Capítulo 1: La habitación que Verónica le quitó a Inés

La villa Navarro estaba casi completamente en silencio cuando Alejandro regresó aquella noche.
Había pasado tres días fuera de Madrid por trabajo.
Entró por la puerta principal, dejó las llaves sobre una consola y comenzó a quitarse el abrigo.
Esperaba encontrar la casa dormida.
Entonces escuchó algo.
Un sonido muy débil.
Como un sollozo ahogado.
Alejandro se detuvo.
—¿Inés?
No hubo respuesta.
Avanzó hacia la escalera.
Allí, debajo de los escalones de nogal, vio una pequeña figura encogida sobre una manta.
Su hija.
Inés tenía siete años.
Llevaba el camisón crema y un cárdigan rosa viejo. Tenía el cabello enredado y abrazaba una almohada contra el pecho.
Sus ojos estaban hinchados de llorar.
Alejandro sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—Mi vida…
Inés se sobresaltó con la luz.
Después lo reconoció.
Su expresión se quebró.
Alejandro cayó de rodillas junto a ella.
—¿Qué haces aquí?
Inés miró hacia el suelo.
—No quería que me viera.
Alejandro le tocó suavemente el rostro.
Estaba frío.
—¿Quién?
La niña se aferró a su jersey.
—Verónica.
Alejandro la tomó en brazos.
—¿Qué hizo?
Inés empezó a llorar con más fuerza.
—Dijo que mi habitación ya no era mía.
Él se quedó inmóvil.
—¿Cómo que no era tuya?
—Cambió las cosas.
—¿Qué cosas?
—Sacó mi ropa.
Alejandro apretó los dientes.
—¿Y te hizo dormir aquí?
Inés asintió.
—Dijo que solo sería hasta que te fueras otra vez.
La expresión de Alejandro cambió.
Dolor.
Después rabia.
—¿Te encerró fuera de tu habitación?
Inés volvió a asentir.
—También cerró mi puerta.
Alejandro se puso de pie con su hija en brazos.
Entonces escuchó un pequeño tintineo.
Arriba, en el rellano, estaba Verónica.
Llevaba una blusa satinada color ciruela y sostenía un llavero plateado.
Una de las llaves tenía una cinta rosa.
Alejandro la reconoció.
Era la llave de la habitación de Inés.
Verónica palideció.
—Alejandro…
Él no respondió.
Inés escondió el rostro contra su cuello.
—No es lo que parece —dijo Verónica.
Alejandro miró hacia el pasillo.
Detrás de ella había una pequeña maleta infantil.
Una etiqueta colgaba del asa.
Inés Navarro.
La voz de Alejandro bajó hasta convertirse en algo casi más aterrador que un grito.
—¿A dónde pensabas enviarla?
Verónica retrocedió.
—Puedo explicarlo.
—Empieza.
—No quería hacerle daño.
—La encontré durmiendo debajo de una escalera.
—Solo era temporal.
—¿Temporal hasta qué?
Verónica no respondió.
Alejandro avanzó.
Entonces ocurrió algo extraño.
Desde el fondo del pasillo se encendió la pequeña lámpara nocturna del dormitorio de Inés.
Nadie estaba allí.
La puerta, que Verónica había cerrado con llave, hizo clic.
Y se abrió lentamente.
Inés levantó la cabeza.
—Papá…
Alejandro miró hacia la oscuridad.
—¿Qué hay dentro?
La niña empezó a temblar.
—No quiero entrar.
—¿Por qué?
Inés susurró:
—Porque Verónica dijo que esa habitación no era mía antes de ser mía.
Alejandro volvió la mirada hacia Verónica.
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Ella cerró los ojos.
Y por primera vez pareció tener más miedo de aquella puerta que de él.