía en la mano una pieza de latón.
La mitad exacta del símbolo del cilindro.
Miró primero a Gabriel.
Después a Raúl.
—Se parece demasiado a él.
Gabriel respondió:
—Por eso vine.
Raúl sintió un escalofrío.
—¿A quién me parezco?
El desconocido dio un paso.
—Al hombre que murió intentando que tú nunca supieras que eras su hijo.
May you like
Y por primera vez en muchos años, Raúl “Toro” Mena dejó de parecer un hombre peligroso.
Pareció un niño esperando una respuesta.