Capítulo 1: El truco que dejó de ser una ilusión

El estudio de televisión estaba completamente lleno.
Miles de luces bañaban el escenario negro mientras el público aplaudía y las cámaras se desplazaban sobre enormes brazos mecánicos.
Era la final de uno de los concursos de magia más vistos de España.
Y Álvaro Serrano era la gran estrella de la noche.
Vestía una chaqueta de terciopelo color vino y sonreía con la seguridad de alguien que había realizado aquel número cientos de veces.
En el centro del escenario esperaba una enorme caja de ilusión.
Dentro debía entrar Sofía Márquez.
El número parecía sencillo.
Sofía se acostaría dentro.
La caja se cerraría.
Una gran sierra circular descendería lentamente.
El público creería que la atravesaba.
Después Sofía saldría ilesa.
Todo dependía de un mecanismo especial.
La hoja de ensayo no era una sierra real.
Sus dientes se retraían al tocar el interior de la caja mientras un segundo mecanismo oculto creaba la ilusión.
Lucía Navarro lo sabía mejor que nadie.
Había revisado aquel sistema esa misma tarde.
Por eso, cuando Álvaro fue a coger la sierra, Lucía le agarró la muñeca.
—¡No la uses!
Álvaro continuó sonriendo hacia las cámaras.
—Estamos en directo.
—Mira la hoja.
Él giró ligeramente.
Lucía acercó el pulgar sin tocar el filo.
Su respiración se detuvo.
Los dientes retráctiles no estaban.
—Esta no es la hoja de ensayo.
Álvaro perdió la sonrisa durante apenas medio segundo.
Después volvió a mirar al público.
Sofía ya estaba dentro de la caja.
Los asistentes cerraban las tapas alrededor de su torso.
Lucía sintió pánico.
—¡Hay que detenerlo!
Isabel Cortés apareció desde backstage.
—Ni se te ocurra.
—¡La hoja es real!
La productora la agarró del hombro.
—Entonces demuéstralo después.
Lucía no podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Después de qué? ¿Después de que mate a Sofía?
Isabel miró hacia las cámaras.
—Hay cinco millones de personas viendo esto.
Lucía respondió:
—Precisamente.
Corrió hacia la mesa de utilería.
Sacó la hoja utilizada durante el ensayo.
La sostuvo junto a la montada.
La diferencia era evidente.
Una tenía el mecanismo retráctil.
La otra era acero sólido.
Álvaro la vio.
Esta vez el miedo fue real.
—¿Quién las cambió?
Nadie respondió.
Entonces el motor se activó.
Solo.
El público comenzó a aplaudir creyendo que todo formaba parte del espectáculo.
La sierra empezó a descender.
Desde dentro de la caja se escuchó un golpe.
—¡Álvaro!
Era Sofía.
Lucía corrió hacia el panel.
—¡Corta la corriente!
Álvaro golpeó el botón rojo de emergencia.
Nada ocurrió.
Volvió a presionarlo.
—No responde.
Isabel dejó de preocuparse por las cámaras.
—¿Qué significa eso?
Lucía abrió el panel.
—Alguien anuló el paro.
La sierra seguía descendiendo.
Lucía se lanzó debajo de la mesa buscando el cable de seguridad manual.
Aquella línea permitía liberar inmediatamente la caja y detener el mecanismo incluso sin electricidad.
Encontró el cable.
Cortado.
Un corte limpio.
Preparado con una herramienta.
—Esto estaba planeado…
El sonido de la sierra llenaba el escenario.
Sofía volvió a golpear desde dentro.
—¡Sacadme!
Lucía intentó alcanzar la caja.
Entonces algo metálico brilló en el suelo.
Un pequeño gemelo plateado.
Lo recogió.
Había una letra grabada.
M.
—Álvaro.
Él miró.
Su rostro perdió todo el color.
—¿De quién es?
Álvaro se quedó inmóvil.
—De Martín Serrano.
Lucía frunció el ceño.
—¿Quién?
—Mi hermano.
Una pausa.
—Murió hace ocho años.
Detrás de las cortinas apareció una figura.
Un hombre.
Traje oscuro.
En su muñeca brillaba el gemelo idéntico.
La voz llegó directamente al auricular de Álvaro.
—Haz el último truco, Álvaro.
Álvaro giró.
Lucía lo agarró.
—¡La sierra!
El disco estaba ya peligrosamente cerca de la caja.
Y entonces Álvaro comprendió algo peor.
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Aquel sabotaje no había empezado esa noche.
Alguien llevaba ocho años esperando aquel momento.