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PARTE II — EL ANILLO QUE NUNCA DEBIÓ SALIR DE LA FAMILIA

La mujer tardó varios segundos en acercarse.

Cada paso parecía costarle.

Victoria permanecía de pie junto al sillón, apretando todavía una de las rosas entre los dedos.

La niña corrió hacia la recién llegada.

—Mamá.

Ella le acarició el cabello.

—Lily, te dije que no te alejaras demasiado.

—Solo estaba vendiendo.

—Lo sé.

Entonces la mujer levantó los ojos.

Victoria pronunció un nombre que no había dicho en años.

—Eleanor.

La mujer cerró los ojos.

Solo un instante.

Pero suficiente.

Victoria sintió que le faltaba el aire.

—Eres tú.

Eleanor respondió con voz baja.

—Hola, Victoria.

Lily miró a ambas.

—¿Os conocéis?

Ninguna contestó.

Victoria se acercó.

—Pensé que estabas...

Se detuvo.

No sabía qué palabra utilizar.

Muerta no.

Desaparecida tampoco.

Su familia nunca había sido clara.

Simplemente habían dejado de hablar de Eleanor.

—¿Pensabas que estaba qué? —preguntó ella.

Victoria sostuvo su mirada.

—Que no volverías.

Eleanor sonrió sin alegría.

—Eso querían.

—¿Quiénes?

—No hagas preguntas cuya respuesta ya sospechas.

Victoria miró a Lily.

Después volvió hacia Eleanor.

—¿Es tu hija?

—Sí.

—¿Cuántos años tiene?

—Ocho.

Victoria hizo la cuenta.

Algo no encajaba con los recuerdos que guardaba.

—¿Por qué nunca me dijiste nada?

Eleanor arqueó ligeramente una ceja.

—¿Cómo?

—Podías haberme llamado.

—No.

—Podías escribir.

—Lo hice.

Victoria se quedó quieta.

—Nunca recibí nada.

—Lo sé.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque las cartas regresaban.

—¿Regresaban?

—Sin abrir.

Victoria palideció.

—Yo jamás...

—No he dicho que fueras tú.

El silencio creció entre ellas.

Lily seguía a su lado, abrazando la cesta.

Victoria miró el anillo.

—Enséñame el tuyo.

Eleanor se tensó.

—¿Para qué?

—Por favor.

La mujer permaneció inmóvil.

Finalmente abrió su bolso.

Sacó una cadena fina.

Colgado de ella estaba un anillo.

La misma rosa de oro.

El mismo rubí.

Victoria sintió que sus sospechas se convertían en certeza.

—¿Dónde lo conseguiste?

Eleanor la miró.

—Tú sabes dónde.

—No.

—Sí.

Victoria negó.

—Solo existían cuatro.

—Cinco.

Victoria la miró.

—¿Qué?

—Había cinco.

—Eso es imposible.

—Eso te dijeron.

Eleanor tomó el anillo.

—Tu abuela encargó cinco.

Victoria conocía aquella historia desde pequeña.

—Uno para ella. Uno para mi madre. Uno para mí. Uno...

Se detuvo.

Eleanor terminó:

—Y otro para mí.

Victoria se quedó completamente inmóvil.

—No eras una Rosewood.

Eleanor soltó una risa breve.

—Ahí empieza el problema.

Lily miró a su madre.

—¿Qué significa eso?

Eleanor se volvió.

—Nada que tengas que entender ahora.

—Pero mi anillo...

—Lily.

Victoria levantó la mano.

—Déjala.

Eleanor la miró.

—No tienes derecho.

—Quizá no.

Victoria bajó la voz.

—Pero llevo veinte años sin entender por qué desapareciste de nuestras vidas.

—Yo no desaparecí.

—Entonces ¿qué ocurrió?

Eleanor apretó el anillo.

—Me hicieron marcharme.

—¿Quién?

Nada.

—Eleanor.

—Tu madre sabía.

Victoria se quedó helada.

—Mi madre murió hace seis años.

—Lo sé.

—No la metas en esto.

—Ella ya estaba dentro mucho antes que nosotras.

Victoria sintió rabia.

—No hables de mi madre como si...

—¿Como si qué? ¿Como si hubiera mentido?

Lily apretó la mano de Eleanor.

Victoria bajó inmediatamente el tono.

—No delante de la niña.

—Precisamente por ella he venido.

Victoria miró a Lily.

