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Capítulo 2: “¿Él todavía no sabe?”

Fernando permaneció junto a su hijo.

La música de la boda seguía escuchándose a lo lejos, pero alrededor de ellos parecía haberse creado un pequeño silencio.

Ricardo intentó mantener el control.

—Señor, si quiere presentar una queja, podemos hablar con la coordinación del evento.

Fernando lo miró.

—No estoy presentando una queja.

Ricardo dudó.

—Entonces ¿qué quiere?

Fernando volvió a mirar el mandil de Valeria.

—Entender.

—¿Entender qué?

—Por qué cree que salvar a un niño es motivo para perder un empleo.

Ricardo respiró con impaciencia.

—No simplifique la situación.

—Explíquemela.

—Hay protocolos.

Fernando miró el marco decorativo.

—¿Qué protocolo debía seguir ella?

Ricardo respondió rápidamente:

—Avisar a seguridad o al coordinador.

Fernando miró a Emiliano.

—¿Y cuánto habría tardado eso?

Ricardo no respondió inmediatamente.

—Depende.

—¿Diez segundos?

—No puedo saberlo.

—¿Treinta?

—Señor...

—¿Un minuto?

Ricardo apretó la mandíbula.

—La estructura tenía soporte.

Valeria intervino:

—Se estaba inclinando.

Ricardo la miró.

—Tú ya no formas parte de esta conversación.

Fernando giró lentamente hacia él.

—Sí forma parte.

Ricardo guardó silencio.

—Mi hijo está aquí gracias a ella.

Nadie habló.

Fernando volvió a dirigirse a Valeria.

—¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí?

Valeria dudó.

—Un año y medio.

—¿Había tenido problemas antes?

—No.

Ricardo intervino:

—Eso no cambia nada.

Fernando lo miró.

—Para usted no.

Ricardo frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

—Nada todavía.

Aquella respuesta volvió a incomodarlo.

Sofía permanecía a pocos pasos, sosteniendo el portafolio cerrado.

Emiliano se acercó otra vez a Valeria.

—¿Te vas a ir?

Valeria intentó sonreír.

—No sé.

Fernando escuchó.

—No debería tener que irse.

Ricardo soltó una breve risa.

—Señor, con todo respeto, esa decisión no le corresponde.

Fernando lo miró sin cambiar el tono.

—Eso dijo.

—Y lo mantengo.

Fernando asintió.

—Perfecto.

Ricardo no supo por qué, pero aquella palabra lo incomodó.

—¿Perfecto?

—Sí.

Fernando giró hacia Sofía.

—Anótalo.

Ella abrió ligeramente el portafolio.

Ricardo la observó.

—¿Qué está haciendo?

Sofía no respondió.

Fernando sí.

—Escuchando.

—¿Quién es ella?

—Sofía.

Ricardo respiró con impaciencia.

—No me refiero a su nombre.

Fernando no contestó.

Valeria miraba de uno a otro.

Los invitados cercanos comenzaron a alejarse un poco, aunque muchos seguían atentos.

La coordinadora de la boda apareció al otro lado del patio.

Al principio estaba hablando con un mesero.

Después vio a Fernando.

Se detuvo.

Su expresión cambió por completo.

Miró alrededor.

Volvió a mirarlo.

Y comenzó a caminar rápidamente hacia ellos.

Ricardo la vio.

—¿Qué ocurre?

La coordinadora no respondió.

Se acercó a Fernando.

—Don Fernando...

Ricardo levantó ligeramente las cejas.

Fernando asintió.

—Buenas tardes.

La mujer miró a Emiliano.

—¿Está bien?

—Sí.

Ella dejó escapar un suspiro.

Después vio el mandil en la mano de Valeria.

Miró a Ricardo.

—¿Qué pasó?

Ricardo respondió:

—Un incidente con el montaje.

La coordinadora miró la estructura.

—¿Y por qué ella tiene el mandil en la mano?

Ricardo habló con naturalidad.

—La despedí.

La mujer se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Actuó sin autorización y causó daños.

La coordinadora miró a Valeria.

Después a Emiliano.

—¿Ella lo sacó?

—Sí —respondió el niño.

La mujer volvió a mirar a Ricardo.

Su expresión pasó de sorpresa a preocupación.

—Ricardo...

—¿Qué?

Ella miró a Fernando.

Después regresó la vista hacia Ricardo.

—¿Él todavía no sabe?

Silencio.

Ricardo frunció el ceño.

—¿Saber qué?

La coordinadora pareció arrepentirse de haber hablado.

Fernando permaneció completamente tranquilo.

Ricardo insistió.

—¿Saber qué?

La mujer no respondió.

—¿Lo conoce?

—Sí.

—¿De dónde?

La coordinadora miró a Fernando como si esperara permiso.

Ricardo notó el gesto.

—¿Por qué lo está mirando a él?

Fernando habló.

