CAPÍTULO 1 — El asiento del conductor estaba vacío

Elena Vargas nunca imaginó que su boda terminaría en una carretera perdida entre las montañas.
Minutos antes, viajaba junto a su marido Mateo por una estrecha carretera cercana a Madrid. El cielo estaba cubierto y el viento golpeaba suavemente los árboles.
Después ocurrió el accidente.
El viejo automóvil negro se salió de la carretera y terminó chocando contra una barrera de piedra.
Cuando Elena abrió los ojos, todo estaba en silencio.
El cristal estaba roto.
El motor seguía haciendo un ruido extraño.
Y su vestido de novia estaba cubierto de polvo.
“¡Ayuda!”
Intentó moverse, pero el miedo la paralizó.
“¡Mi marido está dentro!”
Un hombre apareció corriendo por la carretera.
Era Sergio Álvarez, un trabajador de asistencia en carretera que había detenido su vehículo al escuchar el impacto.
“¡Tranquila! Voy a sacarla.”
Sergio abrió la puerta dañada y ayudó a Elena a salir.
Ella apenas podía mantenerse en pie.
Pero en cuanto estuvo fuera, se volvió hacia el automóvil.
“¡Mi marido! ¡Tiene que estar ahí!”
Sergio la sujetó por el brazo.
“Tranquila. Voy a comprobarlo.”
Elena respiraba con dificultad.
“Estaba conduciendo.”
Sergio caminó hacia el lado del conductor.
Miró por la ventana rota.
Y se quedó inmóvil.
El asiento estaba vacío.
No había nadie.
El volante estaba dañado.
El parabrisas estaba agrietado.
Pero Mateo había desaparecido.
Sergio regresó lentamente hacia Elena.
“¿Dónde está su marido?”
Elena lo miró como si no entendiera la pregunta.
“Estaba conmigo.”
“¿Está segura?”
“Sí.”
Elena caminó unos pasos hacia el automóvil.
Miró nuevamente el asiento vacío.
Su expresión cambió.
Primero apareció el miedo.
Después la confusión.
Y finalmente una pregunta que ni siquiera ella podía responder.
“¿Dónde está Mateo?”
Poco después llegó una patrulla de la Guardia Civil.
El agente examinó el vehículo y después se acercó a Elena.
“Señora, ¿cuántas personas viajaban en el coche?”
Elena respondió inmediatamente.
“Dos.”
El agente miró hacia el asiento del conductor.
“¿Está completamente segura?”
Elena tragó saliva.
“Sí... mi marido conducía.”
El agente intercambió una mirada con Sergio.
No había ninguna explicación.
No había huellas claras de que alguien hubiera salido del vehículo.
Y tampoco había nadie alrededor.
Entonces Sergio vio algo sobre la grava.
Se agachó.
Entre pequeños fragmentos de cristal había un objeto metálico.
Lo recogió con sus guantes.
Era un anillo de boda.
Elena lo vio desde unos metros de distancia.
Su rostro perdió el color.
“Ese es su anillo.”
Sergio la miró.
“¿Está segura?”
Elena asintió lentamente.
“Sí.”
Sergio cerró la mano alrededor del anillo.
Pero Elena continuó mirando el automóvil.
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Había algo que no encajaba.
Y todavía no sabía qué era.