—¿Qué tiene que ver con esto?

Eleanor no respondió.

—¿Por qué lleva el anillo?

—Porque un día será suyo.

—No debería.

—¿Por qué?

—Porque pertenece a mi familia.

Eleanor la miró durante varios segundos.

—También a la suya.

El mundo pareció detenerse.

Victoria miró a Lily.

Después a Eleanor.

—No.

—Eso mismo dije yo la primera vez.

—¿Qué estás insinuando?

—No estoy insinuando nada.

—Entonces dilo.

Eleanor respiró profundamente.

—No aquí.

Victoria señaló una pequeña sala privada junto al vestíbulo.

—Vamos.

Eleanor dudó.

Después aceptó.

Minutos más tarde las tres estaban sentadas en una sala silenciosa.

Lily dibujaba en una hoja mientras las dos mujeres hablaban a pocos metros.

Victoria no perdió tiempo.

—Empieza.

Eleanor dejó la cadena sobre la mesa.

—Tenía diecinueve años cuando tu abuela me dio el anillo.

—¿Por qué?

—Me dijo que algún día entendería.

—¿Y entendiste?

—Años después.

—¿Qué descubriste?

Eleanor miró a Lily.

—Que mi madre había trabajado para vuestra familia.

Victoria frunció el ceño.

—Eso no explicaría un anillo.

—No.

—¿Entonces?

—También descubrí que el hombre al que siempre creí mi padre no lo era.

Victoria dejó de moverse.

—¿Quién era?

Eleanor la miró.

—Eso fue lo que provocó todo.

—Dime su nombre.

—Primero necesito saber si tú sabías algo.

—¿Sobre qué?

—Sobre una casa en Connecticut.

Victoria intentó recordar.

—Mi familia tenía varias propiedades.

—Una cerca de un lago.

Victoria palideció ligeramente.

—La casa de verano de mi abuelo.

Eleanor asintió.

—Vivimos allí unos meses cuando yo era pequeña.

—¿Quiénes?

—Mi madre y yo.

Victoria negó.

—No recuerdo eso.

—Tú apenas tenías ocho años.

Algo comenzó a regresar.

Una niña en el jardín.

Cabello oscuro.

Una bicicleta roja.

Alguien con quien jugaba durante un verano.

Victoria levantó lentamente los ojos.

—Eras tú.

Eleanor sonrió con tristeza.

—Sí.

—Pero me dijeron que eras hija de una empleada.

—Lo era.

—Entonces...

—Mi madre trabajaba allí.

—¿Qué pasó?

Eleanor tragó saliva.

—Tu abuelo la despidió de repente.

—¿Por qué?

—Porque alguien encontró unas cartas.

—¿Qué cartas?

—De mi madre.

—¿A quién?

Eleanor guardó silencio.

Victoria entendió antes de escucharlo.

—A mi abuelo.

Nada.

—Eleanor.

—Sí.

Victoria se levantó.

—No.

—Por eso me dieron el anillo.

—Mi abuelo no...

—No estoy diciendo lo que crees.

Victoria se quedó inmóvil.

—Entonces explícalo.

—Las cartas no eran románticas.

—¿Entonces?

—Mi madre estaba protegiendo a alguien.

—¿A quién?

Eleanor miró hacia Lily.

Victoria la siguió.

—¿Tiene que ver con ella?

—Con la razón por la que existo.

Victoria volvió a sentarse.

—Sigue.

Eleanor tomó aire.

—Mi madre había dado a luz antes de trabajar para vuestra familia.

—¿A ti?

—No.

Victoria frunció el ceño.

—¿Tuviste un hermano?

—Una hermana.

—¿Dónde está?

Eleanor sostuvo su mirada.

—Murió.

Victoria bajó la voz.

—Lo siento.

—Yo también lo creí durante años.

Victoria levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Las cartas demostraban que no había muerto.

—Entonces ¿qué pasó?

—La entregaron a otra familia.

Victoria quedó fría.

—¿Quién?

—Eso no estaba claro.

—¿Y qué tiene que ver con los Rosewood?

Eleanor apretó la cadena.

—Mi madre creía que esa niña había terminado dentro de vuestra familia.

Victoria sintió un escalofrío.

—¿Quién?

Eleanor la miró directamente.

—Tu madre.

Victoria soltó una risa incrédula.

—Eso es absurdo.

—Eso pensé yo.

