Capítulo 1: El sello que obligó a cerrar todas las puertas

El viejo diner de carretera estaba casi lleno aquella tarde.
Las luces doradas del sol atravesaban los cristales sucios y dibujaban largas sombras sobre las mesas de madera rayadas. Afuera, varias motocicletas descansaban junto a la carretera.
Dentro, el grupo de Bruno Vidal ocupaba el centro del local.
Cinco hombres.
Chaquetas de cuero.
Botas cubiertas de polvo.
Risas demasiado fuertes.
Sergio Molina, el dueño, evitaba mirarlos más de lo necesario.
Sabía que Bruno disfrutaba haciendo sentir incómoda a la gente.
Especialmente a quienes parecían más débiles.
Por eso, cuando vio a Don Mateo Salazar sentado solo en una mesa del fondo, supo que aquello terminaría mal.
Mateo tenía setenta y cuatro años.
Cabello plateado.
Barba corta.
Un blazer oscuro perfectamente cuidado.
Bebía café con una tranquilidad casi irritante.
Bruno se acercó.
Sacó varios billetes.
Los dejó caer deliberadamente sobre el suelo sucio.
—¿Necesitas dinero, abuelo?
Sus amigos rieron.
Mateo miró los billetes.
Después volvió a tomar un sorbo de café.
Bruno empujó uno con la bota.
—Arrodíllate y recógelo.
Mateo levantó los ojos.
—No necesito tu dinero.
Las risas disminuyeron un poco.
Bruno se inclinó sobre la mesa.
—Entonces quizá necesitas aprender respeto.
Mateo no respondió.
Lentamente se quitó un antiguo anillo de bronce.
Lo colocó delante de él.
Bruno soltó una carcajada.
—¿Y eso qué significa?
Mateo observó el símbolo grabado.
Un círculo.
Una espada vertical.
Dos pequeñas ramas a los lados.
—No vine aquí a pedir nada.
Detrás del mostrador se escuchó un golpe.
Sergio había dejado caer una taza.
La porcelana se rompió.
Todos giraron.
El dueño estaba mirando el anillo.
Su rostro estaba completamente pálido.
—¿Dónde consiguió ese sello?
Mateo giró lentamente hacia él.
—Tu padre sabía la respuesta.
Sergio empezó a respirar con dificultad.
Bruno miró de uno a otro.
—¿Qué pasa?
Sergio salió de detrás del mostrador.
Caminó hasta la entrada.
Cerró la puerta con llave.
Clic.
Los motociclistas dejaron de reír.
—¿Qué demonios haces? —preguntó Bruno.
Sergio ignoró la pregunta.
Miraba únicamente a Mateo.
—Mi padre me dejó una instrucción.
Mateo permaneció sentado.
—Lo recuerdo.
Sergio tragó saliva.
—Dijo que si algún día aparecía un hombre llevando ese sello…
Miró hacia la puerta.
—…debía cerrar el local y no dejar salir a nadie.
Bruno dio un paso hacia él.
—Abre la puerta.
—No puedo.
—¿No puedes?
—No.
Bruno volvió hacia Mateo.
—¿Quién eres?
Mateo apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Hazle a Sergio una pregunta.
—¿Cuál?
—Pregúntale qué ocurrió la noche en que desapareció tu padre.
El rostro de Bruno cambió.
Su padre, Gabriel Vidal, llevaba treinta y dos años muerto.
O eso había creído toda su vida.
—Mi padre murió en un incendio.
Mateo negó.
—Eso dice la historia.
Bruno apretó los puños.
—¿Qué sabes tú de él?
Sergio intervino.
—Bruno…
—¡Cállate!
Mateo mantuvo la mirada.
—Tu padre vino a este mismo diner la noche antes de desaparecer.
Sergio cerró los ojos.
Su padre también estaba presente aquella noche.
Ambos hombres trabajaban para una empresa de transporte llamada Salazar-Vidal.
Gabriel Vidal.
Héctor Molina.
Y Mateo Salazar.
Los tres eran socios.
Bruno miró a Sergio.
—¿Tu padre conocía al mío?
—Sí.
—Nunca me lo dijiste.
—Me prohibió hacerlo.
Mateo tomó el anillo.
—Porque aquella noche descubrieron algo que podía matar a más de una persona.
Un automóvil oscuro apareció al otro lado de la carretera.
Se detuvo.
Nadie salió.
Sergio lo vio.
—No puede ser…
Mateo observó el vehículo.
—Pensé que llegarían antes.
Bruno golpeó la mesa.
—¿A quién llamaste?
Mateo respondió:
—A nadie.
Entonces un teléfono comenzó a sonar detrás del mostrador.
Sergio miró el aparato.
Mateo habló sin levantar la voz.
—No contestes.
El teléfono dejó de sonar.
Tres golpes pesados llegaron desde la puerta trasera.
Uno.
Dos.
Tres.
Todos quedaron inmóviles.
Bruno giró.
—¿Quién está ahí?
Una voz masculina respondió desde fuera.
—Don Mateo…
El anciano levantó lentamente la cabeza.
La voz continuó:
—Encontramos al hijo equivocado.
Bruno miró a Mateo.
—¿Qué significa eso?
Mateo volvió a colocarse el anillo.
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—Significa que durante treinta años alguien ha estado llamando Gabriel Vidal al hombre equivocado.
Y por primera vez, Bruno pareció tener miedo de saber quién había sido realmente su padre.