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Capítulo 1: La segunda Lucía apareció en la grabación

El estudio de televisión temblaba con los aplausos.

Miles de personas observaban cómo Mateo Rivas entraba dentro de una gran caja de acero colocada en el centro del escenario.

Alrededor del mecanismo, varios quemadores comenzaron a lanzar columnas de fuego perfectamente controladas.

Álvaro Vega levantó los brazos.

Sonrió hacia las cámaras.

Era el último número de la temporada.

El truco que debía convertirlo en ganador.

Mateo levantó ambos pulgares antes de que Álvaro cerrara la puerta.

Los cierres metálicos cayeron uno tras otro.

Lucía Ferrer observaba desde un lateral.

Era la técnica más joven del equipo.

Había revisado aquel mecanismo esa misma tarde.

Por eso sintió inmediatamente que algo estaba mal.

Debajo de una mesa vio un cable.

Negro.

Con una empuñadura roja.

Lucía lo reconoció.

Era el tirador de emergencia interno.

No debía estar allí.

Debía estar conectado dentro de la caja.

—¡Espera!

Álvaro giró ligeramente mientras seguía sonriendo hacia el público.

—¿Qué pasa?

Lucía levantó el cable.

—Falta el tirador de emergencia.

Álvaro miró rápidamente.

Su sonrisa titubeó.

—Lo comprobamos antes.

—Ahora está aquí.

Lucía empezó a caminar hacia el escenario.

Isabel Montero la agarró del brazo.

—No pares el número.

—Mateo no puede abrir desde dentro.

—Estamos en directo.

—¡Me da igual!

Isabel endureció la mirada.

—Hay millones de personas viendo esto.

Lucía se soltó.

—Y si algo sale mal, verán morir a alguien.

Dentro de la caja, Mateo buscó el mecanismo.

Sus dedos encontraron únicamente un soporte vacío.

Su expresión cambió.

—Álvaro…

El ilusionista escuchó la voz a través del sistema interno.

Por primera vez perdió completamente la sonrisa.

Intentó activar la apertura exterior.

La palanca no se movió.

La golpeó.

Nada.

—Esto no estaba bloqueado.

Los aplausos del público comenzaron a disminuir.

Mateo volvió a probar desde dentro.

Nada.

Lucía se arrodilló junto al lateral de la estructura.

Revisó los paneles.

Y lo vio.

Un candado industrial grueso estaba oculto detrás de una pieza decorativa.

No pertenecía al truco.

—¡Álvaro!

Él se acercó.

—¿Qué?

—Alguien lo cerró desde fuera.

Mateo golpeó la pared de acero.

Una vez.

El sonido fue brutal.

Isabel perdió el color del rostro.

Lucía la vio.

—Tú sabías algo.

—No.

—Acabas de cambiar de cara.

Isabel negó.

—No sé qué está pasando.

Lucía miró hacia el monitor de seguridad.

Una cámara backstage mostraba los minutos previos al número.

Rebobinó.

Entonces apareció una figura.

Mono azul petróleo.

Cinturón borgoña.

Botas negras.

La misma ropa que llevaba Lucía.

La figura se agachó junto a la caja.

Colocó el candado.

Lucía dejó de respirar.

—Esa soy yo.

Isabel se acercó.

—Eso es imposible.

La grabación continuó.

La mujer levantó lentamente la cabeza.

Una gorra ocultaba casi todo el rostro.

Pero el cabello oscuro salía por debajo.

La misma longitud.

La misma textura.

Lucía dio un paso atrás.

—¿Quién es?

Su auricular crepitó.

Una voz femenina susurró:

—Lucía… no abras la caja.

Ella se quedó inmóvil.

—¿Quién habla?

La voz respondió:

—Si la abres, morirán dos personas.

Lucía miró hacia Mateo.

Los golpes habían cesado.

—¡Mateo!

Silencio.

Álvaro corrió hacia la caja.

—¡Mateo!

Nada.

Lucía agarró una herramienta.

—Voy a abrirla.

Isabel la sujetó.

—Espera.

Lucía la miró con furia.

—¿Por qué tienes miedo de que la abra?

Isabel bajó los ojos.

La voz volvió al auricular.

—Pregúntale por Elena Ferrer.

Lucía se quedó completamente quieta.

—¿Qué?

Isabel cerró los ojos.

Lucía susurró:

—Elena era mi hermana.

Había muerto once años atrás.

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Al menos eso le habían dicho.

Y de repente la mujer idéntica de la grabación dejó de parecer una desconocida.

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