CAPÍTULO 2: EL GENIO QUE NADIE VIO

Un hombre elegante entró al aula.
En sus manos llevaba un sobre sellado.
Era el profesor universitario Richard Hale, uno de los matemáticos más respetados del país.
Colocó el sobre sobre el escritorio.
—Hagamos una prueba.
Daniel asintió sin miedo.
Abrió el sobre.
Leyó los ejercicios.
Y comenzó a escribir.
Durante veinte minutos, el aula entera quedó en silencio absoluto.
Solo se escuchaba el sonido del bolígrafo.
Ni una duda.
Ni una pausa.
Solo precisión.
Cuando terminó, dejó el bolígrafo.
—He terminado.
Richard revisó las respuestas.
Una vez.
Dos veces.
Luego levantó la vista.
Y sonrió.
—Perfecto.
El aula estalló en murmullos.
Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Daniel no había hecho trampa.
Era un genio.
Mucho más de lo que nadie había imaginado.
Entonces Elena vio algo.
Una pequeña cicatriz en el cuello del niño.
Idéntica a una que había visto antes.
Su respiración se detuvo.
—Espera…
Daniel la miró.
—¿Todavía no lo recuerda?
El aula quedó en silencio otra vez.
—¿Quién eres?
El niño bajó la mirada.
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Y respondió:
—Soy el alumno al que usted decidió abandonar.