—Mi madre nació en Boston.

—Eso dice su certificado.

—¿Estás diciendo que mi madre era hermana de tu madre?

—No.

—Entonces ¿qué?

Eleanor cerró los ojos.

—Estoy diciendo que podría haber sido mi hermana.

Victoria se quedó muda.

La habitación pareció encogerse.

—Eso significaría...

—Que tú y yo compartimos sangre.

Victoria negó una y otra vez.

—No.

—Por eso existían cinco anillos.

—No.

—Tu abuela sabía la verdad.

—Mi abuela jamás...

—Tu abuela fue quien me dio el mío.

Victoria sintió que le temblaban las manos.

—¿Y por qué te echaron?

—Porque cuando cumplí veinte años empecé a hacer preguntas.

—¿Quién te obligó a irte?

Eleanor se quedó callada.

—¿Mi madre?

—No.

Victoria respiró.

—¿Mi padre?

Nada.

—¿Quién?

Eleanor miró hacia la puerta.

—El hombre que todavía controla una parte de todo esto.

Victoria frunció el ceño.

—¿Quién?

—No quiero decirlo aquí.

—¿Por qué?

—Porque sabe que he vuelto.

Victoria se quedó quieta.

—¿Cómo?

Eleanor sacó el teléfono.

—Recibí esto esta mañana.

Le mostró una fotografía, sin dejar que Lily la viera.

Era una imagen de Eleanor entrando en la ciudad con su hija.

Tomada a distancia.

Victoria palideció.

—¿Quién te la envió?

—Número desconocido.

Debajo solo había una frase.

Victoria la leyó.

“El anillo no te pertenece.”

—Dios mío.

—Por eso Lily estaba vendiendo flores.

Victoria la miró.

—¿Qué?

—Necesitaba entrar al vestíbulo sin llamar la atención.

Victoria dejó de respirar.

—¿La enviaste a buscarme?

Eleanor bajó los ojos.

—Sí.

—¿Usaste a tu hija como mensajera?

—No sabía si podía acercarme sin que alguien me siguiera.

Victoria se levantó.

—Podría haber pasado cualquier cosa.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué arriesgarte?

Eleanor la miró con lágrimas contenidas.

—Porque hace tres días encontré algo que demuestra que no fui yo la única a la que apartaron de esta familia.

Victoria quedó inmóvil.

—¿Qué encontraste?

Eleanor abrió su bolso.

Sacó una fotografía antigua.

La dejó boca abajo.

—No.

—¿Qué es?

—Antes tienes que prometerme una cosa.

—¿Qué?

—Que no vas a llamar a nadie de tu familia hasta verla.

Victoria sintió frío.

—¿Por qué?

—Porque una de las personas de esta fotografía sigue viva.

—¿Quién?

Eleanor giró lentamente la imagen.

Victoria la miró.

Su rostro cambió.

En la fotografía aparecía su abuela mucho más joven.

Junto a ella estaba la madre de Eleanor.

Y entre ambas había dos niñas pequeñas.

Una era claramente Eleanor.

La otra...

Victoria se acercó.

—No.

—Mira bien.

—Eso no puede ser.

—Lo sé.

Victoria cogió la fotografía.

La niña tenía su misma mirada.

Su mismo cabello.

Incluso el mismo pequeño lunar junto a la ceja que Victoria había visto cientos de veces en viejas fotografías familiares.

—Es mi madre.

Eleanor asintió.

—Sí.

Victoria miró el reverso.

Había una fecha.

Y cuatro palabras escritas a mano.

Victoria las leyó.

Su expresión cambió todavía más.

—¿Quién escribió esto?

—Mi madre.

—¿Cuándo?

—Dos días antes de morir.

Victoria dejó la fotografía.

—Necesito hablar con alguien.

Eleanor la agarró del brazo.

—Te dije que no.

—Necesito saber si esto es real.

—Lo es.

—¿Cómo puedes estar segura?

Eleanor sacó otro objeto.

Un sobre cerrado.

—Porque dejó esto para ti.

Victoria miró su nombre escrito a mano.

—¿Para mí?

—Sí.

—¿Por qué no me lo diste antes?

—Lo encontré hace tres días.

Victoria abrió el sobre.

Dentro había una carta.

Comenzó a leer.

Las primeras líneas la hicieron palidecer.

—¿Qué dice? —preguntó Eleanor.

Victoria continuó.