—Déjela.

La coordinadora se calló inmediatamente.

Ricardo miró a Fernando de otra manera.

Ya no parecía simplemente un padre molesto.

Había algo en la forma en que los demás reaccionaban a sus palabras.

Pero Ricardo todavía no quería admitirlo.

—Señor Cárdenas —dijo—, creo que esto se está saliendo de proporción.

Fernando miró a su hijo.

—A mí me parece que empezó siendo bastante serio.

—Ya le dije que el niño está bien.

—Está bien porque Valeria actuó.

Ricardo apretó la mandíbula.

—Y yo tengo que responder por los daños.

Fernando miró la estructura.

—Antes dijo que responde por esta propiedad.

Ricardo asintió.

—Así es.

Fernando sostuvo su mirada.

—Perfecto.

La coordinadora bajó los ojos.

Sofía abrió el portafolio un poco más.

Dentro se veía la esquina de un documento.

Ricardo intentó mirar.

—¿Qué es eso?

Fernando levantó una mano.

Sofía volvió a detenerse.

—No es necesario todavía.

Ricardo comenzó a perder la paciencia.

—¿Todavía para qué?

Fernando no respondió.

En lugar de eso, tomó el mandil de Valeria.

Ella lo soltó con sorpresa.

Fernando lo colocó cuidadosamente sobre una mesa de servicio.

—Esto no debería estar en su mano.

Valeria lo miró.

—Señor, yo...

—No se preocupe.

Ricardo se adelantó.

—Con todo respeto, usted no puede decidir si ella vuelve a trabajar.

Fernando giró hacia él.

—¿No?

—No.

—¿Está seguro?

—Completamente.

La coordinadora cerró los ojos por un instante.

Ricardo la vio.

—¿Qué?

Ella negó con la cabeza.

—Nada.

—No. Dígame.

—No es el momento.

—Parece que todos saben algo menos yo.

Fernando respondió:

—Eso empieza a parecer posible.

Valeria intentó ocultar una expresión de sorpresa.

Ricardo miró a Sofía.

—¿Quiénes son ustedes?

Ella no respondió.

Fernando sí.

—La pregunta importante no es esa.

—¿Entonces cuál?

Fernando miró a Emiliano.

Después a Valeria.

—Por qué un hombre con responsabilidad sobre una propiedad de este nivel considera más importante una mesa de copas que un niño.

Ricardo respiró con dificultad.

—Nunca dije eso.

—Lo demostró.

La coordinadora miró al suelo.

Sofía mantuvo el portafolio contra el cuerpo.

En ese momento, su teléfono vibró.

Ella contestó.

—Sí.

Escuchó durante un segundo.

Miró a Fernando.

—Ya llegaron.

Ricardo frunció el ceño.

—¿Quiénes?

Fernando giró lentamente hacia la entrada principal de la hacienda.

Todos siguieron su mirada.

A lo lejos se escucharon varias puertas de automóvil cerrándose.

Una.

Dos.

Tres.

Después pasos.

Ricardo miró a Sofía.

—¿Quién acaba de llegar?

Ella no respondió.

Fernando observó la entrada.

La coordinadora parecía cada vez más nerviosa.

Valeria también comenzó a entender que algo extraño estaba ocurriendo.

Emiliano se acercó a su padre.

—¿Quién viene?

Fernando apoyó una mano sobre su hombro.

—Gente con la que tengo que hablar.

Ricardo se adelantó.

—¿Gente de dónde?

Sofía respondió antes que Fernando.

—De Ciudad de México.

El rostro de Ricardo cambió ligeramente.

—¿Ciudad de México?

Sofía asintió.

—Sí.

—¿Por qué?

Silencio.

Ricardo miró a Fernando.

—¿Quién es usted?

Fernando no respondió.

Los pasos del exterior se escuchaban cada vez más cerca.

Ricardo miró a la coordinadora.

—Dímelo tú.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—No me corresponde.

—¿Qué no te corresponde?

—Explicártelo.

Ricardo comenzó a sentirse realmente incómodo.

—¿Explicarme qué?

Fernando lo miró.

—Hace unos minutos estaba muy seguro de su autoridad.

Ricardo intentó recomponerse.

—Sigo estándolo.

—Entonces no debería preocuparle quién soy.

Ricardo se quedó callado.

Aquella frase le hizo más daño que una amenaza.

Fernando no había dicho que fuera importante.

No había anunciado un cargo.

No había mostrado una tarjeta.

Pero todos los demás actuaban como si su presencia cambiara algo.

Ricardo miró el portafolio otra vez.

—Quiero ver ese documento.

Sofía lo cerró.

—No.

Ricardo la miró sorprendido.

—¿Perdón?

Fernando intervino.

—No lo necesita.

—¿Por qué?

—Porque no estamos hablando de documentos.

—Entonces ¿de qué estamos hablando?

Fernando miró a Valeria.

