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CAPÍTULO 1: LA MUJER QUE NUNCA DEJABA DE MIRAR

Cuando Lusine cruzó por primera vez las puertas de la mansión de los Vardanyan como esposa de Aram, creyó que estaba entrando en un sueño.

La enorme propiedad parecía salida de una película.

Los jardines eran perfectos.

Las lámparas de cristal iluminaban cada rincón.

Las paredes estaban cubiertas de retratos familiares que contaban generaciones de historia.

Todo era elegante.

Todo era impecable.

Y, sin embargo, desde el primer día sintió una inquietud imposible de explicar.

La razón tenía un nombre.

Anna.

Su suegra.

Era una mujer distinguida, refinada y silenciosa.

Pero había algo extraño en ella.

Siempre estaba observándola.

No importaba dónde estuviera Lusine.

Cuando entraba en la cocina, Anna estaba allí.

Cuando caminaba por el jardín, Anna aparecía observándola desde una ventana.

Cuando bajaba las escaleras, encontraba aquellos ojos fijos sobre ella.

Nunca hacía comentarios.

Nunca criticaba.

Nunca sonreía.

Simplemente observaba.

Al principio Lusine intentó convencerse de que era normal.

Quizás Anna estaba preocupada por su hijo.

Quizás solo necesitaba tiempo para aceptarla.

Pero las semanas pasaron y la situación empeoró.

Las noches se volvieron especialmente difíciles.

Más de una vez despertó sobresaltada y encontró la silueta inmóvil de Anna observándola desde el pasillo.

Aquella presencia constante comenzó a consumir su tranquilidad.

La ansiedad se convirtió en miedo.

Y el miedo se convirtió en resentimiento.

Finalmente, una tarde lluviosa, ya no pudo soportarlo más.

Giró bruscamente al notar nuevamente la mirada de Anna.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó con la voz quebrada—. ¿Por qué me sigue observando?

Anna permaneció inmóvil.

Luego apareció una sonrisa extraña en su rostro.

Una sonrisa que Lusine jamás había visto.

Fría.

Inquietante.

Desconcertante.

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Aquella noche Lusine apenas pudo dormir.

Y sin saberlo, estaba a punto de enfrentarse a la prueba más importante de su vida.

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