Al llegar a la mitad, se detuvo.

—Esto menciona a Lily.

Eleanor se puso rígida.

—¿Qué?

Victoria miró a la niña, que seguía dibujando en silencio.

—¿Tu madre conocía a Lily?

—Murió antes de que naciera.

—Entonces esto es imposible.

—¿Qué pone?

Victoria volvió a leer.

—Dice que, si alguna vez una niña con el anillo vuelve buscando a una Rosewood...

Eleanor dejó de respirar.

—Sigue.

Victoria tragó saliva.

—“No permitas que el hombre que separó a las hermanas descubra quién es su padre.”

Eleanor quedó completamente inmóvil.

—¿Su padre?

Victoria levantó lentamente la mirada.

—¿Quién es el padre de Lily?

Eleanor palideció.

—Eso no tiene nada que ver.

—Acabo de leer una carta escrita antes de que tu hija naciera que habla de su padre.

—Dame eso.

Victoria apartó la carta.

—No.

—Victoria.

—¿Quién es?

Eleanor comenzó a llorar.

—No lo sabes.

—Entonces dímelo.

—No puedo.

—¿Por qué?

Antes de que pudiera responder, Lily levantó la cabeza.

—Mamá.

Ambas se volvieron.

La niña miraba hacia el cristal exterior.

—Ese señor está otra vez ahí.

Eleanor perdió el color del rostro.

—¿Qué señor?

Lily señaló.

Al otro lado de los ventanales había un hombre de unos sesenta años.

Traje oscuro.

Cabello gris.

Completamente inmóvil.

Mirándolas.

Victoria lo reconoció al instante.

Y por primera vez desde que había aparecido el anillo, fue ella quien sintió verdadero miedo.

—No puede ser.

Eleanor retrocedió.

—¿Lo conoces?

Victoria no apartó la mirada del hombre.

—Es mi tío.

Eleanor cerró los ojos.

—Entonces es él.

—¿Él qué?

El hombre comenzó a caminar hacia las puertas.

Eleanor tomó a Lily de la mano.

—Tenemos que irnos.

Victoria la sujetó.

—No hasta que me expliques qué está pasando.

—¡No tenemos tiempo!

Las puertas automáticas comenzaron a abrirse.

El hombre entró.

Su mirada bajó inmediatamente hacia el anillo de Victoria.

Después hacia el que Eleanor sostenía.

Por último, hacia Lily.

Su expresión cambió.

—Así que la niña existe.

Victoria sintió que se le helaba la sangre.

—¿Cómo sabes quién es?

El hombre sonrió apenas.

—Porque llevo ocho años esperando a que su madre cometiera el error de volver.

Eleanor abrazó a Lily contra sí.

Victoria se interpuso.

—Ni un paso más.

El hombre la observó.

—No sabes a quién estás protegiendo.

—Es una niña.

—No me refiero a ella.

Victoria frunció el ceño.

—Entonces ¿a quién?

El hombre miró a Eleanor.

—A tu hermana.

Victoria quedó inmóvil.

Eleanor palideció.

—No.

Él sacó lentamente de su bolsillo una pequeña caja de terciopelo.

La abrió.

Dentro había un sexto anillo de rosa.

Victoria dejó de respirar.

—Solo existían cinco.

El hombre negó.

—Ese fue el primer secreto.

Eleanor apretó la mano de Lily.

—No lo escuches.

Victoria miró el sexto anillo.

—¿De quién era?

El hombre cerró la caja.

—De la persona cuyo nombre vuestra familia borró antes de que ninguna de las dos naciera.

Victoria sintió que la carta temblaba en su mano.

—¿Quién?

El hombre miró a Lily.

Después a Eleanor.

Y finalmente a Victoria.

—Si de verdad quieres saber por qué esa niña puede llevar el apellido Rosewood sin haberlo usado jamás, primero tendrás que saber quién fue realmente su padre.

Eleanor dio un paso adelante.

—¡Cállate!

Lily miró a su madre.

—Mamá... ¿quién era mi papá?

Eleanor no pudo responder.

El hombre sonrió sin alegría.

—Eso es exactamente lo que todos llevan ocho años intentando impedir que preguntes.

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Y antes de que pronunciara el nombre, Victoria comprendió que el pequeño anillo que una niña había reconocido por casualidad no era un recuerdo familiar.

Era la llave de un secreto que llevaba varias generaciones esperando volver a la luz.

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