—De una decisión.

Ricardo guardó silencio.

—Usted decidió despedirla.

—Sí.

—¿Lo mantiene?

La coordinadora miró inmediatamente a Ricardo.

Sofía también.

Valeria levantó la cabeza.

Emiliano se aferró a la mano de su padre.

Ricardo sintió que todos esperaban su respuesta.

—Sí.

Fernando asintió lentamente.

—Gracias.

—¿Gracias?

—Quería estar seguro.

Ricardo parpadeó.

—¿Seguro de qué?

Fernando no respondió.

Los pasos se acercaban.

La coordinadora miró hacia la entrada.

Varias sombras comenzaron a aparecer detrás de las enormes puertas de madera.

Ricardo también miró.

Intentó distinguir quién llegaba.

No pudo.

Fernando no apartó los ojos de él.

—¿De verdad quiere saber quién soy?

Ricardo tragó saliva.

—Sí.

Fernando dio un pequeño paso hacia él.

—Entonces espere.

Ricardo frunció el ceño.

—¿Esperar qué?

Una de las figuras del exterior entró en el patio.

La cámara imaginaria de aquella escena habría podido mostrarlo.

Pero Ricardo todavía no alcanzaba a verlo bien entre los invitados.

La coordinadora sí.

Su rostro cambió otra vez.

—Dios...

Ricardo la miró.

—¿Quién es?

Ella no respondió.

Sofía abrió nuevamente el portafolio.

Fernando volvió a levantar la mano.

—Todavía no.

Ricardo sintió que perdía el control.

—¡¿Qué está pasando?!

Fernando mantuvo la voz baja.

—No necesita gritar.

Ricardo respiró profundamente.

—Entonces dígame quién es usted.

Fernando no respondió.

A lo lejos, uno de los recién llegados habló con la coordinadora.

Ella caminó dos pasos hacia Fernando.

—Don Fernando, ya están aquí.

Él asintió.

Ricardo miró al recién llegado.

Después a Fernando.

Después a Sofía.

—¿Qué quieren conmigo?

Fernando levantó ligeramente una ceja.

—¿Quién dijo que vienen por usted?

Ricardo palideció.

Valeria observaba la escena sin saber qué pensar.

Hacía apenas unos minutos había creído que lo peor de aquella noche era perder su empleo.

Ahora estaba rodeada de personas que parecían conocer algo sobre Fernando que ni ella ni Ricardo comprendían.

Emiliano tiró suavemente de la manga de su padre.

—Papá.

Fernando lo miró.

—¿Sí?

—¿Valeria se va a quedar?

Fernando observó a la joven mesera.

Después miró a Ricardo.

—Eso depende de una conversación que todavía no ha terminado.

Ricardo sintió un escalofrío.

—¿Con quién?

Fernando volvió a mirar hacia la entrada.

—Con las personas que acaban de llegar.

Ricardo siguió su mirada.

Un grupo comenzó a atravesar el patio.

No podía distinguir los rostros todavía.

La coordinadora se apartó para dejarles paso.

Sofía abrió el portafolio.

Sacó apenas la esquina de un documento.

Fernando no permitió que nadie lo leyera.

Ricardo respiró con dificultad.

—¿Quién es usted?

Fernando volvió lentamente la vista hacia él.

Su rostro seguía completamente sereno.

No había satisfacción.

No había arrogancia.

Solo calma.

Y esa calma hizo que Ricardo sintiera que acababa de cometer un error mucho más grande de lo que imaginaba.

—Señor Cárdenas...

Fernando esperó.

Ricardo preguntó otra vez:

—¿Quién es usted?

Fernando abrió ligeramente la boca.

Parecía que finalmente iba a responder.

Pero detrás de él se escucharon más pasos.

Sofía levantó la mirada.

La coordinadora hizo una señal respetuosa a los recién llegados.

Ricardo vio su reacción.

Y por primera vez perdió completamente la seguridad.

Fernando lo observó.

No respondió.

Solo volvió la mirada hacia las personas que acababan de entrar.

Ricardo siguió sus ojos.

—No puede ser...

Valeria miró hacia la entrada.

Emiliano apretó la mano de su padre.

Y justo cuando parecía que la identidad de Fernando Cárdenas estaba a punto de quedar al descubierto, todo se detuvo.

Porque aquella noche ya no se trataba de una decoración dañada.

Ni de unas copas rotas.

Ni siquiera de una mesera despedida.

La verdadera pregunta era otra.

¿Quién era realmente Fernando Cárdenas?

¿Por qué la coordinadora de la boda lo trataba con tanto respeto?

¿Qué documento llevaba Sofía en el portafolio?

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¿Quién había viajado desde Ciudad de México para reunirse con él?

Y qué ocurriría cuando Ricardo Montero descubriera por fin a quién acababa de enfrentarse después de despedir a la mujer que había salvado a su hijo?

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