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Capítulo 1: La Joven Sirvienta que Fue Obligada a Arrodillarse Sin Saber que el Hombre que Entraba por la Puerta Era su Verdadero Padre

El vestíbulo de la mansión Carter brillaba bajo la cálida luz de la tarde.

El suelo de mármol reflejaba la enorme lámpara de cristal, la gran escalera curva y los muebles elegantes que decoraban una de las residencias más exclusivas de Connecticut.

En medio de tanto lujo, Sophia permanecía de rodillas.

Tenía veinticuatro años, el cabello castaño recogido en un moño desordenado y un uniforme gris de empleada doméstica. Llevaba menos de dos semanas trabajando allí.

Había aceptado el empleo porque necesitaba pagar una habitación barata y terminar sus estudios nocturnos. No conocía a los propietarios. Solo sabía que el dueño, Michael Carter, pasaba gran parte del año viajando por negocios.

La mujer que dirigía la casa durante su ausencia era Victoria Hayes.

Elegante.

Arrogante.

Acostumbrada a tratar a los empleados como si no fueran personas.

Aquella tarde, Sophia limpiaba cuidadosamente el mármol cuando Victoria apareció con un traje de seda color crema.

Observó el suelo.

Después miró a la joven.

—Todavía hay marcas.

Sophia pasó nuevamente el paño.

—Lo limpiaré otra vez, señora.

Victoria sonrió con desprecio.

Luego empujó el cubo con la punta del zapato.

El agua sucia se extendió por todo el vestíbulo.

—Entonces empieza de nuevo.

Sophia levantó la mirada.

—No era necesario hacer eso.

La sonrisa de Victoria desapareció.

—No te contratamos para opinar.

Señaló el agua.

—Limpia bien. Para eso sirves.

Sophia apretó los labios para no llorar.

Se inclinó nuevamente y comenzó a secar el suelo con las manos temblorosas.

Entonces las grandes puertas se abrieron.

Michael Carter entró con un maletín de cuero en una mano.

Tenía cuarenta y cinco años, un traje negro impecable y la expresión contenida de un hombre acostumbrado a no mostrar emociones.

Avanzó dos pasos.

Después se detuvo.

No miró primero el agua.

Ni a Victoria.

Miró a Sophia.

Su rostro cambió.

—¿Sophia…?

La joven levantó lentamente la cabeza.

No entendía por qué aquel desconocido sabía su nombre.

Victoria caminó hacia él con una sonrisa casual.

—Llegaste antes de lo previsto. Ella solo es la nueva sirvienta.

Michael no respondió.

Había visto algo en la muñeca de Sophia.

Una pulsera de plata.

Vieja.

Desgastada.

Con una pequeña estrella grabada en el cierre.

Se acercó lentamente.

—¿Dónde conseguiste esa pulsera?

Sophia la cubrió con la otra mano.

—Es lo único que me dejaron mis padres cuando me abandonaron.

Michael sintió que el maletín casi se le escapaba.

Abrió su cartera y sacó una fotografía antigua.

En ella aparecía una niña pequeña en brazos de una mujer joven.

La niña llevaba la misma pulsera.

Michael miró otra vez a Sophia.

Los mismos ojos.

La misma forma de la boca.

La misma pequeña marca bajo la oreja izquierda.

Durante veinte años había buscado a su hija desaparecida.

Y ahora podía estar arrodillada frente a él, limpiando el suelo de su propia casa.

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Pero antes de decirlo en voz alta, necesitaba descubrir quién había llevado a Sophia hasta allí.

Y por qué Victoria parecía estar perdiendo el color del rostro.

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