Capítulo 1: La Mujer Arrodillada En El Suelo

El sonido del plato rompiéndose contra el mármol hizo que todos en la mansión Blackwood se quedaran en silencio.
Clara estaba de rodillas.
Tenía las manos temblorosas, el uniforme gris manchado de sopa caliente y los ojos clavados en el suelo. No se atrevía a mirar a Margaret Blackwood, porque conocía demasiado bien esa mirada fría, elegante y cruel.
—Mírate —dijo Margaret, con una voz suave que hacía más daño que un grito—. Ni siquiera sirves para limpiar correctamente.
Clara tragó saliva.
Con una mano protegió su vientre, todavía pequeño bajo el delantal.
Cinco meses.
Cinco meses de embarazo.
Cinco meses ocultando la verdad.
Cinco meses escuchando a Margaret decirle que una mujer como ella nunca sería aceptada en esa familia.
Los empleados observaban desde lejos.
Nadie intervenía.
En la mansión Blackwood, todos habían aprendido que la compasión podía costar un empleo.
—Levántate —ordenó Margaret.
Clara intentó hacerlo, pero el dolor en la espalda la hizo tambalearse.
Margaret sonrió apenas.
—Qué dramática. Igual que todas las mujeres pobres cuando quieren provocar lástima.
Clara apretó los labios.
No iba a llorar.
No frente a ella.
Entonces la puerta principal se abrió.
El viento frío entró al vestíbulo.
Y con él llegó Ethan Blackwood.
El hombre al que Clara no veía desde hacía meses.
El hombre al que Margaret le había dicho que ella se había ido.
El hombre que no sabía que el hijo que Clara llevaba en el vientre era suyo.
Ethan se detuvo en seco.
Sus ojos recorrieron la escena.
El plato roto.
La sopa en el suelo.
Clara arrodillada.
El delantal mojado.
Las manos sobre su vientre.
Por un segundo, nadie respiró.
—Clara… —susurró él.
Ella levantó la mirada.
Y en cuanto sus ojos se encontraron, todo lo que había intentado soportar en silencio comenzó a romperse dentro de ella.
Margaret dio un paso adelante rápidamente.
—Ethan, cariño, llegaste antes de lo esperado.
Pero Ethan no la miró.
Seguía mirando a Clara.
—¿Qué está pasando aquí?
Margaret sonrió con una calma ensayada.
—Nada importante. La criada tuvo un accidente.
Clara bajó la cabeza.
Criada.
Eso era lo que Margaret había hecho de ella.
Una mujer sin nombre.
Sin voz.
Sin derecho a ser recordada.
Ethan caminó lentamente hacia Clara.
Cuando se inclinó para ayudarla, Margaret habló con dureza:
—No la toques.
Ethan se quedó inmóvil.
Luego giró la cabeza.
—¿Qué dijiste?
Margaret levantó la barbilla.
—No sabes dónde ha estado. No sabes qué clase de mujer es ahora.
Clara sintió que el mundo se le hundía.
Pero entonces Ethan vio algo.
Una marca morada en la muñeca de Clara.
Luego otra cerca del cuello.
Luego la forma en que ella protegía su vientre como si fuera lo único que aún le pertenecía.
Su voz cambió.
—Clara… ¿estás embarazada?
La pregunta cayó sobre el salón como un trueno.
Margaret palideció.
Clara cerró los ojos.
Ya no podía esconderlo.
Ethan se acercó un poco más.
—Respóndeme.
Clara apenas pudo susurrar:
—Sí.
Ethan dejó de respirar.
—¿De quién?
Las lágrimas finalmente cayeron por el rostro de Clara.
Margaret dio un paso hacia ella.
—No respondas.
Ethan se volvió lentamente hacia su madre.
—No le estás hablando a ella. Me estás hablando a mí.
El silencio se volvió insoportable.
Clara tembló.
Luego levantó la mirada hacia Ethan.
—Es tuyo.
Durante varios segundos, Ethan no dijo nada.
Parecía que el mundo entero acababa de partirse bajo sus pies.
Margaret soltó una risa seca.
—Eso es mentira.
Clara sacó una pequeña fotografía doblada del bolsillo de su delantal.
Era una ecografía.
La había guardado como si fuera un tesoro.
Ethan la tomó con manos temblorosas.
En la esquina estaba escrito:
Paciente: Clara Reyes
Padre registrado: Ethan Blackwood
Ethan levantó la vista.
Sus ojos estaban llenos de horror.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Clara miró a Margaret.
Y esa mirada fue suficiente.
Ethan entendió antes de que ella hablara.
—Mi madre lo sabía.
Clara asintió lentamente.
Margaret dejó caer su copa.
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El cristal se rompió contra el suelo.
Y en ese instante, Ethan Blackwood comprendió que la mujer que lo había criado también había sido capaz de destruir a la mujer que él amaba.