Capítulo 2: Quince Años Perdidos

Leo Vale sintió que el mundo desaparecía.
Sentada en el asiento trasero estaba Anna.
Más delgada.
Más frágil.
Pero seguía siendo la mujer que había amado quince años atrás.
La mujer que desapareció sin explicación.
La mujer que jamás pudo olvidar.
Tomás observaba confundido.
—¿Conoces a mi mamá?
Leo apenas podía respirar.
Anna bajó la mirada.
Y finalmente contó la verdad.
Quince años antes, el padre de Leo la había obligado a desaparecer.
Le ofreció dinero.
La amenazó.
Le aseguró que jamás permitiría que una humilde florista se casara con su hijo.
Cuando Anna descubrió que estaba embarazada intentó contactar a Leo.
Pero todas sus cartas fueron interceptadas.
Todas sus llamadas bloqueadas.
Todos sus intentos destruidos.
Leo jamás recibió un solo mensaje.
Durante años creyó que Anna lo había abandonado.
Y Anna creyó que Leo había decidido olvidarla.
Entonces llegó la revelación.
—Tomás es tu hijo.
La multitud quedó en shock.
Leo cayó de rodillas.
Observó los ojos del niño.
Su sonrisa.
Su forma de mover las manos.
Era imposible negarlo.
Tomás era suyo.
Quince años de búsqueda.
Quince años de dolor.
Quince años de preguntas.
Y la respuesta había aparecido gracias a un cubo de agua sucia.
Pero la felicidad duró poco.
Anna estaba gravemente enferma.
Insuficiencia renal avanzada.
Necesitaba un trasplante urgente.
Los médicos no tenían buenas noticias.
El tiempo se agotaba.
Leo tomó una decisión inmediata.
No volvería a perderla.
Jamás.
Canceló contratos.
Reuniones.
Viajes.
Todo.
Durante meses dedicó cada segundo a salvarla.
Y cuando descubrieron que era compatible como donante...
Ni siquiera pidió tiempo para pensarlo.
—Haz la cirugía.
Los médicos quedaron sorprendidos.
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Leo solo respondió:
—Ya perdí quince años. No perderé ni un día más.